Café de altura

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Pascal Beltrán del Río 09/04/2014 02:32
Café de altura

Escándalos van, escándalos vienen, pero la clase política se mantiene inalterable ante la crítica cuando se trata de gastar los recursos públicos.

Por eso el costo de la Línea 12 del Metro puede haber crecido 50% sobre lo proyectado inicialmente, pero el debate público sea por otra cosa.

Aun así, mal harían los ciudadanos en dejar de sorprenderse por el desparpajo que muestran los políticos al echar mano del erario.

Esa reportera acuciosa e incansable que es Leticia Robles de la Rosa descubrió, en el faraónico recinto senatorial de Reforma e Insurgentes, otro motivo para quitarle el sueño a quienes han apostado que algún día tendremos unos legisladores que se hagan notar por su capacidad de trabajo y su austeridad: los cafés de 87 pesos.

Si usted compra su café en alguna de las cadenas comerciales cuyos establecimientos proliferan en esta ciudad —Starbucks, Punta del Cielo, Cielito Querido, etcétera—, sabrá que un americano tamaño grande, sin leche u otros agregados, no pasa de los 32 pesos.

Pues en el Senado, que gasta anualmente 2.16 millones de pesos en café —para sus miembros, trabajadores y visitantes—, el costo por unidad (taza o vaso) es de casi el triple.

La cifra de 87 pesos es un cálculo, por supuesto, pero Robles de la Rosa no se lo sacó de la manga. Con esa obsesión por los datos exactos que sólo un periodista es capaz de entender, la reportera de Excélsior multiplicó el número de sesiones de pleno y de comisiones por el número de senadores por la cantidad de tazas que, de acuerdo con su observación cotidiana, toma un legislador.

Luego le agregó una taza por cada uno de los visitantes que acudieron el año pasado al Senado (sí, ella tiene el dato preciso: siete mil 163) y una estimación de cuántas tazas se habrán servido los trabajadores de esa Cámara.

El dato que resultó fue de 24 mil 685 tazas consumidas durante el año. Si uno divide los 2.16 millones de pesos que pagó el Senado por café entre esa cantidad de tazas, cada una sale en 87 pesos. Insisto, eso es casi tres veces más caro que en los establecimientos que están a tiro de piedra.

No sé cuántos kilos de café compre el Senado, pero si suponemos que usa diez gramos por taza, el kilo le sale en algo así como ocho mil 700 pesos.

Eso cuesta, más o menos, el café más caro del mundo, el kopi luwak de Sumatra. Si ese es el tipo de café que compran en el Senado, no diré que es caro, pues eso vale, pero preguntaré si los senadores lo merecen y, más aún, si los contribuyentes tienen por qué pagarlo.

Pero sería incongruente que el Senado comprara café importado. En internet uno puede encontrar diversas manifestaciones de solidaridad de los actuales senadores con los productores de café. Como la del veracruzano José Yunes Zorrilla, quien el año pasado, en Huatusco, prometió que el Senado sería “la voz de los productores de café ante las instancias federales y estatales”.

Oiga, senador Yunes, ¿y si comienza por ser la voz de los productores ante la oficina de compras del Senado?

México tiene la fortuna de producir muy buen café. Lo hay de calidad extraordinaria en Veracruz, Chiapas, Oaxaca, Puebla, Guerrero, Hidalgo, San Luis Potosí y Colima, entre otros estados.

Personalmente, nunca he tenido que pagar más de 200 pesos por un kilo de muy buen café. Entonces, me pregunto: si el que sirven en el Senado no es kopi luwak, alguien está haciendo un extraordinario negocio con la intermediación.

Es evidente que el Senado no se lo compra directamente a los productores, lo cual, si se hiciera, sería una extraordinaria noticia, pues representaría un gran ahorro y apoyaría a un sector muy débil de la economía.

¿A quién se lo compra? Uno de los proveedores, de acuerdo con la información de Leticia Robles de la Rosa, tiene la razón social “María Bertha Guillermina Patricia Contreras Espinosa”.

Al meter dicho nombre en un buscador de internet, uno puede ver que esa empresa o persona no sólo es proveedor del Senado sino también de la Asamblea Legislativa del DF.

Hace un año, el mismo proveedor vendió una cafetera de 30 litros marca Turmix, modelo CT6.8L, a la ALDF por mil 245 pesos.

Curioso que es uno, quise saber en cuánto venden esa misma cafetera otros establecimientos. De inmediato brincó el dato en la página internet de la tienda departamental Sears: 735 pesos.

Es decir, la Asamblea pagó casi 72% más por la misma cafetera. Y la adquirió del mismo proveedor que vende café al Senado por ocho mil 700 pesos el kilo. ¿Quién decide esas compras y cómo?

Hay muchas tragedias en esto. Una de ellas es que se pida a los contribuyentes que paguen más impuestos al tiempo que subsisten prácticas oscuras y despilfarradoras de recursos públicos como las relatadas arriba.

Otra es que hay más de seis millones de mexicanos que sobreviven con el salario mínimo (67 pesos al día), menos de lo que le cuesta al contribuyente una taza de café en el Senado.

Como sugiere el dicho estadunidense puesto en boga en la columna de Ann Landers (seudónimo usado por distintas personas en el diario Chicago Sun-Times entre 1943 y 2002), es tiempo de que los contribuyentes despierten al aroma del café.

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