Legalizar a los migrantes

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Pascal Beltrán del Río 07/05/2014 02:04
Legalizar a los migrantes

La clave para entender lo que está sucediendo con los migrantes en la frontera sur es que México ha dejado de ser un simple país de tránsito para convertirse cada vez más en un país destino, me dice el padre Flor María Rigoni.

Italiano de nacimiento, pero mexicano por adopción, este misionero escalabriniano vive desde 1998 en Tapachula, donde fundó el Albergue Belén, una casa refugio que el año pasado dio atención a cuatro mil 870 migrantes, casi todos centroamericanos.

—Cuando ingresan en territorio mexicano, ¿los migrantes saben que sus oportunidades de llegar a Estados Unidos son mínimas?

—Por supuesto que lo saben. Todos los años decenas de miles son devueltos a sus países, cuyas autoridades muchas veces no quieren siquiera reconocer que son sus ciudadanos.

“¿Pero por qué siguen viniendo? Porque la situación en sus países es insostenible. Y ya no es sólo la pobreza estructural y la falta de oportunidades. Lo peor es la violencia y la criminalidad. Para ellos, México es una opción para escapar de todo eso.”

Rigoni dice que en los meses recientes ha visto surgir la llegada de migrantes a Tapachula “como una ola”. En años anteriores, el albergue había alcanzado la cifra de dos mil 500 personas atendidas en el mes de agosto; este año lo hizo en abril.

“Si seguimos así —alerta Rigoni—, fácilmente rebasaremos la cifra de siete mil para diciembre.”

Dice estar sorprendido, sobre todo, por la gran cantidad de mujeres solas y con hijos que está cruzando la frontera.

“Son viudas o personas que no estuvieron dispuestas a permanecer al lado de un golpeador o alguien que se dedica a la delincuencia organizada. Cotejamos nuestra cifras con el Instituto Nacional de Migración, y le puedo confirmar que el número de mujeres migrantes ha crecido en 60 por ciento.”

Por nacionalidad, son los hondureños quienes más aparecen últimamente por el albergue. “Llegan muchos profesionistas diciendo que ya se cansaron de trabajar sólo para pagarle a los extorsionadores. Son personas que quieren trabajar, pero no pueden más con la violencia”.

Relata el caso de una mujer que llegó con cinco hijos. “El mayor no pasaba de ocho años de edad. Cuando le pregunté, ‘señora, ¿por qué se arriesga a viajar con sus hijos?’, me dijo: ‘Ya no puedo ni ir a la pupusería sin encontrarme con una pandilla de niños de diez años, armados, que me amenazan con meterme un balazo en las piernas si no les doy lo que tengo. Quiero que mis hijos puedan soñar con algo que no sea el miedo y la muerte”.

—Hay quienes piensan que lo que México debe hacer es dejarlos pasar y sólo garantizar sus derechos humanos. ¿Usted qué piensa?

—Garantizar sus derechos humanos, desde luego. Pero hay un crimen en permitir que se suban como racimos de uvas en un tren de carga. Se ha creado un safari mediático y se manda el mensaje de que si los migrantes van en un tren de carga es porque son simples mercancías.

Rigoni sostiene que permitir el libre flujo de migrantes tendría sentido si hubiera una salida del otro lado. “Pero la frontera con Estados Unidos es un dique. Se les está dejando pasar ¿para ir a dónde? Dejar que las personas se suban a un tren no equivale a tener una política migratoria”.

—¿Qué hacer, entonces?

—Darles rostro. Una política migratoria se construye con acuerdos. México tiene un programa de trabajadores temporales fronterizos para Guatemala y Belice. Pero los guatemaltecos no lo conocen y los beliceños no lo usan. Urge difundirlo y ampliarlo a los salvadoreños y hondureños.

“Hay que legalizar a los miles que están entrando y se están quedando aquí, por decisión o por circunstancia. México tiene la oportunidad de construir un programa de trabajadores temporales como el que quisiera tener para sus ciudadanos que están en Estados Unidos.”

Por otro lado, dice, el flujo de migrantes no amainará mientras no se creen las condiciones de paz y oportunidades para que los centroamericanos no se vean orillados a viajar. “Y, en eso, Estados Unidos y México tienen mucha responsabilidad”.

Éste ha sido un año como pocos para la migración. Los dramáticos saltos en masa de las vallas en Melilla, España; las peligrosas travesías en frágiles y saturadas embarcaciones por el Mediterráneo —donde la ruta más nueva parece ser la de Turquía a Grecia—, y la ola centroamericana son gritos de atención para la comunidad internacional.

México no puede quedarse de brazos cruzados. Debe tener una política migratoria integral que no dependa de que los trenes de Arriaga y Tenosique salgan o no salgan.

Honduras y El Salvador, dos de los países más violentos del mundo —que hacen palidecer la violencia que vivimos acá— están a una distancia corta de nuestra frontera sur, tan corta que los mafiosos centroamericanos envían matones a ajustar cuentas en territorio mexicano.

Legalizar a los migrantes —ofreciéndoles trabajos que muchos mexicanos no hacen y garantizando así que el Estado sepa dónde están— puede lograr el triple propósito de devolver la dignidad a esas víctimas de la violencia, hacernos cargo de la criminalidad que hemos exportado y salvaguardar la seguridad del país.

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