Migrantes

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Pascal Beltrán del Río 01/07/2014 00:50
Migrantes

                Para Lorenzo Córdova, con un abrazo

 

La rápida expansión en el número de migrantes en todo el mundo es un signo de la globalización.

En 1990, cuando apenas se derrumbaba la Cortina de Hierro, la Organización de las Naciones Unidas calculaba que había unos 150 millones de migrantes a nivel mundial.

En octubre pasado, la División de Población del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la ONU estimó que en menos de un cuarto de siglo la cifra había escalado a 232 millones.

El crecimiento es muy evidente en Estados Unidos, donde el número de migrantes subió de 14 millones en 1980 a 41 millones en 2012. Es decir casi uno de cada cinco migrantes del mundo reside en aquel país.

La magnitud y complejidad de este fenómeno lo convierten en un tema de alta prioridad para los países desarrollados y en desarrollo. Un asunto que usualmente se aborda a través del señalamiento de culpables y no la búsqueda de soluciones.

Es difícil pensar que alguien esté dispuesto a pasar penurias e incluso poner en riesgo la propia vida para viajar cientos o miles de kilómetros a fin de buscar una mejor vida en otro país.

En el curso de mis viajes de trabajo periodístico, he encontrado filipinos en Qatar, chilenos en las islas Malvinas, chinos en Malasia, ugandeses en Sudán del Sur, nicaragüenses en Costa Rica, haitianos en Canadá, kurdos en Suecia, indonesios en Taiwán, guatemaltecos en México y, por supuesto, mexicanos en Estados Unidos.

Me refiero a quienes migran principalmente por razones económicas y que conforman 90% o más del total de quienes cruzan las fronteras.

Aunque no puede desdeñarse la cifra de personas que huyen de su lugar de origen por conflictos armados, represión política, violencia criminal e incluso por efectos del cambio climático, la enorme mayoría de los migrantes busca mejores condiciones económicas y sociales.

En 2012, el Banco Mundial advirtió que si bien el número de personas viviendo en la miseria (con el equivalente de 1.25 dólares al día o menos) había disminuido de mil 300 millones en 1990 a cerca de 800 millones en 2008, los efectos de la recesión global desatada ese último año han empujado la cifra al alza, por arriba de los mil millones.

Quizá muchos de ellos sean tan pobres y estén tan débiles que la idea de migrar no sea realizable. Sin embargo, existen al menos otros mil millones de personas dispuestas a arriesgar todo para encontrar una vida mejor en otro país: quienes ganan hasta dos dólares al día.

En naciones como Haití, el ingreso de una persona al año equivale a lo que alguien puede ganar en una semana en un país desarrollado como Estados Unidos.

En condiciones así, ¿cómo extrañarse de las olas de migrantes que hemos visto en semanas recientes, de África hacia Europa y de Centroamérica hacia Estados Unidos, con consecuencias sumamente trágicas?

En lo que va de este año, la marina italiana ha recogido 60 mil migrantes de origen africano en el Mediterráneo, tan sólo mil 600 de ellos el pasado fin de semana. En todo 2011, año de la llamada Primavera Árabe, la cifra llegó a 63 mil.

Ayer lunes, los marinos italianos detuvieron en el mar, cerca de la costa siciliana, un barco pesquero en el que iban 590 migrantes. Tras de abordarlo, descubrieron los cuerpos de 30 personas que aparentemente murieron de asfixia.

Buena parte de la migración africana hacia Europa sigue una ruta llena de calamidades desde la población de Agadez, en el desierto de Níger, hacia las costas de Libia, atravesando el Sahara.

En el camino, enfrentan todo tipo de peligros: ataques de rebeldes y bandidos que roban las pertenencias a los hombres y se llevan a las mujeres como esclavas sexuales, autoridades que extorsionan a viajeros o les niegan el paso, traficantes de personas que abandonan a los migrantes en medio del desierto…

Más conocidas para nosotros son las historias de los centroamericanos que intentan cruzar todo el territorio mexicano para llegar a la frontera estadunidense, y que, como sucede con los africanos en el Sahara, padecen vejaciones sin nombre.

Esas últimas se habían vuelto tan rutinarias que nadie parecía atenderlas hasta que apareció la ola de menores no acompañados, que han llenado lugares de refugio y centros de detención en México y Estados Unidos.

Los niños viajan impulsados por la ilusión de que el gobierno estadunidense es menos proclive a deportar a menores de edad que a adultos, o de que pronto será aprobada una reforma migratoria que permitirá sacar de la sombra a quienes llevan años trabajando en EU y reunirse con los hijos que han tenido que dejar atrás.

Sin embargo, el Presidente de Estados Unidos ha dejado claro que esos niños no serán admitidos nada más porque sí. Y para no sembrar dudas de que buscará impedir que esta ola de menores migrantes entre en territorio de su país y de que deportará a la enorme mayoría de quienes consigan hacerlo, anunció su intención de pedir al Congreso de su país una partida especial de dos mil millones de dólares para atender el problema.

Y es que así es visto el flujo de migrantes tanto en Europa como en Estados Unidos: como un problema, más que como una oportunidad de desarrollo. Y no hay autoridad de uno u otro lado del Atlántico que parezca entender que mientras no lleguen el desarrollo y la paz a las regiones expulsoras de seres humanos desesperados, el número de quienes apuestan todo por la posibilidad de vivir mejor no dejará de crecer.

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