Dalí, en el Soumaya
Hay que ver la obra; la entrada es gratuita y morbosamente justificada.
En principio parece una buena idea exhibir la plástica de Dalí mediante su obra escultórica, en tanto la pictórica es tan amplia y a la vez tan escasamente accesible, que pensar en una exposición así habría de complicarlo todo. Salvador Felipe Jacinto Dalí y Domenech fue tan prolijo como versátil. Lo mismo pintor que fotógrafo, cineasta, narrador y guionista, su escultura es absolutamente congruente con el resto de su trabajo y con esa postura estética tan característica, en tanto crece y vive en esa Francia y esa Europa del surrealismo, con el que se compromete para siempre, tal vez, dicen los historiadores del arte, por esa afinidad entre los recursos expresivos de esa corriente y la mente complicada del artista, que llevó a muchos a diagnosticarle una enfermedad bipolar. Parece más o menos claro que tuvo síntomas típicos del mal, pero su imagen pública de “loco” era tan decidida, diseñada y cuidada por el propio Salvador que a veces se complica distinguir entre los síntomas reales y los pretendidos.
Las piezas que se exhiben en el Soumaya, 35 esculturas, algunos cuadros y ciertos documentos importantes para entender, justifican la visita. Finalmente es Dalí, baste con eso para lo que hubiera que pasar por alto del recinto y la curaduría. Gabinete antropomórfico, El elefante triunfante, Venus de Milo con cajones, Venus espacial, El ángel triunfante y algunas otras piezas que no consiguen quedarse tanto como éstas en la experiencia y la memoria, son obras de irreprochable técnica y enorme claridad estética. San Jorge y el dragón luce, ante el resto, como una pieza clásica que hace recordar una de tantas presunciones del maestro: la influencia del arte medieval y renacentista en su trabajo. Los “cajones” han merecido la consideración de los conflictos inconscientes del alma, amenazados con ser abiertos por el sicoanálisis para dejar ver el dolor que contienen y pueden provocar. El recurso se entiende como uno de tantos debidos a la “siquiatrización” del genio catalán.
Su estancia parisina lo acreditó como uno de los más representativos integrantes de la “generación perdida”, personaje entonces de París era una fiesta, de Hemingway. Apenas en 1932, con un artista que no llega a los 30, irrumpe la rusa afrancesada, madre simbólica y musa, presencia contundente y eterna para el maestro. Gala Éluard (Elena Ivanova Diakonova, 1894-1982), que viene de un matrimonio corto con el poeta del que tomó su apellido, se apodera de Salvador lo bastante para atribuirse el papel de musa, para casarse con él y mantener el matrimonio civil lo suficiente para llevar a cabo una incomprensible boda religiosa en 1958, cuando hacía años de la ruptura de su vínculo erótico y ella se dedicaba a sus amantes y a la tarea de inspirar a otros grandes, con la complacencia de Dalí al parecer. Gala aseguraba haber salvado a Dalí de la locura y de una muerte temprana. Él nunca la rebatió ni se expresó en alguna forma en contrario. Otro rumor imposible de verificar el del Dalí parafílico voyerista que en nombre de ello logra conservar su matrimonio durante 50 años, tampoco resulta fácil de probar.
Pocos grandes a los que se les atribuyan tantas anécdotas, Dalí gustaba de hacer y decir las cosas más osadas, inesperadas y, sobre todo, contundentes. Tenía 25 años, cuentan, cuando en medio de esa pugna irresuelta siempre con su padre, le entregó un pañuelo con su propio semen, mientras le aclaraba: “Toma, ya no te debo nada”. A Dalí hay que verlo siempre, donde aparezca; pocas obras con semejante contundencia estética. Y por más que parezca en ánimo de degradar y descalificar, la alternativa de admirar, comprender y juzgar lienzos y esculturas a partir del perfil siquiátrico de cualquier artista parece inevitable con Dalí. Hay que ver la obra; la entrada es gratuita y morbosamente justificada.
