Los más pobres

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Pascal Beltrán del Río 10/01/2014 02:11
Los más pobres

A principios de 2008, entrevisté en su oficina de la Secretaría de Desarrollo Social a Ernesto Cordero.

Acababa de tomar posesión como titular de la dependencia, en sustitución de Beatriz Zavala.

Recuerdo que hablamos de varios temas relacionados con el combate a la pobreza.

Yo siempre he creído que, en un país con las abismales diferencias sociales como las que tiene México, debe existir una política de subsidios que sirva para emparejar el piso entre la población más favorecida y la que menos tiene.

Sin embargo, también creo que los subsidios deben estar bien dirigidos y tener metas; que se pueda medir su efectividad, y que no sean eternos.

Esa vez le pregunté al secretario Cordero si el programa Oportunidades había logrado romper el ciclo de la pobreza en alguna comunidad. Es decir, que los hijos de familias que recibieron el subsidio —o de los programas que lo precedieron, Pronasol y Progresa— hubieran podido mantenerse en la escuela y estuvieran en vías de convertirse en ciudadanos que, un día, no necesitarían más de esa ayuda.

La respuesta fue afirmativa. Sí, sí había casos así, me dijo.

Pensé que eso era maravilloso, un testimonio de que los subsidios no sirven sólo para mantener a los pobres a flote sino que, de verdad, los saca del pantano de la miseria en la que han estado atorados demasiados mexicanos por demasiado tiempo.

Le pedí entonces ejemplos de ello, para poder hacer un trabajo periodístico cuya conclusión fuera “con Oportunidades se vence a la pobreza”.

Es importante apuntar que en ese momento aún no se sentían los efectos del incremento brutal en los precios de los alimentos y la recesión que estaba por estallar, hechos que son señalados por haber elevado el número de pobres en México durante el sexenio del presidente Felipe Calderón.

En vano esperé que la Sedesol me proporcionara algunos nombres de mexicanos a los que el subsidio de Oportunidades hubiera sacado de pobres. Concluí que, lamentablemente, no los había.

Han pasado seis años desde entonces y nuevamente el país es testigo de un programa gubernamental para abatir la pobreza.

Es justo decir que este esfuerzo comienza con una diferencia notable: el reconocimiento de que no sólo hay más de 50 millones de pobres en el país, una cifra vergonzosa que ya conocíamos, sino, entre éstos, hay siete millones que todos los días se van a dormir sin haber ingerido los nutrientes para mantenerse en buena salud y, en el caso de los niños, desarrollar las capacidades intelectuales necesarias para llevar una vida de calidad y ser autosuficientes.

Por eso me parece magnífico el programa de comedores populares que se ha dado a conocer y que ayudarán a aliviar el hambre de 60 mil personas en Guerrero, uno de los tres estados más pobres del país.

Y me entusiasma que el presidente Enrique Peña Nieto haya dicho el miércoles en la región guerrerense de La Montaña que es objetivo de su gobierno “realmente revertir los escenarios de pobreza y marginación no sólo de los siete millones de mexicanos que padecen hambre, sino de los 53 millones que enfrentan distintas condiciones de pobreza”.

El Ejecutivo dijo estas palabras en el municipio de Cochoapa El Grande. Quizá usted no había escuchado de este lugar, habitado por indígenas mixtecos, tlapanecos y nahuas. Y probablemente sea porque esta demarcación se constituyó hace apenas una década, luego de separarse de otro municipio que a lo mejor usted sí ha oído mencionar: Metlatónoc.

Cuando yo comencé a reportear —eso fue en el sexenio de Miguel de la Madrid—, Metlatónoc era el paradigma de la pobreza rural. Quien quería hacer un reportaje sobre la miseria no podía dejar de ir a ese municipio, al que se llegaba luego de recorrer por varias horas una brecha desde Tlapa, la población más importante de La Montaña.

Por Metlatónoc —y luego Cochoapa El Grande— pasaron los presidentes Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón, todos con el propósito expreso de acabar con la terrible situación en la que sobreviven los habitantes de esa zona.

Posiblemente Cochoapa El Grande no siga siendo el municipio más pobre del país —hay lugares de Oaxaca, Chiapas y Veracruz que compiten todos los años por esa terrible estadística—, pero sí sigue en la lista de los diez más miserables.

Es  decir, han pasado cuatro presidentes —dos del PRI y dos del PAN— y Cochoapa El Grande sigue básicamente igual. Los programas aplicados han conseguido, en el mejor de los casos, mantener a sus pobladores a flote, pero miserables.

Por eso es deseable que ahora sí, con la experiencia acumulada, no se insista en mantener programas que no sirven para sacar a los mexicanos pobres hundidos en la marginación.

O que al tiempo que se garantice su supervivencia, se desarrollen otros programas cuya meta sea que ellos, o cuando menos sus hijos, no vuelvan a requerir de un subsidio.

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