Oswald, la URSS y México (2)

Aquel día de septiembre de 1963, Lee Harvey Oswald estaba sumamente intranquilo. Su llegada imprevista a la embajada soviética en la Ciudad México había llamado la atención de Oleg Nechiporenko, responsable de contrainteligencia de la rezidentura, como se conocían las ...

Aquel día de septiembre de 1963, Lee Harvey Oswald estaba sumamente intranquilo.

Su llegada imprevista a la embajada soviética en la Ciudad México había llamado la atención de Oleg Nechiporenko, responsable de contrainteligencia de la rezidentura, como se conocían las estaciones de la KGB en el extranjero.

Hablando en ruso, explicó a Nechiporenko que había vivido en la URSS, que allá se había casado con la ciudadana soviética Marina Prusakova, que había vuelto a Estados Unidos y que el FBI le estaba haciendo la vida imposible. Decía que quería regresar a la URSS, pero que el consulado soviético en Washington se había negado a ayudarlo.

Nechiporenko le explicó que, por norma, siendo ciudadano estadunidense, debía hacer los trámites desde su país. Aun así, le ofreció las formas que debía llenar para emigrar a la URSS, pero le advirtió que dichos papeles serían enviados a Moscú y que la respuesta, que podría demorarse hasta cuatro meses, llegaría a su domicilio en Estados Unidos.

Molesto por la respuesta, en estado de gran agitación, Oswald se acercó a Nechiporenko y le gritó a la cara: “¡Eso no me basta, no es lo que yo necesito! ¡Para mí esto va a terminar en una tragedia!”.

Esta historia me la relató Nechiporenko en la entrevista que le hice para Excélsior en Moscú en septiembre de 2007.

El entonces funcionario de la inteligencia soviética —que, años después sería expulsado de México por el gobierno de Luis Echeverría— creyó que se había deshecho de aquel hombre que se había apersonado en la casona de la colonia Condesa y no le dio mayor importancia.

No era el primer estadunidense que tocaba la puerta de la embajada; ahí llegaban desde los aparentemente lunáticos hasta quienes ofrecían “fragmentos de información de inteligencia”.

Sin embargo, Lee Harvey Oswald volvió al día siguiente, sábado, cuando el personal de la misión diplomática se preparaba para jugar volibol.

Esa vez fue recibido por Valery Kóstikov y Pável Yátskov, dos miembros de la rezidentura, quienes oficialmente eran funcionarios del consulado.

El estadunidense se veía nervioso y desaliñado. Repitió lo dicho la víspera a Nechiporenko, aunque agregó que temía que el FBI lo mandara matar.

Rogó que le dieran la visa y se soltó llorando. Luego, dijo que en México también se sentía perseguido, y sacó un revólver de la bolsa izquierda de su saco. “¡Vean lo que tengo que cargar para proteger mi vida!”, gritó, y puso la pistola sobre el escritorio.

Yátskov tomó el arma y vació la recámara. Nechiporenko, quien se había retrasado, escuchó la discusión y entró en la oficina. En ese momento, Kóstikov reiteraba la posición del consulado. Ante la nueva negativa, Oswald pidió a los soviéticos que le ayudaran a tramitar una visa para viajar a Cuba, pero éstos le respondieron que esa decisión correspondía únicamente a los cubanos.

Antes de irse, el ex infante de Marina soltó una amenaza: “Si no me dejan vivir tranquilo (en Estados Unidos), voy a tener que defenderme”.

Frases como esa tomaron otro valor casi dos meses después. El 22 de noviembre de 1963, Kennedy era asesinado en Dallas, Texas.

Al conocerse la noticia, y al dar la vuelta al mundo las imágenes, los recuerdos de esas dos visitas de Oswald retumbarían en la cabeza de Nechiporenko.

Ese día, me contó, una mujer se paró frente a la embajada y, mientras sacudía los barrotes de la reja, no cesaba de gritar, entre sollozos: “¡Lo mataron, mataron al presidente de Estados Unidos, mataron a Kennedy!”. Al día siguiente, se pudo ver por primera vez por televisión al presunto asesino. “Soy inocente”, alegaba ante los micrófonos. “Yo no maté a nadie”.

La prensa estadunidense supo pronto que Oswald había estado en la embajada soviética en México. La CIA había grabado una conversación telefónica entre el cónsul cubano Eusebio Azcué y Pável Yátskov, en la que el primero informó que Oswald había estado en el consulado de Cuba y que se le había negado la visa que solicitaba.

En los días siguientes al magnicidio, las cosas se pusieron tensas en la rezidentura, recordó Nechiporenko en la entrevista.

“Preguntamos a Moscú qué hacer. Nos dijeron que nos tranquilizáramos. Felizmente, unos días después, nos informaron que la KGB nunca se involucró con Oswald.”

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