La mano izquierda del Presidente
Hace años, durante la etapa autoritaria del país, estuvo en boga una teoría que buscaba explicar la perdurabilidad del PRI en el poder. Según ella, el sistema político se regulaba a sí mismo no sólo mediante la limitación sexenal del mandato presidencial sino a ...
Hace años, durante la etapa autoritaria del país, estuvo en boga una teoría que buscaba explicar la perdurabilidad del PRI en el poder.
Según ella, el sistema político se regulaba a sí mismo no sólo mediante la limitación sexenal del mandato presidencial sino a través de un sofisticado mecanismo de péndulo ideológico.
Así, si en un sexenio el Presidente se había colocado a la izquierda, su sucesor debía hacerlo en el centro y quien siguiera a éste, a la derecha. Y, luego, de regreso.
La teoría era plausible para explicar las políticas que siguieron los presidentes Cárdenas (“izquierda”), Ávila Camacho (“centro”), Alemán (“derecha”), Ruiz Cortines (“centro”) y López Mateos (“derecha”). Sin embargo, se metía en problemas a partir de ahí, porque Díaz Ordaz no sólo no fue de centro –si es que eso existe– sino probablemente el mandatario más conservador que haya tenido el país en su historia reciente.
En cambio, lo que sí puede decirse de la historia del PRI es que este partido ha probado ser extraordinariamente adaptable ante las necesidades políticas y ha sabido montarse en las olas ideológicas cuando éstas han aparecido.
Hace unas semanas, el presidente de Chile, Sebastián Piñera, dijo al periódico español El País que para un político latinoamericano “es más fácil ser de centro izquierda que ser de centro derecha” porque, agregó, “el socialismo promete la mano visible del Estado (…) que los ciudadanos tienen derecho a que el Estado les resuelva todos sus problemas”.
Yo veo al PRI y al gobierno de Enrique Peña Nieto subidos en la ola ideológica que recorre América Latina, una ola provocada por los malos resultados de gobiernos liberales y corruptos, cuyas políticas acentuaron la desigualdad social en el subcontinente en los años 90.
Los priistas entienden que en estos momentos no hay muchos votos que cosechar del centro hacia la derecha y han optado por colocarse en el extremo contrario del espectro, mostrando la mano visible del Estado.
Desde el principio del sexenio, las iniciativas del gobierno federal han reflejado un deslizamiento a la izquierda, donde, a juzgar por los resultados electorales recientes, se encuentra el grueso de los votos.
Propuestas como crear un seguro de desempleo, una pensión universal para adultos mayores y mantener sin IVA los alimentos y las medicinas parecen derivar de un cálculo político que, en el corto plazo, hace ver al PRI y al gobierno como sensibles ante la persistente pobreza en que viven millones de mexicanos, y en el mediano –digamos en 2015–, lo coloca en una mejor posición para cosechar votos.
No se puede reprochar a un partido que busque mejorar su posición en el tablero electoral. Ese es su papel. Pero lo que está por verse es si se puede abatir la pobreza sin estimular la creación de empleos, y ordeñando más a quienes ya pagaban una parte sustancial de los impuestos en México.
En este viraje estratégico hacia la izquierda, el PRI ha encontrado como compañero a una parte del PRD. No todo el PRD, porque el resto de ese partido se mantiene fiel al proyecto de Andrés Manuel López Obrador, cuya ambición de llegar un día a la Presidencia –tan legítima como la de cualquier otro político–no le permite distraerse con sutilezas ideológicas.
Está por verse cuánto provecho sacan aquellos perredistas de su nueva cercanía con el PRI. No cabe duda que, en esta negociación, el gobierno federal le ha escriturado para fines prácticos el DF al PRD (qué triste papel ser un priista chilango en estos momentos, después de la aprobación del llamado Fondo de Capitalidad), pero, fuera de ese bastión, el partido histórico de la izquierda mexicana parece condenado a recoger las migajas que le deje el PRI.
El PAN, por su parte, se ha atrincherado en sus posiciones tradicionales, de las que renegó muchas veces mientras tuvo la Presidencia. Para convertirse en referente de la oposición, tendrá que hacer mucho más que salir del Senado dando un portazo. La historia nos muestra que el electorado no premia esos desplantes.
El acto de magia le ha salido muy bien al PRI, pero si uno lo ve en cámara lenta, se descubre el truco. Ahora es previsible que haga bueno el ofrecimiento a la oposición de convertir el IFE en Instituto Nacional de Elecciones, una medida que –como he escrito antes– restará poder a los gobernadores… para dárselo a la Federación.
No sé si lo habrán notado los opositores, pero el Centro –es decir, el gobierno federal– está en pleno desmantelamiento de la descentralización: además de la idea del INE, está el nuevo sistema para pagar la nómina de los maestros, la certificación de los permisos de uso de suelo y hasta las políticas de regulación sanitaria anunciadas ayer.
No se trata de defender el triste papel de muchos gobernadores –cuyas fieles bancadas en los Congresos locales no han dicho la última palabra sobre el INE–, pero basta mirar con un poco de cuidado para ver que el estilo de este gobierno es asumir el control de todo. Con mucha mano izquierda, eso sí.
