Después de las reformas

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Pascal Beltrán del Río 19/08/2014 01:00
Después de las reformas

Contenido por voluntad propia, el presidente Enrique Peña Nieto había evitado durante 20 meses explayarse sobre el paquete de reformas estructurales que ya son columna vertebral de su gobierno, que aún no cumple su primer tercio.

Sin duda, ganas no le habrán faltado de opinar durante la gestación de esta decena de cambios de orden constitucional, pero probablemente sabía que la sola apariencia de intervenir en el proceso legislativo podía condenar a muerte su proyecto.

¿Cuántas veces, por asuntos nimios, sus antecesores rompieron lanzas con el Congreso? Son precedentes que tuvieron que haber estado en su mente para abstenerse de expresar algo a favor de las reformas o en contra de sus críticos.

“El Presidente fue extraordinariamente disciplinado en todo este periodo”, ha dicho Aurelio Nuño, el jefe de la Oficina de la Presidencia y uno de los negociadores clave del Ejecutivo.

Ayer, en Palacio Nacional, Peña Nieto aceptó entrar en el análisis de su obra y de las enormes expectativas y también las dudas que ésta genera.

Ante las preguntas de seis periodistas —que lo entrevistamos para el ciclo Conversaciones a fondo, organizado por el Fondo de Cultura Económica—, el Presidente de la República comenzó a pintar el rostro del “nuevo México” que, según él, surgirá de las reformas.

Sin poner sobre la mesa plazos exactos de cumplimiento de las diferentes metas que entrañan las reformas ni números precisos de crecimiento económico y redistribución de la riqueza, Peña Nieto dejó en claro que no tiene duda de que el país que entregará al próximo Presidente será más próspero y menos desigual que cuando él asumió el cargo en 2012.

Por ejemplo, sólo de la Reforma Energética espera inversiones —adicionales a las que haga Pemex— por entre 50 mil millones y 60 mil millones de dólares en los próximos cuatro años, lo que se traducirá en medio millón de empleos.

Si se quiere, se puede dudar de todo lo hecho este sexenio, pero no de la convicción con la que habla el mandatario sobre el cambio que ha puesto en marcha. Está seguro de que hizo lo correcto. Sólo el tiempo dirá si tuvo o no razón.

Personalmente no creí que fuera posible cambiar el paradigma energético del país en 20 meses. Y, menos aún, lograrlo sin provocar graves tensiones sociales.

Había motivos para imaginar calles bloqueadas y tribunas parlamentarias tomadas, nada de lo cual ocurrió al final.

Sin embargo, lo verdaderamente sorprendente es escuchar a un Presidente surgido del PRI expresarse en estos términos sobre el gran tótem nacional que ha sido el petróleo: “¿Qué beneficios podía esperar la gente de dejar las cosas como estaban? ¿Queríamos seguir igual o queríamos cambiar?”.

Ayer un lector me decía que el primer hombre que probó el zapote negro debió ser un valiente. El aspecto interior del fruto es repugnante. Por cierto, oscuro como el petróleo.

Lo que ha hecho el Presidente es arrancar un fruto desconocido y dárselo a probar al país. Si la Reforma Energética es un éxito, Peña Nieto habrá asegurado su lugar en la historia como Presidente transformador. Si falla, la historia de la manzana, la serpiente y la expulsión del paraíso se quedará corta.

Ayer le pregunté qué tan seguros podíamos estar los mexicanos, educados en el credo del nacionalismo petrolero, de que en México no se repetirá el saqueo vivido antes de 1938.

Pidió dar el beneficio de la duda a la reforma. Dijo que se cuidaron todos los ángulos: desde la transparencia de las licitaciones hasta el destino de los recursos adicionales que se captarán.

En sus respuestas dejó ver el pragmatismo por el que se ha dado a conocer: “Hoy el petróleo está caro en el mundo. ¿Cuánto durará así? No puedo saberlo porque no soy adivino. Pero hoy tenemos la oportunidad de comercializarlo a un precio alto”.

Lo mismo, cuando se refirió a lo que probablemente será visto en el futuro como un periodo épico de nuestra historia política: los 20 meses en que el Ejecutivo y el Congreso se pusieron de acuerdo para aprobar las reformas estructurales, con 58 cambios a la Constitución.

“El Pacto (por México) ya dio de sí”, afirmó el Presidente, sin dejo de nostalgia, sin asomo de fetichismo, sin regodearse en la histórica foto de principios de sexenio en que apareció flanqueado por los líderes nacionales del PAN y el PRD.

Peña Nieto ya está listo para lo que sigue: la implementación de las reformas, las políticas públicas que tendrán que crearse o ajustarse para poner a trabajar los cambios legales. “Va a haber muchos anuncios”, anticipó.

¿Más reformas en puerta? Ya no. Al menos no constitucionales ni de gran calado. Cuando se lo pregunté, puso cara de velocista que acaba de correr los 110 metros con vallas. No me pidan más, parecía decir.

Además, “las reformas no son todo”, no son la única vía para crear bienestar, para repartir la riqueza, afirmó.

Así, se ha cerrado una etapa. El gobierno ahora tiene encima la enorme presión de las expectativas, atravesada por las elecciones de 2015.

El Presidente no desconoce las dudas que su obra ha levantado y no rehúye los cuestionamientos. Pero tampoco se deja desconcentrar en ese tema por elogios ni críticas.

No me lo crea a mí. Mejor véalo usted mismo esta noche por televisión.

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