Aculco: cuando se quiere, se puede

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Pascal Beltrán del Río 04/02/2014 02:03
Aculco: cuando se quiere, se puede

Felicidades a Jorge Fernández Menéndez y a su equipo por los diez años de Imagen Informativa Tercera Edición.

 

¿Se imagina usted un lugar donde no hay comercio ambulante ni grafiti ni contaminación por ruido ni franeleros que le cobren por estacionarse en la vía pública?

No, no me refiero a Noruega, Nueva Zelanda ni al Más Allá, sino al México de hoy.

Pues lo hay, y no está tan lejos del Distrito Federal. En Aculco, Estado de México, un municipio de 45 mil habitantes, la ley se respeta, presumen los locales. Y cuando la autoridad no lo hace, ellos se organizan para obligar a que se rectifique.

Hace no mucho tiempo visité ese lugar, después de no hacerlo por unos 20 años. Ubicado a pocos kilómetros de la autopista México-Querétaro, fue alguna vez un lugar de reposo en el Camino Real, donde las diligencias paraban para pasar la noche.

Hoy el tiempo es el que se detiene ahí, pero no sólo porque la modernidad no ha alcanzado del todo al pueblo, sino
porque ha logrado evitar que lo azoten las plagas que genera un país con poco respeto por la legalidad.

Habrá quien piense que la realidad de un lugar relativamente pequeño no se compara con la de las ciudades.

Yo comparo la de Aculco con la de Pedro Escobedo. Distante a 60 kilómetros, poblado con casi el mismo número de habitantes y atravesado por la misma autopista, el municipio queretano ha vivido graves episodios de violencia, extorsión y secuestros.

-Aquí no hay crimen organizado —me dice, orondo, un hombre zacatecano que llegó a refugiarse a Aculco tras de padecer, primero, las extorsiones en su tierra y, luego, la corrupción en la administración pública de la capital del país, el primer lugar que eligió para huir de la violencia—.

El hombre tiene un negocio en el primer cuadro de la cabecera y un pequeño rancho en una de las comunidades del municipio.

Cuando le pregunto cómo ha evitado el pueblo mágico de Aculco la plaga del comercio ambulante, no duda en responderme: “Con organización ciudadana”.

Me cuenta que un día, en otra administración municipal, llegaron los ambulantes del brazo de El Barzón. “Eran pura gente de fuera. Traían sus puestos desarmables. Se colocaron en la plaza y empezaron a vender discos compactos pirata y otras cosas”.

Los comerciantes establecidos aguantaron uno, dos días. Cuando vieron que los ambulantes pretendían quedarse, fueron a ver al alcalde.

“Éramos como cuarenta. Le dijimos: ‘a partir de mañana, dejamos de pagar impuestos, y de nuestro bolsillo no sale un solo apoyo al municipio”.

Los quejosos pronto se dieron cuenta de que el alcalde no pensaba retirar a los ambulantes. “Y no era porque no quisiera sino porque no podía”.

-¿Y qué hicieron ustedes?

-Le pedimos ayuda a la asociación de charros, de la que yo soy parte. Llegaron muchos, montados a caballo. Y les dijimos a los ambulantes que si no se iban por las buenas, se irían por las malas. Y se fueron.

Desde entonces, la plaza está libre de comercio ambulante.

“Sabíamos que si dejábamos que se instalaran, no tardarían en llegar los criminales”.

El hombre dice que ya había vivido el desarrollo de la delincuencia en su natal Villanueva, Zacatecas.

“Yo sembraba nopal. Incluso lo exportaba a Estados Unidos. Pero una parte de la producción se la quedaban los malandros. Llegó un momento en que les dije: ‘¿Saben qué? Yo ya no puedo más. Quédense con el rancho y manéjenlo ustedes. Yo regreso en 15 años, a ver si siguen aquí”.

-¿Y siguieron?

-¡Qué va! Al año ya se habían ido. No regaron el nopal ni lo fertilizaron. Tampoco sabían cómo ni cuándo cortarlo. Los delincuentes quieren el dinero fácil, no les gusta trabajar por él. Así que en cuanto vi que se fueron, vendí el rancho y me fui a vivir a la Ciudad de México.

Al poco tiempo saldría corriendo de ahí, por otras razones. Trabajaba en la delegación Tlalpan, donde sus jefes, militantes del PRD, le pedían que entregara la mitad de su salario.

-¿Dinero para el partido?

-¡No! ¡Para ellos!

-¿Y usted qué hizo?

-Pues renuncié.

Y así, este hombre zacatecano llegó a vivir a Aculco, un lugar donde incluso el OXXO tuvo que ceñirse a las reglas de pintar cualquier parte de la fachada en blanco y negro, hasta su logo.

“Aquí todo mundo se conoce, y cuando llega alguien con malas intenciones, de inmediato nos avisamos y no le damos oportunidad de hacer de las suyas. Aquí a nadie se le deja escandalizar, no tenemos cantinas y los negocios que cuentan con permiso para vender alcohol se fijan a quién le sirven. Así vivimos y así queremos seguir”.

Por algo se comienza. Usted dirá: cuando se quiere, ¿no se puede?

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