Las tres caídas de El Chapo

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Pascal Beltrán del Río 24/02/2014 01:32
Las tres caídas de El Chapo

Sólo le faltó a Joaquín El Chapo Guzmán salir corriendo por los techos con un arma en la mano para que sus últimos instantes de libertad se parecieran a los últimos momentos de Pablo Escobar, el líder del cártel de Medellín muerto por el Bloque de Búsqueda de la policía colombiana el 2 de diciembre de 1993.

Como Escobar, El Chapo se ocultaba de las fuerzas de seguridad en un departamento modesto, que reflejaba muy mal su nivel de riqueza y poder.

Ambos fueron rastreados y localizados por sus llamadas telefónicas y estaban acompañados sólo por un fiel guardaespaldas. Escobar, de Álvaro de León Agudelo, El Limón, quien moriría abatido antes que su patrón; El Chapo, de Carlos Manuel Hoo Ramírez, un hombre que ayer fue interrogado por la PGR después de ser aprehendido en Mazatlán junto con su jefe.

Para más coincidencias, ambos vestían mezclilla y una playera polo en el momento de ser descubiertos por la policía. La de Escobar terminó ensangrentada; la de El Chapo, desgarrada en la pelea que dio cuando elementos de la Armada penetraron en la habitación donde dormía (por eso, en la primera imagen que circuló en internet luego de su aprehensión, aparece con el torso desnudo).

Quizá se habrían parecido más los momentos finales de esas dos carreras delictivas si El Chapo hubiera alcanzado el cuerno de chivo que tenía junto a la cama, a decir de la información que han divulgado las autoridades sobre el operativo de la madrugada del sábado en el condominio Miramar.

Fue ésta, que se sepa, la tercera caída de El Chapo en manos de las autoridades.

La primera fue en junio de 1991, cuando patrulleros de la policía capitalina detuvieron en calles de la delegación Venustiano Carranza una camioneta Suburban sin placas y con vidrios polarizados.

En el interior iban cuatro personas, fuertemente armadas. Una de ellas era El Chapo.

Los patrulleros no sospecharon que estaban frente a narcotraficantes poderosos hasta que les ofrecieron una mordida de 10 mil dólares. Asustados, llamaron a su jefe de sector, Rogelio Herrera Pérez.

Éste a su vez avisó a Fulvio Jiménez Turegano, ex motociclista de la policía capitalina en épocas de Arturo Durazo Moreno, convertido en comandante de la Policía Judicial Federal.

El asunto llegó a oídos de Santiago Tapia Aceves, entonces director operativo de la Secretaría de Protección y Vialidad del DF, quien se trasladó al lugar en helicóptero. Según confesaría este mismo hombre —tras de ser detenido, años más tarde—, dejó ir a los narcos a cambio de una fuerte cantidad de dinero.

La segunda caída de El Chapo fue en Guatemala, dos años después. Se le buscaba en relación con el asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, ocurrido el 24 de mayo de 1993.

La captura fue coordinada por el actual presidente de Guatemala, el general (retirado) Otto Pérez Molina. Éste, quien se desempeñaba entonces como titular de Inteligencia Militar, me relató en una entrevista en 2012 cómo se dieron los hechos.

“A nosotros nos llegó una información que empezamos a trabajar y le fuimos dando seguimiento y finalmente se llegó a colaborar en la detención de El Chapo Guzmán. No sabíamos exactamente que él era quien iba a estar en esa operación y sin embargo él fue el que resultó capturado y puesto a disposición de las autoridades mexicanas”.

–Es decir, cuando ustedes llegaron al lugar de la detención, ¿no sabían que allí estaba El Chapo?

–No teníamos la información de que él era quien iba a estar presente. Lo que estábamos haciendo era vigilar un operativo mediante el que estaban moviendo dos toneladas de cocaína. Cuando se hizo la captura, inmediatamente nos dimos cuenta de que coincidía con la descripción que nos dieron las autoridades mexicanas de El Chapo Guzmán.

Entregado a las autoridades mexicanas en el puente internacional de “El Talismán”, El Chapo fue recluido en el penal de máxima seguridad de Almoloya. Dos años después, en noviembre de 1995, consiguió su traslado al penal de Puente Grande, de donde se escaparía en enero de 2001.

La del sábado fue la tercera caída de El Chapo. Será, al parecer, la vencida, pues el país no toleraría otra fuga o una liberación a deshoras al estilo de Rafael Caro Quintero. Al menos no existe el riesgo de una mala integración de su expediente, que termine rebotando en un juzgado, pues El Chapo ya estaba sentenciado y tendrá que cumplir el resto de su condena (aunque es muy raro que la ley mexicana no contemple alguna sanción por la fuga).

No hay otra manera de ver esta captura más que con buenos ojos, entre otras cosas por la pulcritud con la que se realizó.

La forma en que este fugitivo se había convertido en multimillonario a expensas del crimen era una afrenta al Estado y una vergüenza para el país en el extranjero.

Lo que sigue ahora —y después de la detención de Elba Esther Gordillo y, ojalá pronto, la de Gastón Azcárraga— es que la erradicación de la impunidad en México sea un camino sin retorno. Un camino que pasa por el combate a la corrupción que ha hecho posible que existan capos como El Chapo.

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