La noche de la iguana

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Pascal Beltrán del Río 06/02/2014 01:29
La noche de la iguana

Fue una fotografía la que confirmó el vínculo de Giulio Andreotti con la mafia.

El negativo estuvo guardado durante 14 años en un sobre, en casa de Letizia Batagglia, quien había trabajado como fotógrafa para un diario siciliano.

A fines de 1993, cuando el siete veces primer ministro italiano enfrentaba uno de los juicios a los que fue sometido en su carrera política, la fotografía fue presentada como evidencia por investigadores antimafia ante un tribunal de Palermo.

Hasta entonces, Andreotti había negado todas las acusaciones de estar relacionado con los jefes del crimen organizado. Ni siquiera los testimonios de los pentiti (arrepentidos) lo habían hecho trastabillar.

Por supuesto que era falso, repetía, que hubiese sellado mediante un beso en la mejilla, al estilo siciliano, su alianza con Salvatore Totò Riina, La Bestia, El jefe de jefes. Juraba que era calumniosa la acusación que hizo en ese sentido el pentito Baldassare Di Maggio. Y muchos italianos le creían.

Por su tenacidad para desmentirlo todo y descalificar a quienes lo señalaban, Andreotti llegó a ser calificado como El hombre que nunca estuvo.

Pero la foto vino a destruir la coartada del político democristiano. Había declarado bajo juramento que nunca había conocido a los primos Nino e Ignazio Salvo, dos personajes de la mafia que, de acuerdo con los testimonios incriminadores, le sirvieron para relacionarse con Riina.

En la imagen aparecían Andreotti y un grupo de líderes democristianos en una cena con Nino Salvo, durante la campaña electoral de 1979. La reunión había tenido lugar en un hotel cercano a Palermo, que era propiedad de los Salvo.

La foto jamás se publicó y se quedó en el archivo de Batagglia hasta que un día la policía registró la casa de la fotógrafa y la encontró.

En esos tiempos no había redes sociales ni cámaras digitales como ahora. Había que revelar la película fotográfica antes de imprimir una imagen. La distribución de una foto era más fácil de controlar.

Hoy cualquiera puede tomar una foto. Y toda imagen se puede reproducir de manera viral en las redes sociales. Lo que es terrible para la privacidad —y, quizá en el largo plazo para la naturalidad con la que actúan los individuos cuando se sienten en confianza— es bueno para la transparencia.

La imagen de la senadora perredista Iris Vianey Mendoza bailando al lado de Melissa Plancarte, la hija de uno de los presuntos líderes de Los Caballeros Templarios, y la síndico del municipio de Apatzingán, Julia Lila Ceja Canela, da lugar a preguntas inquietantes.

Ella ha desmentido su relación con la hija de Kike Plancarte con la misma pasión que Andreotti negaba conocer a los Salvo.

No puede decir que nunca estuvo, porque la imagen la muestra divirtiéndose como una chiquilla —pese a sus 32 años de edad, hay mucho de candidez en su comportamiento diario—, enfundada en un vestido del mismo color que el de sus acompañantes. En cambio, sostiene que fue invitada al mismo “evento social” que Melissa, y nada más.

Han comenzado a crecer los testimonios de que Iris Vianey Mendoza tiene más en común con los templarios que sólo haber coincidido en un “evento social” con la hija de un presunto capo.

Eso no es prueba de nada, por supuesto, pero sí obliga a que se realice una investigación en serio. Ya son muchos señalamientos de vínculos entre el crimen organizado y figuras de la política michoacana. Ahí están los casos de Julio César Godoy y de Saúl Soliz Soliz, por sólo mencionar un par.

Quizá el gobierno federal dude en indagar si hay algo más porque podría abrir la puerta para que se haga lo mismo con políticos priistas, como la síndico. Sobre todo ahora que el PRD ha metido la mano al fuego por la senadora Mendoza (“manifestamos nuestra firme convicción de su solvencia personal y política”).

Sería terrible que sucediera eso porque no abona al fortalecimiento del Estado de derecho y la lucha contra la impunidad, un par de cosas sin las cuales cualquier esfuerzo de reconstrucción de Michoacán será como rodar la piedra de Sísifo por la falda del Quinceo.

Si es inocente la senadora Mendoza, una investigación seria lo revelaría. Pero aun en ese caso, debería revisar su comportamiento público. No es una iguana, como puso en su página de Facebook, al comentar las fotos que se hizo tomar, en distintas poses, tendida al sol en La Rumorosa.

Es una representante popular, secretaria de la Mesa Directiva del Senado de la República, y debería comportarse como tal. Eso incluye dar seriedad a su encargo, y, sí, fijarse quién está bailando a su lado. Lo digo por si quiere que se tomen en serio sus propuestas legislativas como fortalecer en las leyes la presunción de inocencia. 

Por lo pronto, se le vino la noche. Y no es con frases de indignación ni amenazas de demandar por daño moral como la va a dejar atrás.

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