Vida de narco

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Pascal Beltrán del Río 03/04/2014 01:57
Vida de narco

En los seis años que han pasado desde la detención de Alfredo Beltrán Leyva, conocido como El Mochomo, ha sido retirada de la actividad criminal la mayoría de los capos del narcotráfico.

Lo mismo ha sucedido en el cártel del Golfo que en el de Sinaloa, en Los Zetas que en Los Caballeros Templarios, en el cártel de Juárez que en la organización de los Beltrán Leyva.

Quedan, por supuesto, algunos importantes capos por detener, como Ismael El Mayo Zambada, Juan José El Azul Esparragoza, Vicente Carrillo Fuentes El Viceroy, Dámaso López El Licenciado, Servando Gómez Martínez La Tuta, Omar Treviño Morales El Z42 y Héctor Beltrán Leyva El H.

Sin embargo, una larga lista de figuras del crimen organizado, cuyos nombres se volvieron familiares en los medios, están muertas o en prisión.

En general, éstas pasaron sus últimos días cercadas por las fuerzas de seguridad o por sus rivales. En sus casos, la supuesta vida glamorosa que ofrece el narcotráfico es, cuando mucho, un recuerdo.

Es probadamente falso el dicho con el que se suele justificar la participación en el crimen organizado: “Más vale vivir cinco años como rey que 50 como buey”.

No es vida de reyes la que se asoma en los días finales de los capos, acorralados en viviendas modestas, tomando antiácidos y tiñéndose el pelo, desprovistos de los arsenales que lograron acumular.

Y, sin embargo, esta narrativa de los días finales de los grandes criminales no permea en la sociedad. No parece servir para alejar a los jóvenes de la tentación del dinero fácil que ofrece la delincuencia.

Eso es, en parte, porque las vidas de los capos, con todo y sus finales trágicos, siguen capturando el interés de compositores de música de banda y escritores de teleseries, cuyos productos continúan fascinando a una sociedad con pocos valores.

Por otra, porque la economía mexicana, víctima de un estancamiento crónico, no logra ofrecer oportunidades que compitan con las de la delincuencia, sobre todo a los jóvenes.

Vea lo que está sucediendo en la zona conurbada de la Ciudad de México. Allí viven legiones de adolescentes sin perspectivas de progreso, a las que el narcomenudeo parece la única salida de la desesperanza.

Una tercera razón por la que la vida delincuencial no parece tan descabellada —pese al desenlace que enfrentan hombres como El Chapo, El Kike o El M24— es que en México la ley sólo se aplica cuando las cosas han salido de control y están en riesgo de provocar la exasperación de los ciudadanos.

Vuelvo al ejemplo del Estado de México, aunque bien podría hablar de Michoacán, Tamaulipas, Morelos o muchos otros lados. La delincuencia lleva un par de años o más haciendo de las suyas en esa entidad. Los secuestros, las extorsiones y los asesinatos no son novedad.

Pero no es hasta que la situación de inseguridad que entra con fuerza en los medios de comunicación, que la autoridad decide que es un problema que merece atención. Durante meses, incluso años, el problema se niega y se atribuye a calumnias de la oposición política en el lugar o simplificaciones en que incurren académicos y periodistas.

Aquí no pasa nada, dicen gobernadores y alcaldes, senadores y diputados, hasta que se les demuestra, con cifras en la mano, que sí pasa o hasta que ocurre un crimen horrendo que conmociona a los habitantes del estado o incluso a todo el país.

Y entonces llegan las fuerzas federales, en calidad de héroes de la película, con centenares de soldados, marinos y policías… y mucho, mucho dinero.

Pero hasta que eso sucede, la vida del narcomenudista de la esquina es bastante tranquila, al menos en lo que tiene que ver con la justicia. La banda de secuestradores no es molestada hasta que se le ocurre matar al familiar de una persona conocida. El extorsionador pasa todos los días a cobrar la cuota, como quien se detiene a saludar al vecino, hasta que alguien se arma para impedirlo.

Mientras tanto, la legalidad no se asoma por ningún lado, el Estado de derecho es una quimera de la que se ocupan algunos soñadores.

Un día le pregunté a Daniel Arizmendi El Mochaorejas, en una entrevista que le hice en el penal hoy conocido como El Altiplano, cómo se volvió secuestrador. Me dijo que empezó asaltando a transeúntes en la avenida Chimalhuacán, en Ciudad Nezahualcóyotl. De ahí, pasó a desvalijar vehículos y luego a robar la mercancía a transportistas. Sólo al final de su carrera delictiva estuvo el secuestro.

Ese caso, que conmovió al país, sucedió hace ya casi 20 años. En ese lapso, hemos hecho muy poco como país para detener la delincuencia cuando ésta apenas está brotando. Tan es así que dos mil 714 menores de edad fueron detenidos el sexenio pasado por actividades criminales.

¿Qué trabajo se realiza con los jóvenes vulnerables, que hoy tienen entre 13 y 17 años para evitar que un día sean succionados por el crimen, para explicarles que la vida de narco nada bueno les puede dejar? ¿Acaso siempre vamos a querer resolver todo con medidas reactivas, con otra ley o con otra comisión?

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