Sombras, nada más

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Pascal Beltrán del Río 28/05/2014 01:23
Sombras, nada más

Cuando uno escudriña el comunicado Entre la luz y la sombra, del subcomandante Marcos, hay cosas más interesantes que reportar que el retiro o transformación del líder y vocero del EZLN.

Se llame como se llame en realidad, lo cierto es que Marcos hace mucho que estaba retirado.

Lo vigente es la miseria en la zona de influencia del zapatismo, como decía en su columna de ayer, con mucha puntualidad, mi compañero de páginas Jorge Fernández Menéndez.

También sigue incólume la autonomía de facto que se vive en esa región, donde habita, según calculó el año pasado el periodista Gaspar Morquecho, un cuarto de millón de personas.

Sobre una superficie equivalente a la del estado de Hidalgo, hogar de aproximadamente un millón de personas, está regada una treintena de Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas (MAREZ), divididos en cinco regiones y administradas por Juntas de Buen Gobierno.

La versión zapatista es que el hostigamiento militar a las comunidades que apoyan a los rebeldes condujo a éstas a la autogestión, pues las autoridades formales dejaron de brindarles servicios y sus habitantes renunciaron a salir de ellas por temor a ser detenidos en retenes.

Como sea, una buena franja de Chiapas sobrevive en la autonomía desde hace dos décadas, lapso en el que no han faltado tensiones y conflictos entre las comunidades que se reivindican como zapatistas y las que no.

Temerosas de ser acusadas de resucitar la guerra en las montañas del sureste mexicano, las autoridades estatales y federales han dejado a su suerte a decenas de miles de mexicanos, mientras la dirigencia zapatista se ha dedicado a regentear su muy personal concepto de dignidad.

Esto ha tenido diferentes impactos negativos en el desarrollo de la zona, pero el más preocupante, para mí, está en la educación.

En su carta de despedida, el subcomandante Marcos afirma: “En lugar de dedicarnos a formar guerrilleros, soldados y escuadrones, preparamos promotores de educación, de salud, y que fueron levantando las bases de la autonomía que hoy maravilla al mundo”.

Y agrega: “En lugar de construir cuarteles, mejorar nuestro armamento, levantar muros y trincheras, se levantaron escuelas, se construyeron hospitales y centros de salud, mejoramos nuestras condiciones de vida”.

Interesado en esos apuntes, quise saber no sólo cuántas escuelas ha construido el zapatismo en 20 años, sino a cuántos niños ha educado, qué les ha enseñado y qué tipo de certificado les ha expedido.

Imposible saberlo, por lo menos de fuente oficial. El vocero de la Secretaría de Educación de Chiapas, Alejandro Soto, me dijo ayer por teléfono que la autoridad no tiene injerencia alguna sobre el nombramiento de profesores, el diseño de las materias, la impartición de clases y la certificación de estudios. Es más, no tiene idea sobre cuántos maestros y alumnos hay en la zona.

Eso no es raro porque en el reciente censo de escuelas, maestros y alumnos, casi seis de cada diez planteles chiapanecos rechazaron participar en el conteo. Y en 67 municipios del estado (56% del total) no se logró tener acceso ni a la mitad de las escuelas para saber cuántos maestros y alumnos existen, así como para conocer en qué condiciones se imparten y se toman clases.

Lo increíble es que el Estado mexicano haya renunciado, hace dos décadas, a su deber de proveer de servicios educativos a los niños y adolescentes que viven, quizá no por elección, en la zona autónoma zapatista, “donde manda el pueblo y el gobierno obedece”.

¿Cuántos niños habrán nacido en alguno de los MAREZ de 1994  para acá? Por la misma opacidad, es difícil estimarlo. En el último censo, el INEGI encontró un millón 200 mil chiapanecos menores de 14 años de edad, es decir, nacidos entre 1996 y 2010.

¿Cuántos habrán nacido durante ese periodo en la zona autónoma? Partiendo del dato de Morquecho, que allí habitan unas 250 mil personas, probablemente nacieron unos 60 mil. Sesenta mil niños que quién sabe qué educación recibieron, impartida por quién sabe qué “promotores”, con quién sabe qué capacidad.

Existen algunas pistas de lo anterior. En una charla durante el encuentro Magisterio democrático y sueño zapatista, en agosto de 1999, el entonces mayor Moisés, del EZLN, explicó que existen tres tipos de maestros: los charros, los democráticos y los zapatistas.

Los primeros, dijo, educan a los alumnos “como quieren los neoliberales, los explotadores”; los segundos se ven obligados a cumplir con los programas oficiales, “porque si presentan que pocos pasaron, entonces son culpados de no estar haciendo nada”, y, por eso, “son controlados por el mismo sistema”.

Pero los maestros zapatistas no enseñan para que se vea “quién (de los alumnos) es el más chingón” sino lo hacen “conforme a las necesidades del pueblo”.

Y ejemplificó: “No es así de que se le enseñe una cosa de que no lo saben, pues, que no lo hayan visto. Por ejemplo, que dicen que el tren, por ejemplo ¿no?, el tren aquí no lo conocen, pues, en la selva, los indígenas, los campesinos, entonces cosas así de este tipo de que no tengan una idea, pues no”.

Eso sí, según Moisés, en las escuelas zapatistas “se cuenta por qué hay pobres y por qué hay ricos; cómo nacen los ricos y cómo es que nacen los pobres y por qué”.

La tragedia educativa se puede contar así: si un joven de una comunidad zapatista emigra y quiere estudiar la secundaria, no sería admitido, me dijo Alejandro Soto, por no tener certificado.

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