Expresidentes

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Pascal Beltrán del Río 24/01/2014 02:07
Expresidentes

En México, los expresidentes producen una mezcla de fascinación y repulsa.

Cuando yo tenía diez años de edad me tocó tomar un vuelo Los Ángeles-México, en el que, justo del otro lado del pasillo del Boeing 727 de Mexicana, venía sentado Gustavo Díaz Ordaz, quien tenía casi un sexenio de haber dejado el poder.

Por supuesto que Díaz Ordaz no era un expresidente cualquiera. Estaba aún fresca en la memoria colectiva la matanza de Tlatelolco, pero eso no impidió que la mayoría de los pasajeros le extendiera la mano y lo saludara con respeto, aunque momentos después cuchichearan en sus asientos que no les gustaba volar con un asesino y que ojalá no se fuera a caer el avión.

Se pueden contar muchas historias de expresidentes: Luis Echeverría, enviado como embajador al otro lado del planeta; José López Portillo, recibido con ladridos en un restaurante; Miguel de la Madrid, retractándose de unas declaraciones sobre el hermano de otro expresidente, Carlos Salinas de Gortari, cuya huida por el mundo en busca de un exilio tranquilo fue seguida día a día por los medios…

Desde que Lázaro Cárdenas ordenó la salida del país de Plutarco Elías Calles, la vida de los expresidentes no ha sido fácil.

Unos han sabido sobrellevar mejor que otros la regla no escrita —que viene cada vez menos al caso— de que el ex debe desaparecer de la escena pública.

Unos han vivido muchos años después de dejar el poder, como Miguel Alemán y Luis Echeverría, y otros fallecieron pocos años después de dejar la Presidencia, como Manuel Ávila Camacho y Adolfo López Mateos. Unos han sido activos, como Lázaro Cárdenas y Vicente Fox, y otros muy reservados, como Adolfo Ruiz Cortines y Ernesto Zedillo.

Sin embargo, ninguno de ellos se ha salvado de señalamientos sobre su actuación pasada —en ocasiones, inexactos—, y nunca ha sido sencillo para ellos encontrar el espacio para explicarse.

Estamos en vísperas de la aparición en el escenario público de otro de esos fantasmas de la política que son los expresidentes.

El 12 de febrero, como lo publicó Excélsior el martes pasado, será la presentación en sociedad de la fundación que preside Felipe Calderón.

Es imposible separar este acto de la coyuntura del país y el partido del expresidente, el PAN. Aunque no haya sido planeada para marcar el regreso de Calderón a la actividad pública política, la cena en el Club de Industriales sin duda así será leída por propios y extraños.

El expresidente Calderón lleva un año como investigador invitado de la Kennedy School de la Universidad de Harvard. Su estancia en Cambridge no ha dado mucho de qué hablar, pues la mayor parte del tiempo ha trabajado en un cubículo académico, donde, entre otras cosas, ha estado redactando uno de los tres libros que piensa publicar en los meses y años por venir.

Periodistas que han viajado para allá con el propósito de verlo o escribir alguna nota sobre él se han regresado con la libreta casi vacía. Las pocas palabras que ha pronunciado en público han sido casi siempre en conferencias, donde, a mi entender, ha procurado no ser estridente. Incluso las manifestaciones en su contra, organizadas por un grupo de estudiantes, han sido de muy bajo perfil.

Pero ese estado no puede durar para siempre. Felipe Calderón es un hombre aún joven que no ha hecho otra cosa en su vida mas que política. Es difícil imaginar que pasará el resto de su vida como ratón de biblioteca. La actividad política es una comezón que no se quita con facilidad. O eso dicen.

Está por verse el perfil que va a tener su regreso, pero el momento que viven el país y su partido seguramente terminarán por succionarlo.

Ayer, por cierto, Calderón se apareció en la reunión del Foro Económico Mundial, en Davos. También lo hizo otro exmandatario, Ernesto Zedillo, quien se tomó la foto con el presidente Enrique Peña Nieto.

Si finalmente Calderón cede a la atracción de meterse de lleno en la vida pública del país, será inevitable entrar en choque con Gustavo Madero, jefe nacional panista, con quien ha tenido tantos roces y a quien el grupo político del michoacano no ha podido dañar mayormente.

La interpretación en el PAN es que el expresidente llega como el general del ejército calderonista cuyos lugartenientes, como Ernesto Cordero y Javier Lozano, no han conseguido aún ganarle una sola batalla a Madero.

Otro tema que jalará a Calderón es el debate sobre la lucha contra el crimen organizado, especialmente en su estado natal. Ahí tendrá que estar listo —si su regreso es en serio— a debatir con su antecesor, Vicente Fox, y todos aquellos que lo culpan del estado de la seguridad pública.

Como sea, nuevamente se probará que no es fácil ser un expresidente en México.

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