México y EU: la terca desconfianza

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Pascal Beltrán del Río 31/03/2014 01:30
México y EU: la terca desconfianza

Hace exactamente un siglo, mientras Octavio Paz nacía en la colonia Juárez de la Ciudad de México, el Ejército Constitucionalista avanzaba sobre Tampico.

El puerto había sido asediado desde diciembre de 1913, por fuerzas bajo el mando del general Luis Caballero Vargas, pero la necesidad de defender Ciudad Victoria de los ataques del ejército del presidente usurpador Victoriano Huerta, había pospuesto el embate.

En ese contexto se dio la segunda intervención estadunidense en México.

Tampico se había vuelto un punto estratégico a raíz del descubrimiento, en 1908, del campo petrolífero Faja de Oro. El puerto concentraba cuantiosas inversiones estadunidenses y británicas y, por lo mismo, era lugar de residencia de muchos extranjeros.

Faltaban cuatro meses para el estallido de la Primera Guerra Mundial y más de tres años para que Estados Unidos se involucrara en ella. La Marina estadunidense no tenía entonces misión más importante que proteger la vida y las propiedades de sus ciudadanos asentados en lugares de conflicto, como Tampico.

Para ello, Washington despachó varios barcos de guerra al Golfo de México, liderados por el comandante del Tercer Escuadrón de la Flota del Atlántico, el contralmirante Henry T. Mayo.

Las relaciones entre los gobiernos de Victoriano Huerta y Woodrow Wilson habían sido cordiales. Eso se reflejó en el comportamiento de la flotilla que recalaba frente a Tampico. Incluso, el 2 de abril de 1914, el buque insignia USS Dolphin disparó salvas de honor por el 47 aniversario de la toma de Puebla.

Pero entonces ocurrió lo que la historia recuerda como el Incidente de Tampico.

Al mediodía del 9 de abril, nueve marinos estadunidenses desembarcaron en un bote, que ondeaba en la proa y la popa sendas banderas de Estados Unidos, para comprar gasolina.

Los marinos fueron avistados y detenidos cerca del puente Iturbide, en la ribera del río Pánuco, por diez soldados mexicanos bajo el mando del coronel Ramón H. Hinojosa, encargado de la defensa de dicho puente contra los revolucionarios.

Mientras los marinos eran conducidos a un cuartel, el comerciante alemán que había vendido el combustible a los estadunidenses dio aviso al USS Dolphin.

El contralmirante Mayo envió al capitán del barco, Ralph Earle, con el comandante militar de la plaza, el general regiomontano Ignacio Morelos Zaragoza, para pedir la libertad de los marinos.

Éste ordenó que los estadunidenses fuesen liberados y sus captores incluso los ayudaron a cargar los tambos de combustible en la lancha.

El general mexicano se disculpó con Mayo y puso bajo arresto al coronel Hinojosa. Sin embargo, Mayo envió a tierra a su subalterno William A. Moffett a entregar un ultimátum a Morelos Zaragoza: en desagravio por los hechos, los mexicanos debían izar la bandera estadunidense en un lugar visible del puerto y saludarla con una salva de 21 cañonazos.

Negada la exigencia, la Cancillería mexicana envió una carta al encargado de negocios de la embajada estadunidense, Nelson O’Shaughnessy, en la que se quejaba de que Mayo estaba provocando un “absurdo conflicto internacional” mediante “condiciones exageradas”, y lamentaba que el secretario de Estado William Jennings Bryan y el presidente Woodrow Wilson las consideraran “justificadas”.

El Incidente de Tampico dio lugar a la ocupación del puerto de Veracruz, segunda intervención estadunidense en México. Ésta comenzó el 21 de abril de 1914 y terminó el 23 de noviembre del mismo año, cuando ya había caído el régimen de Huerta.

El día que comenzó el ataque a Veracruz, el presidente Wilson se dirigió al Congreso.

Luego de relatar los incidentes en Tampico, pidió a los legisladores “su aprobación para emplear las fuerzas armadas, de tal modo y con límites tales, para obtener del general Huerta y sus adictos el más completo reconocimiento de los derechos y de la dignidad de los Estados Unidos”.

Afortunadamente, un siglo después, México y Estados Unidos han logrado superar capítulos como éste, que enturbiaron su relación.

Sin embargo, la desconfianza enraizada en la historia sigue provocando que no todos los aspectos de la cooperación bilateral puedan ser discutidos con absoluta franqueza, como se plasma en la entrevista que le hice al embajador estadunidense Anthony Wayne, publicada en esta misma edición.

Por ejemplo, el diplomático me dijo que nada se gana con dar a conocer los detalles de la operación en la que se recapturó recientemente al narcotraficante Joaquín El Chapo Guzmán. Cuando le pregunté a Wayne por qué, si la cooperación funciona, no se puede hablar abiertamente de ella, me respondió que yo, como mexicano, podía explicarlo mejor que él.

Y tiene razón el embajador: los hechos históricos no se borran, ahí están, pero hay que superar la eterna suspicacia.

Afortunadamente, creo que ya hay señales de que eso empieza a suceder.

Cuando el procurador Jesús Murillo Karam admitió públicamente que se solicitó la ayuda tecnológica de Estados Unidos para detener a El Chapo, nadie puso el grito en el cielo, aunque algunos, en un afán de regatear cualquier éxito al gobierno mexicano, digan, sin conocer los detalles, que la participación estadunidense fue decisiva.

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