La dictadura del hashtag
Un hombre pierde la cabeza y lleva la disputa con su novia hasta los golpes. Ella también lo agrede físicamente, pero la complexión de él 1.73 metros de altura, 93 kilos de peso hacen que la pelea sea dispareja. En la aparente soledad del elevador de un casino, ella ...

Pascal Beltrán del Río
Bitácora del director
Un hombre pierde la cabeza y lleva la disputa con su novia hasta los golpes. Ella también lo agrede físicamente, pero la complexión de él —1.73 metros de altura, 93 kilos de peso— hacen que la pelea sea dispareja.
En la aparente soledad del elevador de un casino, ella intenta pegarle, pero él la noquea de un puñetazo. Él arrastra el cuerpo inconsciente de ella fuera del ascensor. Un minuto después, ella comienza a volver en sí. Todo queda grabado en video.
Alertada por los administradores del lugar, la policía interviene y se lleva detenidos a los dos rijosos. Dictamina que se trata de un caso de violencia doméstica en la que hubo agresión recíproca. Como ninguna de las partes presenta una acusación, la pareja es liberada.
El hombre es Raymond Mourice Rice, mejor conocido como Ray Rice. Jugador de futbol americano profesional, de 27 años de edad. Corredor de los Cuervos de Baltimore, equipo de la NFL al que llegó en la segunda ronda del draft de 2008. Dos años antes, durante su etapa colegial, había acarreado el balón mil 794 yardas, con lo que rompió el récord de la universidad de Rutgers, vigente desde 1973.
En seis temporadas con Baltimore, Rice ha acumulado más de seis mil yardas. Ha sido llamado al Tazón de los Profesionales en tres ocasiones. Y fue parte del equipo que ganó el Supertazón XLVII.
Hasta donde se sabe, el altercado del elevador es el único hecho de violencia física en que haya estado involucrado el jugador.
En 2008, comenzó a salir con Janay Palmer, la misma mujer a la que noqueó el 15 de febrero pasado. En 2012 la pareja tuvo una hija. A fines de marzo de 2014, mes y medio después del altercado, Rice y Palmer se casaron.
La boda tuvo lugar al día siguiente de que un gran jurado —una institución que investiga potenciales conductas delictivas— encontró culpable al jugador por ataque agravado. El cargo podría haberle acarreado una sentencia de tres a cinco años de cárcel, pero los fiscales del estado de Nueva Jersey, donde ocurrieron los hechos, se desistieron de llevar a Rice a juicio.
Fuera del interés de la justicia, el caso quedó en manos de la NFL. Hasta ese momento, sólo se conocía públicamente una parte de los videos que registraron los hechos del sábado 15 de febrero. Con base en ésta, y el hallazgo del gran jurado, la liga suspendió a Rice dos partidos —con lo que perdió 470 mil dólares de su salario—y lo multó con 58 mil dólares. La sanción, que incluyó asistir a terapia, obedeció a que el jugador violó el código de conducta de la NFL.
Eso ocurrió el 24 de julio pasado. En una nota que publicó con motivo de ese anuncio, el medio digital TMZ Sports puso al calce: “En lo que toca a la relación con Palmer, Ray y Janay eventualmente se casaron y afirman estar viviendo felices para siempre”.
Sin embargo, TMZ Sports no cesó de escarbar en los hechos de Atlantic City y obtuvo finalmente los videos completos de la pelea de la pareja. Subidos éstos a internet, se generó tal escándalo en las redes sociales que la NFL volvió sobre sus pasos… y suspendió indefinidamente a Rice. El jugador perdió además su patrocinio por parte de Nike e incluso fue borrado del juego de video Madden 2015.
Ayer, Janay Palmer publicó el siguiente texto en redes sociales: “Desperté hoy sintiendo que tuve una horrible pesadilla, sintiendo que estoy penando por la muerte de mi mejor amigo. Tener que aceptar que esto es realidad es una pesadilla por sí misma. Nadie sabe el dolor que los medios y opiniones no solicitadas han causado a mi familia. Obligarnos a revivir un momento que lamentamos diario es una cosa horrible. Quitarle algo al hombre que amo por lo que él se ha matado trabajando, y hacerlo sólo por el rating, es espantoso. ¡Ésta es nuestra vida! Eso es algo que ninguno de ustedes comprende. Si sus intenciones eran lastimarnos, avergonzarnos, hacernos sentir solos, quitarnos la felicidad, lo han logrado de muchas maneras…”
La moraleja para mí es obvia: las redes sociales han llegado ya demasiado lejos en vulnerar la privacidad. Quejarse de ello sirve de poco porque se trata de un fenómeno que se ha salido de control.
No es cuestión, por supuesto, de defender la violencia física, mucho menos la agresión del fuerte contra el débil, pero el tipo de sentencias expeditas que se dictan en las redes sociales están dejando a las personas célebres en la indefensión.
Quizá de eso se trata. De hacer pagar un precio a quienes alcanzan la fama. Obligarlos a vivir una vida sin mácula, sin derecho a perder la cabeza, cosas de las que no suele preocuparse demasiado alguien que no sea famoso.
Que a nadie se le debe juzgar dos veces por el mismo delito, eso no importa en el mundo de Twitter, Facebook y anexas.
Se suponía que las redes sociales servirían para democratizar la posibilidad de conocer los hechos de interés público y opinar sobre ellos y, así, fomentar un debate en el que todas las posiciones pudieran ser escuchadas. Sin duda, algo de eso hay… pero enterrado bajo una avalancha de odio, fanatismo, especulación y ruindad.
Como la verdad del trending topic es inapelable, muchos en las redes sociales se atreven a declarar que Janay Palmer sufre una especie de Síndrome de Estocolmo y que con su mensaje de ayer ha justificado la violencia de género y puesto en peligro a otras mujeres.
Como si supieran. Peor aún, como si les importara. Igual que destruyeron la carrera de un deportista que perdió la cabeza e hizo algo injustificable —que, por cierto, la justicia creyó que no ameritaba persecución—, destruirán otras.
Porque la dictadura del hashtag —la de la masa digital que tiene razón porque sí, sin necesidad de dar pruebas ni argumentos y a veces ni siquiera la cara— es insaciable.