Arrodillarse ante San Lázaro

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Pascal Beltrán del Río 15/01/2014 02:04
Arrodillarse ante San Lázaro

“¡Gracias, señor Presidente!”, era una de las expresiones que mejor describían el régimen autoritario que tuvo México durante más de siete décadas y del que aún quedan vestigios.

La frase aparecía en mantas y desplegados.

Y quienes organizaban actos de apoyo al todopoderoso Ejecutivo esperaban que fuera lo único que saliera de la boca de los acarreados, además de las porras bien ensayadas.

En la lógica del sistema, había que agradecerle al Presidente de la República prácticamente todo: la chamba en el gobierno, las obras públicas diversas, la visita a una comunidad y, de repente, hasta su existencia, porque, sin él, el país hubiera sido impensable. “¡Gracias, señor Presidente!”

Aunque todavía puede uno escuchar o leer tal afirmación de lambisconería, la conciencia política y en ocasiones el pudor la han ido eliminando del entorno presidencial.

Sin embargo, está lejos de desaparecer de la esfera de las autoridades locales. Hace poco, caminando por el centro de la ciudad, me encontré con una manta en la que una organización social agradecía una obra al jefe de Gobierno del Distrito Federal y al jefe delegacional en Cuauhtémoc.

Leer ese mensaje me hizo simplemente alzar las cejas y pensar que incluso en esta capital —cuyos gobiernos de signo izquierdista han gustado de usar expresiones como “de avanzada”, “progresista”, “de libertades” y “de vanguardia” para describirla— aún hay resortes del pasado autoritario.

Sin embargo, cuando un agradecimiento así le cuesta al contribuyente —por encima, claro, de lo que ya le costaron los bienes o servicios—, y es la propia autoridad la que se encarga difundir el reconocimiento, se vuelve condenable.

Es el caso de un spot de la Cámara de Diputados, que uno puede escuchar en la radio y ver en la televisión.

El anuncio comienza con la voz de una niña: “Quise venir a dar personalmente las gracias a las diputadas y diputados por dar una pensión a mi abuelita”.

Luego, la de un niño: “Gracias por el puente. Ahora mi papá va a tardar menos en llegar”.

Otra niña: “Gracias por la escuela. Ahora mi mamá estará más contenta”.

Otro niño: “Gracias por el alumbrado”.

Siguen más mensajes de agradecimiento, pero las voces bajan a fondo. Entiendo que se busca crear la impresión de que medio México quiere ir en peregrinación a San Lázaro para ponerle una ofrenda a los santos diputados que hicieron posible, mediante la aprobación del Presupuesto, que haya obras y servicios públicos.

Lo que dice, a continuación, el narrador del spot impide que uno pueda pensar otra cosa:

“La Cámara de Diputados, ejerciendo su facultad exclusiva, aprobó la Ley de Egresos, gracias a la cual reduciremos las desigualdades sociales y promoveremos el desarrollo económico para generar más empleo. Cámara de Diputados, sexagésima segunda Legislatura”.

Si usted cree que le estoy tomando el pelo, no lo culpo. Es tan descarado el contenido del spot que parece una broma. Pero no: está al aire.

Ahora resulta que hay que agradecerle a los diputados (y a las diputadas) que hagan el trabajo para el cual fueron elegidos (y elegidas), y por el cual cobran un salario que pagan los contribuyentes, igual que las obras y servicios públicos.

Uno entiende que el Poder Legislativo tenga que informar de sus actividades. Pero ¿por qué hacerlo mediante una ficción autolaudatoria?

Sólo en los sueños de opio de los integrantes de la Cámara hay mexicanos formados a las puertas de San Lázaro para agradecer a los diputados una pensión, un puente, una escuela o un poste de luz.

Últimamente se ha denunciado, y con razón, que ciertos gobernadores usan sin recato recursos públicos para promover su imagen. Pero los legisladores han comenzado a hacer lo mismo con sus informes anuales de actividades, que son meros pretextos para aparecer en los medios.

Pero eso, y el dinero que se autoasignan para “gestoría”, es insuficiente para los diputados. Éstos necesitan, además, gastar en una campaña institucional de promoción para hacer sentir que los mexicanos debemos a su generosidad las obras y servicios públicos, como si ellos las pagaran.

El “¡gracias, señor Presidente!” de antaño se ha transformados en “¡gracias, señores diputados!”.

Ya lo escuchó, estimado lector: todos a arrodillarse ante San Lázaro, a dar gracias por los favores recibidos. No vaya a ser que el año entrante se destine el presupuesto a otra cosa.

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