Mujeres y Hawking
Incapaz como soy de lamentar las muertes de aquéllos que vivieron a plenitud su aptitud y las consiguientes tareas que les reservaba, apenas puedo celebrar la plenitud con la que vivió Stephen Hawking, severamente incapacitado para tantas cosas y –la compensación ...
Incapaz como soy de lamentar las muertes de aquéllos que vivieron a plenitud su aptitud y las consiguientes tareas que les reservaba, apenas puedo celebrar la plenitud con la que vivió Stephen Hawking, severamente incapacitado para tantas cosas y –la compensación que le habrá otorgado la sabiduría natural del universo– una de las inteligencias más brillantes de que se tenga memoria. Preferí siempre, sin dudarlo, gozar de cuanta genialidad supiera que decía, aunque no las entendiera, que lamentar sus limitaciones, ésas que él mismo habrá vivido como peculiaridades y nada más, exentas de todo drama. En enero del 2012, con el propósito de conmemorar su cumpleaños numero 70, Hawking fue entrevistado para la revista New Scientist. La pregunta clave fue a qué había dedicado la mayor cantidad de su privilegiado pensamiento el científico más famoso del mundo durante esos 70 años. Su respuesta: a las mujeres. Hawking se había casado en dos ocasiones, ambas terminaron en divorcio. Consideraba el mayor de sus errores científicos haber creído que la información contenida en el universo se destruía al ingresar en los agujeros negros, y consideraba su más fascinante descubrimiento las diminutas variaciones de temperatura en las microondas cósmicas de radiación de fondo emanantes del universo. Sin embargo –y de ahí mi eterna afinidad con él– el gigante de la ciencia, el mismo que le apostaba al “Gran Colisionador de Hadrones como la herramienta indispensable para el conocimiento del universo”, consideraba a las mujeres “un completo misterio”.
Ahí tiene uno: la mitad del género humano se jode en la ciencia pura, en tanto la otra mitad vivimos fascinados por el enigma que entraña comprender a las criaturas para cuyo complemento hemos sido diseñados por la evolución. En lo personal, hace muchos años que me declaré estúpido sin remedio hasta hermanarme con Stephen. Habré podido, en mi limitación, con la medicina, la siquiatría y las letras, de lo otro ni hablar. Mi personal gozo tiene una trampa, que a Hawking y a mí nos queda clarísima, aunque condene este texto a la censura sistemática con la consecuente descalificación: estoy seguro de que las mujeres tampoco se entienden, y que su personal misterio fue urdido por la evolución en vista de que resulta fundamental para sus naturales tareas. No es tan difícil entender las emociones masculinas, necesarias para cazar, pelear e inseminar, paupérrimas responsabilidades para las que no hace falta mucha inteligencia. ¿La maldición femenina por excelencia? Sus emociones, indispensables para hacerse de una pareja, para gestar, parir, lactar y dar crianza, complejidades todas ellas documentadas por la ciencia, porque de eso trata mi texto, en todo el enredo de procesos cerebrales y hormonales. Imagino a Stephen eligiendo emplear al Bosón de Higgs para explicar la existencia de masa en las partículas elementales. ¿Imposible entenderlo? Sencillito, pensaba Hawking, si se le compara con el alma de una mujer. Y ahí está el legado: ¿De qué sirve pensar cómo pensaba el brillante científico inglés? Así, sin más, la mitad de la humanidad abandona la esperanza de comprender a la otra mitad para así ejercer las más elementales reglas de la convivencia. A Stephen le habrá costado dos divorcios darse cuenta.
Estaba yo casado y en cierta ocasión platicaba con mi entonces esposa acerca de algún objeto extraviado. De repente se molestó por considerar que la estaba yo responsabilizando del extravío, y me legó un argumento impecable para hacerme entender que el enigma será eterno: “¡No lo perdí, lo que pasa es que no lo encuentro!”. Celebro, pues, la vida de Hawking, así como la coincidencia que con su admirable sapiencia de por medio nos brindó a mí y todo mi género: “completo misterio”.
