¡La Habana sigue ahí!, heroica.

Hacía casi siete años que no visitaba a los cubanos

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Oscar Benassini 02/01/2014 00:00
¡La Habana sigue ahí!, heroica.

La Habana, Cuba, diciembre de 2013. Hacía casi siete años que no visitaba a los cubanos, para que ese tiempo se me llenara de huelgas de hambre, una bloguera de fama mundial, y el affaire patético de Fidel y aquel Hugo Chávez clown tan involuntario como desastroso para sus compatriotas, en apariencia empeñados ambos en darle la razón a cualquier protesta. Me traje muchos, muchísimos recuerdos de aquella última visita, porque La Habana es una ciudad imposible de pasar por alto para los sentidos. Para donde quiera que se mire, se escuche, se toque, se olfatee o se haga uno de sus sabores interminables alguna versión se queda, la que sea, pero muy clara. Habrá sido mi ánimo de entonces, o tal vez lo circunstancial de hablar en las calles con uno o con otro, de reparar con calma en cómo se comportan este o aquel, pero el gozo de estar en Cuba en 2007 me lo empañaron las quejas casi constantes de los cubanos: del socialismo, del gobierno y el sistema que ya nadie quería, y los incontables inmuebles de la capital que parecían a punto de derrumbarse. Este diciembre La Habana tiene que haber sido otra cosa, así lo dice lo que me llevo ahora. Quizá haya sido esa sintonía afortunada con el modo en que los cubanos dicen las cosas, y con el que topé en la primera caminata esta semana. Un pequeño letrero de metal con las imágenes, borrosas ya por viejas, de los cinco cubanos presos en EU bajo la más estúpida de las acusaciones que pueda formular un gringo: ¡Espionaje!, dicho por quienes lo practican sistemáticamente desde hace más de dos siglos. Claro que destacaba el rostro de René González Schwert, sabido por todos que ya se encuentra de regreso en la isla, y las palabras que empleó en su defensa durante el juicio en Miami: “¿Por qué soy inocente? Porque ningún país debe castigar a los hijos de otro pueblo por las mismas razones que harían héroes a los hijos suyos”. Mágico, poético, lo que en su momento alegó René González me conecto con una ciudad y un país distintos que por supuesto eran los mismos que había visitado antes. Observaba con cuidado a los cubanos: caminaban con desenfado, erguidos y con ese modo digno, decoroso, ágil de moverse para donde querían. Casi todos sonreían y platicaban. Visitamos sus “paladares”, los establecimientos que hoy sí permite el gobierno y que son negocios de particulares que ya se ganan la vida ofreciendo comida, bebida y música. Están por toda Cuba, exhiben con modestia una gastronomía impecable, estupenda, meseros, cocineros y músicos entusiastas que se ganan la vida mostrando un país que hacía mucho no veía. No contuve la pregunta en uno de ellos: ¿Este lugar es del gobierno o es privado? El hombre rubio, grandote detrás del bar sonrió todo lo que quiso y contestó: “¡Privado, a Dios gracias!”. Comer, beber, escuchar y bailar con esta fórmula distinta puede ser un cambio pequeñísimo, irrelevante para doctrinarios de tiempo completo, pero a Bárbara y a mí nos hizo el viaje. ¿Qué más? Sus museos con una plástica que arranca envidia de la buena y vergüenza por la nuestra. Increíble colección pictórica y escultórica que de pronto parece inagotable porque tiene de todo y de todas las épocas. Claro que exhiben el arte que produjo la revolución socialista, pero le conceden el mismo espacio que a todos aquellos lienzos y esculturas de sus artistas de la primera mitad del siglo XX y todo el XIX. Ebriedad de color, magia de formas, riqueza expresiva que no parece acabarse en ninguna sala, para hacer una Cuba completa en un solo Museo de Bellas Artes, un país que se vive propio, esos hermanos que éramos antes de las vergüenzas aquellas de Fox y Castañeda que sin que nos diéramos cuenta trajeron la ruptura. ¿Todavía más? Cuando se camina por La Habana no se puede pasar por alto el esfuerzo por reconstruir los inmuebles más bellos de América. Claro que hay muchos dañados, pero ya no se trata de una ciudad en ruinas. Estas cosas que me hicieron Cuba se combinan con esa gente otra vez dicharachera, chistosa, caribe, acento y pronunciación inimitables que ahora no se quejaban de su revolución ni mostraban desolación porque no lleguen los cambios. Se estaban ganando la vida, y sobre todo la pasaban bien y nos lo contagiaban a todos. El 31 de diciembre se conmemoran (conste, no dije que se festejen) 55 años de la llegada de la revolución, a la capital y al país. Yo digo que obligan a ir a Cuba, a dejarles el dinero que hace falta, que tan bien están empleando y que regresan en servicios más que dignos, y sobre todo —por lo menos para mí— había que ir a reconciliarnos con ese pueblo de gigantes, mártires del fundamentalismo que con todo y eso siguen riendo, cantando y bailando interminablemente.

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