La arriesgada inmediatez

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Pascal Beltrán del Río 17/01/2014 01:00
La arriesgada inmediatez

Gobernar en los tiempos de los canales de noticias de 24 horas, las redes sociales y el estilo de vida acelerado de las sociedades tiene su penuria.

El gobernante no puede permitir que su actividad se llene de vacíos. La pausa se vuelve sinónimo de indolencia. El silencio se entiende como prueba de indecisión.

Frente a cualquier emergencia, basta la viralidad de un tuit, que haga notar que no ha habido un pronunciamiento por parte de un gobernante, para que la crítica dé la impresión de ser clamor popular y exigencia colectiva.

Lo que en un sentido positivo sería un excelente método de control de la sociedad, para que los gobernantes tomen cartas en un asunto, está convirtiéndose en atizador de reacciones apresuradas, sin permitir la suficiente reflexión.

Esa sólo la puede generar el tiempo, y, sobre todo, una profunda y detallada investigación de los antecedentes y hechos que dieron lugar a una crisis y que permitirían encontrar la mejor solución para que el problema no se vuelva recurrente.

El caso de Michoacán ilustra que, al menos en los últimos siete años, las respuestas frente a lo que hoy se ha revelado como una evidente falta de gobernabilidad han sido más bien escenográficas: discursos estridentes y muestra de músculo que lucen bien ante los medios y la opinión pública, pero que han dejado intacta la raíz del vacío institucional.

Fue ese estado el que se tomó como el punto de arranque del sexenio pasado para la estrategia central del gobierno de Felipe Calderón: la lucha contra el crimen organizado.

Concluido ya ese gobierno, lo cierto es que la publicitada presencia federal en Michoacán no se tradujo en mayor seguridad para los ciudadanos. La atención detallada que el problema ameritaba fue sustituida por la espectacularidad.

En términos médicos, es como si los síntomas visibles de una gangrena incubada en un tejido se hubieran simplemente tapado con maquillaje. 

En el actual sexenio, las cosas no han cambiado demasiado. La estrategia del actual gobierno pretendió dejar de lado el tema de la inseguridad a favor de la promoción de las reformas estructurales, lo cual tampoco ha hecho que desaparezcan las amenazas sobre el pueblo de Michoacán y otras entidades del país, expuesto al secuestro, la extorsión y otras manifestaciones del crimen.

El presidente Enrique Peña Nieto ha hecho gala de una presencia hiperactiva. Por ejemplo, en los últimos días de diciembre se le vio descansar muy poco, lo cual es notable si se considera que con la aprobación de la Reforma Energética ya había cumplido con las expectativas que se había trazado para el año (los 120 días para cambiar a México).

Pero esa misma velocidad para trabajar puede generar efectos contrarios a la obtención de soluciones de fondo.

Es muy pronto para afirmar si el nombramiento de un comisionado para Michoacán tendrá efectos duraderos para aliviar la difícil situación que atraviesa esa entidad.

Sin embargo, la crisis provocada por la aparición y expansión de las autodefensas en la Tierra Caliente ha llevado al gobierno federal a cambiar su política de comunicación sobre la presentación de presuntos vinculados con hechos delictivos, para acercarse mucho a la que ejerció en su momento el calderonismo.

Esa táctica del gobierno anterior buscaba generar la impresión de un combate frontal mediante la creación de un desfile continuo de detenidos, a los que se les despojaba de su nombre y se les identificaba con el mote, a fin de subrayar su pertenencia al bajo mundo.

Es arriesgado que el gobierno actual reviva, aunque sea parcialmente, una práctica que fue cuestionada por su falta de resultados en materia penal —la mayoría de los que desfilaron ante los medios fueron luego liberados por los jueces— y  porque tampoco contribuyó a disuadir a los delincuentes de perseverar en el camino de la ilegalidad.

Lo que parece ser una práctica de control de daños a nivel mediático puede generar un perjuicio mayor en la medida que, de nueva cuenta, sólo se quede en la epidermis.

En Michoacán, el gobierno tendría que superar la tentación de la inmediatez, ir más allá de la espectacularidad del despliegue de efectivos policiacos y militares y la exhibición de presuntos cabecillas, y darse el tiempo que amerite para la construcción del andamiaje institucional que nunca más dé cabida a un espanto como el que hoy nos toca atestiguar.

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