¿Quién manda en Ucrania?

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Pascal Beltrán del Río 21/02/2014 01:13
¿Quién manda en Ucrania?

Viajé a Kiev hace año y medio, para asistir al congreso anual de la Asociación Mundial de Periódicos (WAN, por sus siglas en inglés).

Una de las imágenes de la capital ucraniana con las que me quedé, tras poner pie fuera del hotel, fue la de la bella estatua de Lenin, en la intersección de las avenidas Khreshchatyk y Shevchenko.

El monumento, cuya base había sido construida con el mismo granito rojo del mausoleo que guarda los restos del líder de la Revolución de Octubre, fue considerado el más hermoso del mundo por la Feria Mundial de Nueva York de 1939.

Pero más allá de su estética, lo que realmente llamaba la atención de la estatua era la carpa que había puesto, a un costado, el Partido Comunista Ucraniano para albergar a los militantes encargados de disuadir a los vándalos.

Me pareció muy curioso que un monumento requiriera de protección permanente.

La estatua de Lenin se había convertido, para muchos, en un odiado vestigio de la Unión Soviética pero, sobre todo, del dominio cultural ruso. Esto se volvió evidente para todo el mundo el 8 de diciembre pasado, cuando miembros del partido ultranacionalista Svoboda arrancaron la estatua de su pedestal y cantaron el himno ucraniano.

Pese a que los ucranianos estuvieron bien representados en Moscú —Leonid Brezhnev, líder de la URSS de 1964 a 1982, era su paisano—, Ucrania fue sede de los primeros movimientos que exigieron apertura y democracia en la Unión Soviética desde 1988.

Un hecho que aceleró el nacionalismo y el rechazo de la tutela de Moscú fue el accidente de la planta nuclear de Chernobyl.

Tras de la desintegración de la URSS y la independencia de Ucrania, el primer Presidente del país, Leonid Kravchuk logró, mediante su talante diplomático y conciliador, un alejamiento del área de influencia de Rusia.

Sin embargo, fue sucedido por el pro ruso Leonid Kuchma, quien gobernó el país por dos periodos (una década en total) y fue acusado de institucionalizar la corrupción y de violar los derechos humanos y la libertad de expresión.

En sus memorias, publicadas en 2012, Kuchma se defendió de la cercanía que estableció con Moscú diciendo que Ucrania siempre tuvo un fuerte sentimiento prosoviético y que era muy peligroso para el país pelearse con Rusia.

Durante su gobierno promovió el ruso —lengua que habla una quinta parte de los ucranianos— como el segundo idioma oficial de facto de Ucrania, lo cual fue una afrenta para los nacionalistas.

Dos políticos lanzados al ruedo por KuchmaVíktor Yanukóvich y Víktor Yúshchenko— se disputaron la sucesión en 2004. El primero, muy cercano a Moscú y al líder ruso Vladimir Putin; el segundo, representante de la línea nacionalista.

La segunda vuelta de la elección presidencial, en noviembre de ese año, fue salpicada por acusaciones de fraude electoral masivo. Oficialmente ganó Yanukóvich, apoyado por Kuchma, pero el resultado desató un movimiento de protesta, conocido como la Revolución Naranja.

Luego de varios días de manifestaciones masivas, la Suprema Corte de Ucrania decidió anular las elecciones y ordenó que se repusiera el proceso. En nuevos comicios, el 26 de diciembre de 2004, Víktor Yúshchenko fue elegido Presidente.

Para justificar su derrota, Yanukóvich afirmó que no había insistido en su triunfo anterior para evitar un baño de sangre.

Si bien parecía desacreditado para siempre, Yanukóvich decidió reinventarse. Contrató a un grupo de asesores estadunidenses, mejoró su ucraniano, el idioma oficial del país —eclipsado durante la época soviética— y dejó atrás su imagen de “hombre de Moscú”.

El cambio cosmético le dio resultados: en la elección presidencial de 2010, derrotó a la carismática Yulia Timoshenko. Ya en el poder, se presentó como simpatizante del acercamiento de Ucrania con la Unión Europea, al punto de anunciar un histórico acuerdo de asociación con Bruselas. Sin embargo, unos días antes de la firma, y luego de algunas visitas a Moscú calificadas de misteriosas, Yanukóvich se echó para atrás.

Lo que siguió fue una serie de manifestaciones proeuropeas, recibidas con una represión nunca antes vista en Ucrania. Tanto el movimiento democratizador de finales de los años 80 como la Revolución Naranja se desarrollaron pacíficamente.

En el movimiento nacionalista ucraniano se tiene la impresión de que Vladimir Putin —para quien rusos y ucranianos son un mismo pueblo— tiene aterrorizado y sometido a Yanukóvich.

Después de la violencia de los últimos días, que ha dejado en ruinas el Maidán, o plaza de la Independencia de Kiev, y decenas de personas muertas (la cifra fatal de ayer fue de al menos 70), ya está en duda la capacidad del Presidente de seguir al frente del país.

El miércoles por la noche, Yanukóvich se reunió con tres líderes opositores para firmar una tregua, pero para la mañana siguiente la violencia había escalado a sus peores niveles desde el inicio de la crisis, con cadáveres tirados en las calles.

Por eso los ucranianos se preguntan: ¿Quién diablos manda en Ucrania?

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