Narcos: la cárcel o la muerte

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Pascal Beltrán del Río 25/02/2014 02:08
Narcos: la cárcel  o la muerte

Este fin de semana apareció el cadáver número 17 en lo que va del año en el municipio mexiquense de Cuautitlán Izcalli, zona conurbada de esta capital.

El hallazgo lo hicieron vecinos de la colonia Luis Echeverría, la mañana del sábado. El cuerpo apareció en un charco de sangre, a un costado de los campos de futbol de la avenida Río Verde.

Hace dos semanas, dos jóvenes fueron ejecutados en la unidad habitacional Infonavit Norte. Uno de ellos, de 16 años de edad, fue decapitado después de ser rafagueado con un cuerno de chivo. Diez días antes había sido detenido por la policía municipal, en posesión de mariguana, y posteriormente liberado.

El sábado pasado, mismo día que encontraron el cuerpo en los campos de futbol, amanecieron en dos vías de acceso a la autopista México-Querétaro sendas mantas firmadas por un presunto representante del cártel del Golfo, que anuncia que esa organización hará una “limpia” de criminales en el municipio de Cuautitlán Izcalli y advierte a las autoridades civiles y militares que no se metan con ella y la dejen “trabajar”.

Ayer conocí la historia de una joven de Cuautitlán Izcalli que viene todos los días entre semana al DF para estudiar.

Aterrada por lo que se vive en su municipio, relata que muchos de sus compañeros de escuela han abandonado los estudios para dedicarse al narcomenudeo. Y como prueba de lo que dice, muestra la página de Facebook de uno de ellos, donde aparece la fotografía de su antebrazo, con un reloj de marca. El índice de la mano apunta hacia una mesa con pilas de billetes.

Los hechos de violencia recientes en la zona conurbada — se cuentan este año más de 70 asesinatos relacionados con el crimen organizado— muestran que las autoridades federales y estatales tienen una tarea titánica por delante.

Sin duda la detención, el mismo sábado, de Joaquín El Chapo Guzmán, es una buena noticia en la lucha contra la delincuencia, como comenté ayer. Pero el trabajo está lejos de concluir.

Más que pelear contra una estructura criminal, que puede ser desbaratada con una buena labor de inteligencia, como la que consiguió detener al jefe del cártel del Pacífico, el gobierno se enfrenta a un fenómeno cultural: la búsqueda del dinero fácil.

Es imposible negar el papel que juega la falta de oportunidades, especialmente para los jóvenes, en el aumento del consumo y el tráfico de drogas.

La zona conurbada ha experimentado un crecimiento demográfico explosivo. Familias hacinadas en viviendas de pocos metros cuadrados, en zonas habitacionales con escasos servicios, dependen del mercado laboral defeño para sobrevivir.

Hace unos días, un funcionario federal me relataba que para viajar ida y vuelta del municipio de Huehuetoca —del otro lado de la caseta de cobro de Tepotzotlán— a la Ciudad de México, una persona emplea cuatro horas de su tiempo y debe desembolsar casi 200 pesos cada vez.

Imagine lo que causa en los jóvenes de esos municipios la realidad diaria de padres ausentes, cuyos ingresos y energía son carcomidos por los traslados. Son presa fácil del narcotráfico y otras manifestaciones del crimen organizado y su promesa de riqueza instantánea. Muchos caen en la tentación.

Por supuesto que la solución de largo plazo para evitar la pérdida de esa generación está en que el Estado pueda proveer oportunidades de desarrollo personal y una visión de futuro más prometedoras que las del mundo criminal.

Sin embargo, estos jóvenes difícilmente se esperarán a cosechar los frutos de las reformas estructurales y el nuevo “milagro mexicano”.

El Estado tiene también una tarea en el corto plazo: la disuasión.

Una de las lecciones de la detención de El Chapo Guzmán es que, pese a lo poderosos que crean ser, los narcotraficantes sólo tienen dos cosas posibles en su futuro: la cárcel o la muerte.

Por eso fue importante que se viera al capo de capos anímicamente abatido el sábado pasado, mientras era conducido por dos marinos hacia el helicóptero que lo llevaría de vuelta a la cárcel.

Esa imagen contrastaba con la de Édgar Valdés Villarreal, La Barbie, a quien —al momento de su detención, en el verano de 2010— se le dio la oportunidad de hacer muecas de satisfacción frente a las cámaras, que lo captaron enfundado en su playera tipo polo.

Una playera que, por cierto, después se pondría de moda, como muestra de lo fácil que es que el estilo de vida de los criminales se vuelva objeto de admiración, y de lo importante que resulta que el Estado tenga, en el corto plazo, un discurso para disuadir a quienes se sientan atraídos por el dinero fácil del narcotráfico y, en el largo, una visión de futuro que resulte competitiva.

Por eso el gobierno y la sociedad necesitan, hoy, hablar de las lecciones que deja la captura de El Chapo: la cárcel o la muerte como únicos desenlaces posibles de una vida dedicada a la delincuencia.

Y reventar la noción falaz de “más vale vivir cinco años como rey, que 50 como buey”. Los últimos instantes en libertad de El Chapo no lo muestran como rey sino como un hombre asustado y perseguido, abandonado por los suyos y acorralado en un cuchitril.

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