La primera vez

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Pascal Beltrán del Río 22/01/2014 04:50
La primera vez

En junio próximo se cumplirán nueve años de que el gobierno federal declaró la guerra al crimen organizado.

No fue el presidente Felipe Calderón el encargado de iniciarla, sino su predecesor, Vicente Fox, quien lanzó a la Policía Federal (entonces Preventiva) a ocupar varias ciudades de Tamaulipas, Sinaloa y Baja California, en un operativo que fue conocido como México Seguro.

Durante ese lapso, han sucedido hechos paradigmáticos en la forma como la delincuencia se ha manifestado, sobre todo por el grado de espectacularidad y crueldad.

En una búsqueda de mayor notoriedad —para dar cuenta de su poder e infundir miedo—, los criminales han ido escalando las modalidades para cometer asesinatos y afectar la vida económica del país.

“Estamos aquí y dénse cuenta de lo que somos capaces”, parece ser el mensaje detrás de cada nueva forma de barbarie.

Para Excélsior ha sido importante registrar este tipo de hechos desde la primera vez que se producen. No sólo porque la novedad forma parte de la materia prima de este oficio sino porque una sociedad no puede perder la capacidad de asombro frente a signos tan evidentes del deterioro de la convivencia pública.

Como periodistas, pero sobre todo como ciudadanos, no podemos permitirnos que el instinto de destrucción se convierta en el lenguaje cotidiano.

Pero hay una razón adicional para el registro, que hemos aprendido sobre la marcha: hechos así suelen ocurrir más de una vez. Estas modalidades delincuenciales muchas veces crean tendencia, como resultado de la impunidad que campea.

El día de ayer en Tlayacapan, que hasta hace poco era un tranquilo poblado de los Altos de Morelos, muy próximo a la capital del país, un maestro jubilado de escuela rural fue asesinado frente a sus alumnos por encapuchados que llegaron a bordo de una moto.

El grado de saña que el crimen tiene de por sí se incrementa con el solo hecho de perpetrarlo enfrente de niños, que en ese momento llegaban a la escuela a tomar clases.

Y subraya el deterioro de la seguridad pública en ese estado, donde, hace poco, se registró un asesinato en el marco de otro hecho de la vida cotidiana: dos personas que asistían a una boda en Cuernavaca fueron asesinadas en el centro de la pista de baile.

Así como se ha tenido que registrar esos hechos —porque son de interés público, por las razones expuestas arriba—, este diario también dio cuenta de la primera decapitación que obedeció a motivos propagandísticos.

El 20 de abril de 2006, apareció la cabeza del comandante del Grupo Relámpago de la policía de Acapulco en la barda de una oficina de la Secretaría de Finanzas de Guerrero. A un lado había un mensaje escalofriante, escrito sobre una cartulina roja: “Para que aprendan a respetar”.

Tres meses antes, el comandante había participado en un enfrentamiento a balazos con presuntos narcotraficantes en la colonia La Garita. Esa era la manera de los criminales de decir que la autoridad en el puerto eran ellos.

A raíz de ese hecho, las decapitaciones se reprodujeron como forma de infundir miedo. En septiembre de ese mismo año, un comando armado irrumpió en un centro nocturno de Uruapan, Michoacán, donde dejó cinco cabezas y un mensaje amenazante.

Excélsior también registró las primeras quemas de negocios por parte de extorsionadores. Éstas ocurrieron en Ciudad Juárez, la madrugada del domingo 25 de mayo de 2008.

Los establecimientos incendiados fueron el bar La Finca, ubicado en la carretera Juárez-Casas Grandes; el lote de vehículos Autos Nacionales, en la calle Laguna de Tamiahua, y el centro de diversiones Vaqueras y Broncos, en el centro comercial Plaza de las Américas.

En poco tiempo, los negocios quemados comenzaron a aparecer en muchos estados del país. Baste recordar el incendio intencionado del Casino Royale de Monterrey, el 25 de agosto de 2011, que produjo la muerte de 52 personas.

Evidentemente, no quisiéramos tener que registrar este tipo de hechos, pero son parte de una terrible realidad que vive el país, a la que hemos llegado por la vía del desprecio de las leyes y las instituciones, frecuentemente propiciada por autoridades que protestaron aplicar las primeras y defender las segundas.

Ojalá que al dar cuenta de este tipo de atrocidades la primera vez que ocurren, los funcionarios encargados de la seguridad pública puedan garantizar que sean la única. La mejor oportunidad de evitar que se reproduzcan es castigando, desde la primera vez, a los responsables.

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