Lo de ayer, el principio, no el final

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Pascal Beltrán del Río 30/06/2014 01:35
Lo de ayer, el principio, no el final

Se acabó la ilusión mundialista para México en Brasil. Y, como es natural, la derrota de ayer contra Holanda en Fortaleza ha dejado un sentimiento de amargura por un fracaso —el de alcanzar el quinto partido en la Copa— que se ha repetido ya demasiadas veces.

Esta vez, la eliminación incluye el dolor adicional de habernos visto tan cerca —a dos minutos, más el tiempo de reposición de juego— de lograr el objetivo de llegar a cuartos de final.

¿Sabía usted, lector, que de los 92 goles que México ha recibido en los Mundiales, 16 han caído entre el minuto 80 y la finalización del partido, más que en cualquier otro lapso de diez minutos, incluyendo los tres recibidos en esta edición de la Copa?

Pero pongamos las cosas en perspectiva: he sido testigo de la participación del Tri en ocho Mundiales, de 1978 a la fecha, y nunca había visto una actuación tan sólida y llena de ambición, inteligencia y arrojo.

Ya sé. Esto es un pretexto más para quienes se flagelan al grito de “jugamos como nunca y perdimos como siempre”. Sin embargo, yo prefiero verlo como un avance, así como un reflejo —ya lo he escrito en días pasados— de que va quedando atrás una forma acomplejada de enfrentar los retos como país.

Personalmente me siento muy orgulloso de lo conseguido por la Selección Mexicana en Brasil. En los cuatro partidos, no hubo una sola actuación pusilánime del equipo. No puedo pensar en un solo jugador que haya entrado a la cancha sin ganas de darlo todo por el bien del conjunto.

Por supuesto que hubo equivocaciones, pero esas son siempre fáciles de ver en retrospectiva. No se requiere ser experto para opinar que los cambios y movimientos hechos en el último cuarto de hora del partido por parte del técnico holandés Louis Van Gaal fueron más acertados que los de Miguel Herrera.

No obstante, lo realizado en Brasil es una buena plataforma para el futuro. Si por una vez la Selección Mexicana puede lograr un poco de continuidad entre Mundiales, no es descabellado pensar que se llegará a Rusia 2018 con mejores posibilidades de alcanzar la ansiada etapa de cuartos de final.

Ahora que se ha encontrado una fórmula exitosa para el Tri, sería descabellado no proseguir con ella.

En primer lugar porque el área de Concacaf es cada vez más competitiva. Para llegar al próximo Mundial habrá que estar preparados para enfrentar, sin soberbia, a equipos que ya son potencias regionales por sus propios méritos, como Costa Rica y Estados Unidos.

Como digo arriba, lo hecho en este Mundial habla de un espíritu renovado del país en busca de la excelencia. Pero donde el viejo México se resiste a morir en es la actitud hacia la derrota.

Me sorprendió mucho percibir, en el termómetro del ánimo nacional que son las redes sociales, qué tan viva está la tendencia al victimismo.

Por lo visto, buena parte de la afición interpretó la derrota de México como una imposición de la malévola FIFA. No niego que hay mucho de podrido en esa organización, pero imaginar que el árbitro portugués Pedro Proença haya tenido la consigna de provocar la victoria de Holanda es alucinante.

Un sector importante de la población sigue siendo de la opinión de que México no progresa porque un gran poder siempre ha conspirado contra él.

Es el México que piensa que ha sido víctima de los conquistadores, el imperialismo y los empresarios, y que por esas razones, y sólo por ellas, no sale adelante. Es el México que no acepta que las causas del atraso radican en la forma en que hemos decidido organizarnos, y que confía en que el destino habrá de redimirnos sin que tengamos que hacer nada por nosotros mismos para lograrlo.

Insisto en lo que he escrito en días recientes al abordar el tema del Mundial: el futbol no es ni lo más importante ni lo único que ocurre en México, pero sin duda es un reflejo de lo que sucede en el país.

Cualquiera es bueno para recibir la victoria con los brazos abiertos, pero para aceptar la derrota y reconocer las causas asociadas a ella se requiere mayor madurez.

Es muy probable que el árbitro Proença se haya equivocado —la clave está en saber qué vio (no lo que captaron las varias cámaras) y cuál fue su criterio para marcar el penal que le costaría el partido a México—, pero asumir que el Tri fue víctima ayer de alguna conspiración es síntoma de una incapacidad para lidiar con la derrota.

(Eso no quiere decir que FIFA no deba revisar las reglas del futbol para dejar de dar a los delanteros tanto control sobre la decisión de los árbitros de marcar penales, pues esa decisión puede incidir de manera determinante en el resultado del partido.)

México perdió ayer el partido, faltando dos minutos para el final del tiempo regular, sobre todo porque ya había perdido la iniciativa y el control del medio campo. Los cambios y movimientos de Holanda fueron más acertados. Decir más, sale sobrando.

La derrota de ayer impidió concretar el objetivo que el técnico nacional se impuso antes de viajar a Brasil: alcanzar los cuartos de final. Pero de ninguna manera borra la buena actuación que tuvo la Selección Nacional a lo largo de sus cuatro partidos.

Habrá quien quiera ver esto como el final del sueño de estar entre los ocho mejores del mundo cuando la Copa se juega fuera de México. Yo prefiero pensar que apenas es el principio.

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