Un año sin Chávez

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Pascal Beltrán del Río 05/03/2014 02:14
Un año sin Chávez

SAN CRISTÓBAL, Venezuela.— Tiempo le va a faltar a William para relatarme las diferentes formas de sobrevivir bajo el régimen ideado por Hugo Chávez Frías.

Me cuenta lo que alcanza a contarme mientras recorremos el camino entre San Antonio del Táchira y esta ciudad, capital del estado del Táchira, una tierra brava del occidente venezolano donde surgieron las protestas contra el gobierno del “hijo de Chávez”, Nicolás Maduro.

El conductor sólo suspende la plática mientras un agente de migración revisa su cédula de identidad y mira con harta suspicacia mi pasaporte, en la garita de Peracal.

Al escuchar la narración de William, no me queda duda de que el líder de la Revolución Bolivariana, quien hoy cumple un año de haber muerto (al menos oficialmente), creía en la distribución de la riqueza. La parte que le falló fue cómo generarla para luego repartirla.

La Revolución dispuso que por cada hijo que tuviera un venezolano se le entregaran 300 dólares estadunidenses al mes, hasta un máximo de tres hijos.

El dinero se pagaba en bolívares, pero el recipiente tenía derecho a comprar los dólares a una tasa preferencial, cosa que muchos hacían. Y también podía girarlos al extranjero en la forma de remesas familiares.

Pronto, los habitantes de la frontera, como William, se dieron cuenta de que podían aumentar sus ingresos vendiendo esos dólares en Colombia y luego reconvirtiendo los pesos colombianos que les entregaban a bolívares. Mágicamente, los 300 dólares (o 600 o 900) regresaban a Venezuela convertidos en el doble.

En poco tiempo, la estratagema dejó de ser el secreto de los venezolanos fronterizos. Y personas de otros rumbos de la República Bolivariana comenzaron a enviar por giro sus dólares a Colombia y a recibir, también por giro, sus bolívares multiplicados por dos.

“Así, ¿para qué trabajar?”, me dice William y suelta una carcajada. “Mire, cuando alguien abría un negocio en San Antonio del Táchira y ponía un letrero solicitando empleados, nadie llegaba a pedir el trabajo”.

Muchos venezolanos vivían muy felices bajo la conducción del comandante Chávez, cuyos discursos no dejó de transmitir la radio chavista el día de ayer.

(Por cierto, el hombre siempre me pareció carismático y muy gracioso. Incluso creo que era un auténtico líder. Las dos veces que pude intercambiar palabras con él —una en Mar del Plata y otra, en Cancún— son, para mí memorables. Pero ese es otro cuento…)

El actual problema en Venezuela se agudizó cuando, súbitamente, el gobierno se quedó sin dinero. Pues, ¡cómo no!, si salieron de esa manera mil 100 millones de dólares de Venezuela el año pasado.

“Volvimos al mundo real y ahora sí, hay que trabajar”, me dice William, un hombre alegre y dicharachero, originario del estado de Amazonas, en el extremo sur del país.

(Por cierto, su nombre real no es William, pero a continuación entenderá usted por qué se lo cambié).

Para William, trabajar significa manejar un auto y llevar pasajeros de un lado a otro de la frontera o a otras partes de Venezuela. Para ello, usa mucha gasolina.

A fin de evitar el contrabando hacia Colombia, donde la gasolina es mucho más cara, los dueños de autos en la zona fronteriza están obligados a pegar un chip en el parabrisas del coche. Éste sirve para topar en 32 litros diarios la cantidad de combustible que se puede comprar, así como para impedir que los colombianos aprovechen el precio súper subsidiado al que se vende en Venezuela.

Pero como William en ocasiones necesita más de 32 litros al día, pidió a un amigo de Caracas que viajara 800 kilómetros a San Antonio del Táchira para registrar su auto como fronterizo, con lo cual le entregaron un chip. Pero ese chip no terminó pegado en el parabrisas del coche del amigo de William sino en la cartera de éste, donde está cuidadosamente envuelto en papel aluminio.

¿Por qué en papel aluminio? Para que el aparato lector no detecte el chip que William trae en la cartera sino el que está en el parabrisas. Pero ¿qué pasa si quiere usar el chip que trae en la cartera? Sencillo: pega un pedazo de papel aluminio sobre el chip del parabrisas.

Hay días en que William no consigue clientes. Y como William y su familia deben comer todos los días, en esas ocasiones el chofer —no es formalmente un taxista— cruza la frontera con Colombia y vende ahí su gasolina.

¿Cuánto gana William con esa transacción? Mucho. A veces más de lo que gana manejando el auto. Verá usted: llenar el tanque le cuesta aproximadamente seis bolívares, pero en Colombia le dan el equivalente a unos dos mil 500 bolívares por el mismo combustible.

Por cierto, el salario mínimo mensual en la República Bolivariana es de tres mil 270 bolívares.

Los 45 minutos que pasé con William mientras su auto serpenteaba por el camino a San Cristóbal fueron una auténtica lección de economía venezolana.

Nos despedimos con un abrazo y la promesa de tomarnos un día de éstos una cerveza Polar.

Y yo quedé más convencido que nunca de que si bien uno jamás debe renunciar al ideal de la justicia social, éste no se materializa regalando dinero, echando discursos ni recitando coplas llaneras.

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