El primer día del resto del sexenio

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Pascal Beltrán del Río 13/12/2013 01:50
El primer día del resto del sexenio

El 9 de julio del año pasado realicé la primera entrevista que Enrique Peña Nieto dio como ganador de la elección presidencial.

Faltaban 145 días para la toma de posesión y estaban lejos de disiparse los nubarrones de la confrontación poselectoral. Sin embargo, Peña Nieto ya estaba convencido de que el signo de su sexenio debían ser las reformas estructurales.

“Es tiempo de reformas: EPN”, cabeceamos al día siguiente en la primera plana de Excélsior.

Durante la entrevista, el priista reconoció que varios de los compromisos que había ofrecido en campaña estaban a la espera de que prosperaran las reformas estructurales.

Preveía un escenario en el que su partido requeriría del concurso del resto de las fuerzas políticas para emprender cambios profundos. Y puso de relieve el valor de la negociación.

“Donde la matemática no te da o la aritmética no es suficiente, entra entonces en juego la política”, afirmó Peña Nieto en la entrevista.

Y agregó: “Confío en que a través de la política podamos lograr los acuerdos con las distintas expresiones políticas para las reformas que el país necesita”.

Está claro que la apuesta le salió a Peña Nieto. Ha obtenido muchísimo más de lo que se podía esperar en los albores del sexenio, sobre todo si tenemos en cuenta los resultados de la acción legislativa a partir de 1997, cuando el partido del Presidente dejó de tener mayoría en la Cámara de Diputados.

Sin embargo, resultaría ingenuo pensar que ahora el Presidente puede respirar tranquilo.

A pesar de lo difícil que ha resultado negociar reformas con la derecha y con la izquierda —a veces juntas, a veces con cada una por separado—, el trabajo verdaderamente complejo comienza hoy.

Esas reformas lucen muy bien en el papel, pero en este momento son eso: puro papel.

El siguiente acto tiene que ser ensamblar un país del que sólo se tienen los materiales y el instructivo.

Incluso, si uno se quiere poner pesimista, tal vez nos vayamos a dar cuenta de que el instructivo no es todo lo preciso que se requiere y el paquete no incluye todos las partes necesarias.

Veamos, por ejemplo, la Reforma Energética (cuya aprobación final, por cierto, aún depende de las legislaturas de los estados y cuyo funcionamiento correcto necesita de las leyes secundarias que serán discutidas en el próximo periodo de sesiones del Congreso).

Los impulsores de la reforma han prometido mucho. Dicen que creará medio millón de empleos y ayudará a reducir el costo de los combustibles.

Lo cierto es que para llegar a esa meta hará falta un trabajo técnico preciso y una promoción internacional intensa. No basta haber abierto el sector a la inversión, hace falta que ésta llegue.

Pemex y el gobierno estrenarán este marco legal en medio de un gran escepticismo.

Entre 1977 y 1981, el petróleo se convirtió en el principal producto de exportación y el presidente José López Portillo dijo entonces que México tendría que aprender a administrar la abundancia. En lugar de eso, tuvimos endeudamiento y corrupción.

Es natural que muchos duden sobre el destino que tendrá el dinero adicional que entre en las arcas. Pese a las previsiones que se han tomado, con la creación de un Fondo Petrolero, el gobierno tendrá que dar seguridades de que estos nuevos ingresos se invertirán en las necesidades del país, entre ellas las del futuro. Muchos ojos estarán pendientes de que eso ocurra.

Hasta ahora, sólo sabemos que las reformas se concretaron pero no cómo hacerlas funcionar. Muchas de ellas tienen retraso en su aplicación, como la Educativa y la de Telecomunicaciones.

Es, insisto, como haber recibido unos grandes paquetes por correo, en los que hay instructivos y materiales para armar, pero tenerlos en medio de la sala o sobre la mesa del comedor, esperando que haya calma para abrirlos y comenzar a trabajar.

El problema es que esa calma no llegará, por lo menos en el corto plazo. El entorno económico mundial sigue inestable y la posibilidad de enfrentarlo mejor depende de la capacidad del gobierno de ensamblar el nuevo modelo de país y ponerlo a trabajar.

La responsabilidad de aprobar las reformas fue compartida con la oposición, mediante el Pacto por México o la negociación directa con el PAN o el PRD. Ahora, su instrumentación dependerá del gobierno y sólo de él.

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