El Estado: de los llanos de Teoloyucan al registro de Morena
El Estado mexicano moderno fue parido hace un siglo, en el verano de 1914. Nació tras la muerte del régimen porfirista, cuya existencia se prolongó más allá del exilio del viejo dictador. Resistiéndose a desaparecer, urdió el asesinato de Francisco I. Madero, pero ...
El Estado mexicano moderno fue parido hace un siglo, en el verano de 1914.
Nació tras la muerte del régimen porfirista, cuya existencia se prolongó más allá del exilio del viejo dictador. Resistiéndose a desaparecer, urdió el asesinato de Francisco I. Madero, pero sus días estaban contados.
El 15 de julio de 1914, ayer hizo cien años, el usurpador Victoriano Huerta huyó de la Ciudad de México —y posteriormente del país, por el puerto de Coatzacoalcos—, dejando como encargado de la Presidencia a su ministro de Relaciones Exteriores, el campechano Francisco S. Carvajal.
Asediada por las fuerzas revolucionarias que habían suscrito el Plan de Guadalupe, la capital fue entregada, pacíficamente, al mes siguiente. Igual que Huerta, Carvajal prefirió ver el desenlace desde el extranjero.
El 13 de agosto de 1914, a la sombra de un árbol y sobre la salpicadera del automóvil que había conducido a la delegación oficial hasta el punto de encuentro con los representantes del Ejército Constitucionalista, en Teoloyucan, se firmaron los tratados del mismo nombre.
El Ejército Federal, que había servido a Porfirio Díaz, se extinguía, y tomaba su lugar la fuerza comandada por Venustiano Carranza. Así, se creaba el actual Ejército Mexicano.
Los desacuerdos entre Carranza y los demás jefes revolucionarios trataron inútilmente de procesarse en la Convención de Aguascalientes.
Desconocido por villistas y zapatistas, Carranza partió a Veracruz donde reorganizó sus apoyos y se hizo fuerte. En 1915, con el apoyo de Álvaro Obregón, derrotó a las fuerzas de Emiliano Zapata, en Puebla y, poco después, a las de Francisco Villa, en Celaya.
En 1916, se convoca a un Congreso constituyente en Querétaro para discutir el proyecto que el propio Carranza se encarga de elaborar.
La Constitución de 1917 es el acta de nacimiento del Estado mexicano moderno, parido en los llanos de Teoloyucan casi tres años antes.
Durante un siglo, ha sido un Estado a cargo de las fuerzas hegemónicas, no uno caracterizado por el diálogo, los consensos y la participación ciudadana propios de una democracia.
Ha sido, también, extraordinariamente versátil, capaz de tomar distintas formas para sobrevivir. Unipartidista a partir de 1929 y gradualmente convertido al pluripartidismo desde la década de los años 80, el Estado mexicano ha sabido superar diferentes crisis que han puesto en duda su continuidad.
Pese a la Guerra Cristera y a magnicidios como los de Carranza, Obregón y Colosio, el Estado mexicano no ha dejado de organizar elecciones cuando lo marca la Constitución, y los presidentes no han dejado de tomar posesión de una forma ordenada y legal. Ha sido, en ese sentido, uno de los más observantes del rito democrático en América Latina.
En 2000, tomó las riendas del Estado un partido político distinto al que nació de la Revolución Mexicana. En algo cambiaron las formas, pero no el fondo. El Estado había mutado para sobrevivir: el pluripartidismo dio lugar a la partidocracia.
En un club en el que antes sólo cabía una fuerza política ahora había varias. Las que no pudieron llegar a Los Pinos en la elección presidencial de 2000 y las que se celebraron con posteridad, han participado del reparto de posiciones en el Congreso y los estados.
Encumbrados, las antiguas oposiciones al PRI, de derecha e izquierda, se rodearon de oportunistas y se dedicaron a reproducir los usos y costumbres del PRI en el poder. Y echaron mano de las organizaciones corporativas, por cierto, de una forma mucho más impúdica de lo que lo habían hecho los priistas.
Hace unos días, el Estado mexicano dio otra muestra de su aparentemente inagotable capacidad de adaptarse para sobrevivir.
Andrés Manuel López Obrador, el hombre que había amenazado de asaltar el poder desde fuera de las instituciones, fue finalmente admitido por méritos propios en el selecto club de la partidocracia.
Seducido por la manzana envenenada de las prerrogativas, el tabasqueño ha dejado de representar una amenaza al Estado. Ahora compartirá los privilegios reservados para la clase política, más allá de que llegue o no llegue algún día a la Presidencia.
Podrá seguir comportándose como un luchador social marginal, podrá seguir polarizando el ambiente como estrategia para ganar adeptos y podrá seguir hablando de la existencia de una mafia del poder, pero ya está adentro.
Y si tal mafia existe, él formará parte de ella en cuanto cobre el primer peso de los 36 millones que, como remojón, le tocarán a su partido, el Movimiento Regeneración Nacional.
