Derrocar

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Pascal Beltrán del Río 09/01/2014 02:10
Derrocar

Qué bueno que esté de vuelta Andrés Manuel López Obrador.

La política mexicana no es igual sin sus señalamientos agudos, sus ironías mordaces y sus ocurrencias certeras.

Es un político —que no quepa duda que lo es y que, como tal, busca el poder— cuyo estilo rompe con la insufrible solemnidad de la mayoría de sus semejantes.

Cumple, sin duda, con el papel de referente de la oposición. Nadie se ha opuesto, como él, a las decisiones que se han tomado desde el poder en los últimos tiempos.

Sin su participación en política, quizá varios millones de mexicanos no le encontrarían sentido a esta democracia, pues se sentirían completamente excluidos.

Cualquiera que haya asistido a un mitin del tabasqueño puede atestiguar que sus simpatizantes lo siguen con auténtica devoción, confiados en que él sabrá guiar al país hacia mayores niveles de bienestar y justicia para todos.

Es difícil, si no es que imposible, encontrar en México un ejemplo de liderazgo como el suyo.

Cualquiera que haya estado en la redacción de un medio sabe que López Obrador casi siempre da nota, como decimos los periodistas; esto es, sabe decir y hacer cosas cuyo registro informativo es indispensable en cuestión de interés público.

Ningún personaje ha estado presente en las primeras planas de los diarios, en los últimos 20 años, de manera tan recurrente como él.

Dicho todo lo anterior, me pareció preocupante lo que escuché de su boca durante su reaparición, luego de una convalecencia de un mes.

Especialmente, su uso del verbo “derrocar” al referirse al gobierno federal y al binomio PRI-PAN, en el contexto de la aprobación de las reformas constitucionales —particularmente en materia petrolera— a las que el ex candidato presidencial se opone decididamente.

Por más que haya matizado su convocatoria al derrocamiento del “PRIAN”, llamándolo pacífico, el empleo de ese concepto nunca es anodino en política. Derrocar es tumbar del poder al gobierno constituido por un medio distinto al de las urnas.

Si fuera un político de derecha el que usara el verbo derrocar, sería tachado de golpista.

Se puede derrocar por las armas (como a los presidentes Salvador Allende o Francisco I. Madero), o por la presión social (como al dictador Porfirio Díaz, el ejemplo usado por López Obrador), pero nunca se derroca por medio del voto popular.

Y al escuchar hablar al ex jefe de Gobierno capitalino es imposible no recordar la tendencia que tiene una parte importante de la izquierda mexicana —a la que AMLO se sumó luego de su paso por el PRI— de no creer en la democracia sino en la revolución. Es decir, en el derrocamiento.

Tampoco puede olvidarse que López Obrador ha venido participando en la democracia desde que apoyó a su paisano Carlos Pellicer en su campaña para el Senado, en el lejano 1976.

Después de eso, él mismo fue candidato dos veces al gobierno de Tabasco; a la jefatura de Gobierno del Distrito Federal, la cual ganó, y dos veces a la Presidencia de la República. Y es muy probable que vuelva a competir por ese cargo en 2018, dependiendo de su salud y de la suerte que tenga su nuevo proyecto político, Morena.

Es decir, AMLO no ha sido alguien que apueste todo por la revolución, como lo hicieron muchos miembros históricos de la izquierda, desde Dionisio Encina hasta Lucio Cabañas.

No: López Obrador ha sido un hombre cuya participación en política ha estado ligada con la vía electoral. Y presuntamente seguirá ligada con ella, pues de eso trata la solicitud de registro que en la actualidad está construyendo para Morena.

El problema es que participa en la democracia probablemente sin creer en ella.

De que nuestra democracia es imperfecta, sin duda lo es. Pero sus imperfecciones benefician y perjudican a todos los partidos por igual. La cosa es que unos, mediante la maña o con la ayuda de la coyuntura, han logrado sobreponerse a esas imperfecciones o aprovecharlas mejor que otros.

Comparar a Enrique Peña Nieto con Porfirio Díaz es muy difícil de justificar desde el punto de vista histórico, pero sobre todo puede ser muy arriesgado para la causa de quien lo hace: hay muchos mexicanos que consideran a Díaz el mejor Presidente que ha tenido el país.

López Obrador y sus simpatizantes tienen el derecho —y yo diría incluso la obligación, en tanto oposición presente en las Cámaras— de oponerse a lo que consideren dañino para el país. Y proponerse revertir lo que en ese sentido haya aprobado el Congreso.

Lo que no se puede, en democracia, es hablar de derrocamiento cuando el resultado de un proceso de reforma constitucional —que hasta donde alcanzo a ver ha sido legal— no satisface o va contra las creencias propias.

Quien habla de derrocamiento tiene, irremediablemente, que abandonar la arena electoral. Y no porque así lo exija la democracia sino simplemente por congruencia.

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