El blues del PAN

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Pascal Beltrán del Río 16/05/2014 01:25
El blues del PAN

Los lingüistas no se ponen de acuerdo en por qué el azul se asocia con la melancolía en la lengua inglesa.

Hay quienes dicen que el uso de blue como sinónimo de tristeza deriva del sentimiento que experimentan los marineros cuando están rodeados de aguas azul profundo.

Otros afirman que se trata de una adaptación del vocablo alemán blei (plomo). Y unos más sostienen que la expresión es resultado de la observación del estado de ánimo de quienes se dedicaban a teñir prendas de azul.

Vaya usted a saber.

También se debate quién le puso blues al género musical creado en las comunidades negras del sur de Estados Unidos, aunque se cree que fue durante al proceso de emancipación de los esclavos, cuando se compusieron canciones cargadas de tristeza que reflejaban lo extenuante de las labores en el campo.

Sea cual sea el origen del nombre, el blues es una forma de ponerle letra a la aflicción y el desconsuelo.

Y aflicción y desconsuelo, además de melancolía y desolación, es lo que transmite el proceso interno para renovar la dirigencia del Partido Acción Nacional… claro, a menos de que uno esté entre quienes se vayan a ver favorecidos por un eventual triunfo en la contienda que culmina el domingo.

Me explico: no soy miembro de partido alguno, entre otras razones porque pienso que el militante y el periodista no caben en el mismo cuerpo.

Aun así, es innegable que, durante muchos años, los panistas hicieron un gran servicio a la democracia mexicana mediante su apego a una vida interna que fomentaba el debate de las ideas, no la humillación del adversario, y buscaba el consenso, no la división. Eso lo agradecía cualquier demócrata, independientemente de que fuera o no panista, y, generalmente, lo reconocían los partidos rivales.

Así había sido porque el PAN se formó, en la era del corporativismo, como un partido ciudadano que respetaba la individualidad de sus afiliados.

De hecho, no es casual que haya adoptado el azul como color distintivo.

La historia panista relata que eso se debe a un grupo de obreros de Tampico, que rompió con la línea de su sindicato de adherirse colectivamente al PRM (el ancestro del PRI), y vistió de mezclilla durante la asamblea fundacional del PAN en 1939.

De esos orígenes se olvidaron los líderes panistas en años recientes, particularmente a raíz de su llegada a la Presidencia en el 2000.

Teniendo la oportunidad de darle una estocada mortal al corporativismo, espina dorsal del sistema autoritario, los panistas se montaron en la espalda de la bestia, esperando que ella pudiera ayudarlos a mantenerse largamente en el poder.

No se entiende de otra manera el apoyo que recibió Elba Esther Gordillo desde Los Pinos —más del que ella procuró de vuelta— durante los dos sexenios azules. Y qué paradójico resulta que haya tenido que ser un Presidente de signo priista el que acabara con la dirigencia de La Maestra.

Es tan larga la lista de deudas que el PAN contrajo con la democracia y los ciudadanos que votaron por el cambio en 2000 que sería imposible transcribirla en este espacio.

Baste saber que el electorado envió a Acción Nacional al tercer lugar nacional en los comicios federales de 2012. Y que le ha ido arrebatando muchas de las posiciones que le encargó más de una vez, como las gubernaturas de Jalisco, Aguascalientes, Morelos y Querétaro.

Pero el peor castigo que le trajo al PAN su expulsión del paraíso, como le pasó a Adán, es la guerra fratricida que actualmente enfrenta.

Este domingo, un hermano matará al otro —no con una quijada de burro, pero sí con una carretada de votos de dudosa procedencia— y quien salga triunfador habrá logrado una victoria pírrica porque su premio será mandar sobre un páramo.

Por supuesto, el ganador tendrá suficiente para entretenerse y hacer como que no pasa nada: de entrada, manejar casi mil millones de pesos en prerrogativas este 2014.

Y por si quedara por ahí algún panista que aún sienta algo por los valores sobre los que se fundó su partido, componer un blues a Acción Nacional después del domingo será tan fácil como hacerlo en un campo algodonero del delta del Misisipi.

Apuntes al margen

Insaciables. Los partidos políticos ya tienen asegurada una cantidad de recursos públicos (prerrogativas) que crece de elección a elección, porque la fórmula para calcularlos está atada a la cantidad de ciudadanos empadronados. Ahora decidieron incrementar sustancialmente los fondos privados que pueden recaudar.

Espéreme tantito. ¿Acaso no existía el argumento de que era mejor gastar varios cientos de millones de pesos del erario en los partidos políticos para que éstos no tuvieran que recibir dinero que los volviera esclavos de intereses particulares? En eso me había quedado yo. Pero, obvio, algo sucedió en el reciente proceso de la reforma electoral.

¿Se acuerda que los partidos tenían prohibido recibir aportaciones más allá de 10% del tope de gastos de campaña de la última elección presidencial? Pues tache eso. De los 33.6 millones de pesos que cada partido podía recaudar, de acuerdo con el artículo 78 del Cofipe, ahora el techo se eleva al triple: 109.8 millones de pesos.

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