Política y simbolismo

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Pascal Beltrán del Río 07/04/2014 01:46
Política y simbolismo

Está por verse si las acusaciones públicas contra el líder con licencia del PRI en el DF, Cuauhtémoc Gutiérrez, y el exgobernador de Michoacán, Jesús Reyna, pueden sustentarse ante un juez.

Sin embargo, el oficialismo ha mostrado en esos dos casos —y en otros, como veremos más adelante— una capacidad de control de daños que evidentemente no conocen en la oposición.

Sin duda, muchos podrán alegar que, con la remoción de Gutiérrez y el arraigo de Reyna, el PRI y el gobierno sólo están creando la impresión de que se procura justicia cuando lo que se busca en el fondo es evitar un daño mayor.

Pero ¿alguien podrá decir que eso que hace el oficialismo es menos o es peor que lo que han hecho el PRD y el PAN en situaciones similares?

Más allá de las opiniones que cada quien pueda tener, las evidencias muestran que el PRI y el gobierno al menos han cuidado las apariencias, mientras que la oposición las ha descuidado.

Hay muchos ejemplos de cómo conciben el manejo de crisis el oficialismo y la oposición, lo cual sin duda termina teniendo efectos para uno y otra ante la opinión pública.

Comencemos con dos acusaciones de influyentismo y abuso de poder:

Hace casi un año, la hija del entonces procurador Federal del Consumidor, Humberto Benítez Treviño, protagonizó un escándalo al pedir a verificadores que trabajaban para su padre clausurar un restaurante porque no le dieron la mesa que ella quería.

El caso explotó en las redes sociales, donde se bautizó a la hija del funcionario como #LadyProfeco, y se convirtió en la primera crisis de opinión pública del gobierno del presidente Enrique Peña Nieto.

Pese a que Benítez Treviño —quien convalecía en el tiempo en que se dieron los hechos— dijo que no había pasado por su mente presentar su renuncia, el Presidente ordenó su destitución.

Nueve meses después de esos acontecimientos, se destapó el escándalo Oceanografía. Entre 2000 y 2012, es decir, durante los años de la alternancia panista en Los Pinos, esa empresa contratista de Pemex logró hacer jugosos negocios gracias a que prominentes figuras del panismo incrustadas en la paraestatal —a su pobre o nulo conocimiento de la materia petrolera— se lo facilitaron.

¿Cuál fue la respuesta del PAN ante señalamientos concretos con nombres y apellidos? Negar los hechos, afirmar que el partido blanquiazul era víctima de una campaña de denuesto y chantajear con no ser parte de la negociación de las leyes secundarias de la Reforma Energética del año pasado hasta que se limpiara su nombre.

Por supuesto, toca a la PGR investigar si se cometieron delitos y presentar las acusaciones formales, pero el PAN ha tenido en ese caso la misma posición que en otros semejantes: gritar su indignación y no hacer absolutamente nada para, al menos, crear la impresión de que le molestan la corrupción y el abuso de poder.

No puede decirse que hayan sido probadas fehacientemente las diversas acusaciones contra personajes como los hermanos Manuel y Jorge Alberto Bribiesca Sahagún, el fallecido secretario de Gobernación Juan Camilo Mouriño, el exdirector del IMSS Juan Molinar y el diputado federal Luis Alberto Villarreal. Sin embargo, lo innegable es que en todos esos casos, y otros, el PAN se ha limitado a desestimar los señalamientos o denunciar que los motiva la lucha política.

¿Y del PRD qué se puede decir? Lo mismo. El PRD no solamente toleró las acusaciones de abuso sexual contra el delegado en Tláhuac, Rubén Escamilla —quien, como se probó con un video, intercambiaba plantas laborales por felaciones— sino que aceptó hacerlo diputado en la Asamblea Legislativa.

El PRD también es el partido que metió a escondidas a San Lázaro a un diputado federal electo, Julio César Godoy, señalado de estar relacionado con el crimen organizado, para que pudiera rendir protesta y tener la protección del fuero.

Asimismo, ha tolerado actos de corrupción de funcionarios en gobiernos que encabeza o se muestra incapaz de detectarlos, como sucedió con el titular de Finanzas de Michoacán.

Los ejemplos anteriores ¿quieren decir que el PRI es el único partido que va en serio contra el influyentismo, la corrupción, el abuso de poder y la relación entre la política y el crimen organizado?

No necesariamente. Pero el PRI, a diferencia de la oposición muestra que entiende la importancia de las formas en la política.

Usted juzgue: el PRI-gobierno logra el arraigo de Reyna, mientras el PRD mete a Godoy a la Cámara de Diputados escondido en la cajuela de un coche. Ambas personas están acusadas de tener relaciones con los Templarios. Reyna, arraigado; Godoy, prófugo.

El PRI destituye a Cuauhtémoc Gutiérrez, mientras el PRD hace asambleísta a Rubén Escamilla. Ambos están acusados de delitos similares, aunque en el segundo caso hay evidencias en video.

El PRI-gobierno destituye a Benítez Treviño, mientras el PAN se indigna de que acusen a cualquiera de los suyos de abusos similares.

Entre el oficialismo que al menos guarda las apariencias (más allá de sus intenciones finales) y la oposición que tapa las trapacerías que ocurren en sus filas, ¿quién trabaja mejor su imagen ante la opinión pública, quién entiende mejor la fuerza de lo simbólico?

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