La Gran Guerra

COMPARTIR 
Pascal Beltrán del Río 27/06/2014 02:10
La Gran Guerra

Hay una foto en la sala de mi casa que me gusta contemplar. En ella están mi abuelo materno, cuando tenía unos 14 años de edad, su hermana menor y sus padres. La foto quizá fue tomada hacia 1910, en St. Dié, un poblado de la cordillera de los Vosgos, en la región francesa de Lorena, donde nació mi abuelo.

En la imagen la familia se ve relajada. El joven, muy delgado, tiene una sonrisa leve y una mirada algo tímida. Me cuesta trabajo imaginarlo cuatro años después, vestido de soldado, a punto de irse a pelear en la Gran Guerra, un conflicto que debía durar apenas unas semanas. Se suponía que para la Navidad de 1914 todo habría terminado.

Movilizado en agosto de 1914, junto con casi tres millones de hombres, a mi abuelo le tocó pelear durante todo el conflicto, como parte de un regimiento de infantería. Era la primera vez que se decretaba en Francia una conscripción general.

A pesar de ser el menor de sus nietos, y de no haber convivido mucho con él, un verano me relató en detalle su participación en la Primera Guerra Mundial, un conflicto que involucró a buena parte del orbe y comenzó con el asesinato del archiduque de Austria, Francisco Fernando, en Sarajevo, mañana hará exactamente cien años.

Con esa conversación comenzó mi interés por una guerra que transformó al mundo y cuyas consecuencias geopolíticas seguimos viviendo hasta el día de hoy. Ahí están los acuerdos Sykes-Picot, que redibujaron el mapa de Oriente Medio y dividieron la Siria francesa del Irak británico.

Borrar esa frontera —literalmente, con un bulldozer— ha sido una de las acciones recientes de la organización yihadista Estado Islámico en Irak y el Levante, conocida como ISIS, la cual pretende crear un califato en esa zona de Oriente Medio, que desconozca la división territorial creada por las potencias coloniales hace un siglo.

Mientras sir Mark Sykes, a nombre de Gran Bretaña, y François Georges-Picot, a nombre de Francia, negociaban la división de Oriente Medio, unos 300 mil hombres se atrincheraban en la tierra lodosa de Verdún —no muy lejos de donde nació mi abuelo—, para impedir el avance de las fuerzas alemanas comandadas por el general Erich von Falkenhayn.

Éste era partidario de meter a Francia en una guerra de desgaste que le causara un gran número de bajas y sangrara su economía. Atacar Verdún, explicó en sus memorias, tenía el propósito de acorralar a los franceses en un territorio que tuvieran que defender necesariamente, por razones estratégicas y de orgullo.

En efecto, el territorio de Verdún —inexpugnable desde los tiempo de Atila— fue defendido al grito de “¡no pasarán!”, una consigna que el comandante del Segundo Ejército Francés, Robert Nivelle, escribió al final de una de sus órdenes del día.

En su relato, mi abuelo fue especialmente puntual en los horrores que le tocó vivir en Verdún, batalla que duró entre el 21 de febrero y el 19 diciembre de 1916. En un terreno que no rebasaba los diez kilómetros cuadrados, hubo 700 mil bajas de uno y otro lado, entre muertos, heridos y desaparecidos. Desde cualquier punto de vista estratégico, esto es imposible de justificar.

Se ensayó con armas químicas, como las utilizadas en la preparación de la ofensiva alemana del 23 de junio. La víspera del ataque, a las diez de la noche, los alemanes dispararon hacia las líneas francesas 100 mil granadas de gas fosfina, que es letal, pero no produce efectos inmediatos.

A la mañana siguiente, narraba mi abuelo, el pánico se hizo presente entre los soldados franceses. Mientras unos huían, otros se retorcían y gritaban de dolor. Los mandos simplemente no sabían cómo reaccionar. Si esa ofensiva no terminó en derrota fue por las acciones individuales de algunos oficiales que resistieron.

“Hacía un calor espantoso ese verano”, me contó. “Olía a cadáver y excremento y había ratas por todas partes. Las reservas de agua y alimentos se habían acabado. La mayor parte de los soldados estaban exhaustos y no podían combatir más”.

Si algo inclinó la balanza a favor de los franceses ese verano fue la artillería, de la que Nivelle era especialista. Los alemanes fueron bombardeados con tal fuerza que sus mandos llegaron a la conclusión de que avanzar más, simplemente los sometería a acumular un gran número de bajas.

Colocados a seis kilómetros de distancia, los cañones franceses Creusot-Schneider de 400 mm hacían estragos en las filas enemigas.

En octubre, Francia lanzó su contraofensiva final, en la que utilizó medio millón de proyectiles de artillería de 75 mm y 100 mil de 155 mm.

En los últimos días de la batalla, en diciembre, cayeron prisioneros cerca de 12 mil alemanes en el fuerte Vaux, su último reducto. Cuando algunos de ellos se quejaron con el general Charles Mangin, quien había dirigido el asalto, sobre el trato que recibían, éste soltó unas palabras que resumirían el horror del conflicto: “No pensábamos encontrar a tantos de ustedes vivos”.

La Primera Guerra Mundial, que mató a 16 millones de personas, dio paso a una serie de transformaciones, entre ellas el ascenso de dos futuras superpotencias: la Unión Soviética, que nació de la Revolución Bolchevique, y Estados Unidos, que comenzaba a despuntar como el sucesor del imperio británico en el liderazgo internacional.

Los invito a leer el suplemento especial que sobre la Gran Guerra publicará mañana Excélsior, un diario que también nació en medio de ese conflicto, el 18 de marzo de 1917.

Comparte esta entrada

Comentarios