Harper en México

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Pascal Beltrán del Río 18/02/2014 01:48
Harper en México

Pese a que está en el vigésimo primer año de su carrera política y acaba de cumplir ocho como primer ministro, Stephen Joseph Harper sigue siendo un enigma para la mayoría de los canadienses.

De personalidad introvertida, Harper es descrito lo mismo como un dictador implacable y puntilloso con su gabinete que como un hombre cálido y detallista con sus rivales políticos.

También desconcierta a muchos que sea un político de firmes convicciones conservadoras, pero capaz de ser pragmático y gradualista.

Uno de los asesores que lo guiaron en el ascenso al poder, Tom Flanagan, lo describió así en charla con el periodista y biógrafo Mark Kennedy:

“Son dos personas en una: Hay un Harper que es suspicaz, sigiloso, despiadado y a veces temperamental y arbitrario. Y luego hay otro que es chistoso y, en ocasiones, amable y considerado. Uno se queda pensando: ¿Cuál de ellos se apareció hoy?”

Esa es una opinión que secunda otro político cercano al primer ministro, el exlíder de la mayoría conservadora en la Cámara de los Comunes, Jay D. Hill: “Harper es una dicotomía, es una contradicción. Es como si hubiera dos personas ahí”.

Lo cierto es que el primer ministro canadiense, cuya visita a México comenzó ayer, podrá ser todo menos un político que coquetee con la debilidad.

Llegó al poder en febrero de 2006, encabezando un gobierno de minoría. La recesión mundial, desatada dos años y medio después, puso en duda su capacidad de tomar medidas adecuadas para enfrentar la situación económica.

Fue un periodo político inestable, con continuos intentos de la oposición de tumbar al gobierno mediante votaciones de no-confianza en el Parlamento, que concluyó con una convocatoria a elecciones anticipadas.

En diciembre de 2008, los prospectos de Harper de mantenerse en el poder parecían desvanecerse. Su Partido Conservador se había quedado apenas corto en el número de asientos en el Parlamento para formar gobierno. Eso dio la oportunidad a la oposición de intentar armar una coalición.

Los partidos Liberal y Nueva Democracia estaban en pláticas, próximos a lograr un acuerdo. El líder del primero, Stephen Dion, ya se veía como jefe del gobierno. Pero a pesar de que algunos de sus asesores le aconsejaban doblar las manos, Harper decidió que no. Estaba seguro de que la coalición de centro-izquierda se desmoronaría al final.

Pidió a la gobernadora general que prorrogara el proceso de formación del gobierno, un procedimiento que implica suspender temporalmente las sesiones del Parlamento.

Y, en un golpe de suerte, sus rivales cometieron el error de tomarse una foto con el líder del Bloque Quebequense, lo cual irritó a muchos canadienses. ¿Cómo era posible, se preguntaban, que el próximo gobierno aceptara el apoyo de un partido cuya meta era la independencia de la provincia de Quebec?

Harper ganó la apuesta. Formó un segundo gobierno de minoría y puso las bases para que, en la siguiente elección, en mayo de 2011, el electorado otorgara suficientes asientos —166, de 308— al Partido Conservador para formar un gobierno de mayoría.

En una entrevista que dio ese año, Harper definió su estilo de hacer política. Dijo que sólo conocía dos tipos de primer ministro: “Aquellos que controlan mucho y aquellos que no tienen el control. Los segundos suelen durar muy poco tiempo en el cargo”.

Originario de Toronto, pero formado políticamente en Calgary, Harper es un creyente del libre mercado, la libre empresa y las libertades individuales, cosa en que es cercano al pensamiento del economista austriaco Friedrich Hayek.

Sin embargo, no ha dudado en impulsar medidas que había rechazado en su juventud, como los programas de estímulo y los subsidios.

De acuerdo con sus propias palabras, se ha dado cuenta de que a los electores no les gustan las sorpresas, y ha optado por el gradualismo.

Mes y medio después de su última elección, Harper afirmó que “un paso a la vez, estamos moviendo a Canadá en un rumbo conservador y los canadienses se están moviendo con nosotros”.

Aunque algunos escándalos recientes —como un pago que su jefe de asesores hizo a un senador— podrían debilitar sus intenciones de ganar un cuarto mandato el año entrante, hace falta apuntar que Harper siempre ha sido subestimado.

Por ejemplo, pocos pensaban que podía desbancar a su mentor político en Calgary para llegar al Parlamento en 1993; o que podía unir a los dos grandes partidos de la derecha canadiense, en 2003, y encabezar a la organización resultante; o llegar a ser primer ministro; o tener un gobierno de mayoría…

El secreto electoral de Harper —el decano de las cumbres de líderes de América del Norte, como la que se celebra esta semana—, dice el encuestador Darrell Bricker, es detectar los cambios en la sociedad canadiense y responder a ellos.

Por eso, antes de imaginarlo renunciando a los temas contenciosos que lo separan de sus homólogos Enrique Peña Nieto y Barack Obama —las visas para mexicanos y el oleoducto de Alberta al Golfo de México— hay que ver qué piensa al respecto la opinión pública de su país.

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