Un diccionario sin palabras
En su derecho las feministas de molestarse por la analogía, para mí las palabras son como las mujeres: todas son bellas, pero es imposible no preferir a algunas, más bien pocas. Mi lista de favoritas incluye dos: “palabra” curiosamente y “conciencia”. Jesús ...
En su derecho las feministas de molestarse por la analogía, para mí las palabras son como las mujeres: todas son bellas, pero es imposible no preferir a algunas, más bien pocas. Mi lista de favoritas incluye dos: “palabra” (curiosamente) y “conciencia”. Jesús Ramírez Bermúdez recién me obsequia Un diccionario sin palabras (Almadía, 2016), texto que adopta como protagonistas a mis dos vocablos. Convencido de que los médicos escritores siguen siendo un enredo, con Chéjov como el emblemático, la labor de cazar los trabajos de los siquiatras escritores sigue teniendo para mí la mayor trascendencia (para ese caso hay que invocar a Lobo Antúnes). Imagino una “i” griega en el trayecto: la Facultad de Medicina o la de Letras. Y claro, la tentación de ir en dirección de “medicina” obliga a paliar la inquietud por las letras. ¿Los medios?: “al mismo tiempo”, como si tuviera uno esposa y amante (Chéjov dixit), o “más tarde, cuando haya más tiempo”. Abrazo a Jesús por honrar a Chéjov, transcurriendo con la primera receta.
De su texto pueden bordarse muchos comentarios. Honro en primer término la peor de todas las distorsiones profesionales de los médicos: arrancar siempre de lo patológico, de lo anormal. Vivir así se disfruta de verdad, sobre todo, imagino, cuando se consigue llegar al territorio ése que se anuncia como “normal” o “sano”. No he estado ahí aún, pero tiene que ser lindo. Ramírez Bermúdez arranca del consultorio, de lo que simplemente llega ahí en azarosa tendencia, y recupera dos casos: dos mujeres que sufren de afasia. Narrarlas a ambas nos sumerge con facilidad en el complejísimo asunto del lenguaje, y es eso, a mi juicio, lo que nos hace el libro. Para los que sensatamente evaden la tediosa jerga médica, “afasia” significa la imposibilidad cerebral de comprender y expresar por vía del lenguaje el destino fatal de privarse de las palabras, como les ocurre a Diana y Amanda. Del relato y las reflexiones de Jesús: “…las adversidades pueden superarse, y puede ser útil la capacidad para captar detalles imprevistos de las circunstancias”. Temerario el colega en su afirmación, habrá de narrarnos luego la pena del desengaño. A veces —agrego— la medicina se porta como una puta. De Heidegger: “Sólo hay un mundo donde hay habla …la más alta posibilidad de ser hombre”. Impecable la cita. “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Wittgenstein esta vez, perfecto también. Y una consideración relativa a la conciencia o su contraparte: “¿La economía del sistema emocional exige un estado de bienestar frente a una falla comunicativa que amenaza al individuo con el aislamiento y la desintegración?”. A querer y no, la pregunta me ha parecido válida para la afasia y para cualquier otra falla, de esas a las que morbosamente nos dedicamos los médicos, porque suele ocurrir que se nos vuelva una interminable obsesión: cómo pueden “versus” cómo deben sentirse las personas. El texto se anota una más.
Y la última en razón de mi espacio aquí: “Orgullosa de su poder, la ignorancia beligerante toma, en nuestra época, el rostro anónimo de la información sin conocimiento”, o sin conciencia, su implacable sinónimo. Todo esto, pues, puede usurpar la conciencia de un escritor siquiatra. Todos estos dilemas brotando de la cotidiana tarea de atender enfermos de la mente, con lo mucho que semejante condición debiera decirnos a cada uno acerca de nosotros mismos. Ésa, justo, es la cualidad que elijo subrayar del texto de Jesús. ¿Libro para médicos? No, de ningún modo. Libro para quienes se han dado cuenta de que sufrimos de afasia en el más filosófico sentido del término, de modo que las historias de Diana y Amanda pudieran ofrecernos algún alivio. Me sucedió a mí. Léanlo. Felicidades, como siempre, mi estimado Jesús.
Twitter: @obenassinif
