Las cárceles, ¿ruta de la corrupción?

“En México no existe sistema penitenciario”, señalaba el titular de una entrevista publicada en primera plana de Excélsior, correspondiente a la edición del domingo 27 de diciembre de 1970
 

Por Luis Maldonado Venegas

Se trató de una conversación de Carlos Borbolla, ya desde entonces veterano y acreditado reportero de este diario, con el experto criminólogo doctor Alfonso Quiroz Cuarón (fallecido ocho años después), a propósito de la aparición, en esos días, del más famoso de los libros escritos en prisión, Celda 16, por el tristemente célebre asesino serial Gregorio (Goyo) Cárdenas Hernández (1915-1999), alias El Estrangulador de Tacuba.

En tan sólo 20 días de los meses de agosto y septiembre de 1942, Goyo Cárdenas estranguló y enterró clandestinamente a cuatro mujeres: Raquel Rodríguez León, María de los Ángeles González Moreno, Rosa Reyes Quiroz y Beatriz Arias. Después de permanecer 34 años en prisión (32 en Lecumberri y dos en el manicomio de La Castañeda) y de recibir numerosas sesiones de electrochoques para combatir su demencia, Goyo se recibió de abogado, fue indultado por el presidente Luis Echeverría, se hizo escritor y pintor e incluso, años después, recibió un homenaje en la Cámara de Diputados.

Al frente del estudio clínico quedó Alfonso Quiroz Cuarón, quien dictaminó que una encefalitis dañó el cerebro de Goyo Cárdenas y lo convirtió en multihomicida. Además, escribió sobre el particular una obra clásica de la criminalística: El caso de un estrangulador.

La excelente entrevista con el reportero de Excélsior en 1970 se convirtió en el premonitorio análisis de un experto sobre la grave situación, desde entonces, al interior de las cárceles mexicanas, a partir del escalofriante y detallado relato de Goyo Cárdenas sobre su vida en Lecumberri.

Y es que, sin embargo, cual patética síntesis de Crimen y castigo, título de la célebre novela de Fiódor Dostoyevski, el sistema penitenciario de nuestro país continúa hoy más orientado a la sanción que a la readaptación, si bien con altibajos, cuyos aciertos hay que reconocer.

Refiriéndose a Lecumberri y a las demás cárceles el país, Quiroz Cuarón declaró a Carlos Borbolla: “No hay selección de personal penitenciario. En las cárceles, como en la policía, la selección de personal se hace a la inversa. Generalmente el inútil, el corrompido, es el que ocupa los puestos…”. Y precisa: el libro es una denuncia por cuanto a que en la cárcel, según él, todo se podía comprar: licor, comida, mariguana, mujeres. En tanto, Carlos Borbolla acota: “Gregorio Cárdenas no habla de sus delitos. Relata su vida en prisión en forma descarnada. Habla de la corrupción, del trato a los internos y a los enfermos mentales…

El Palacio Negro de Lecumberri, construido en 1900, fue desalojado en 1976, después de servir como prisión durante 76 años. Se erigió para albergar a 800 reclusos, pero en sus celdas llegaron a hacinarse hasta cinco mil. En 1982, remodelado, se convirtió en el recinto oficial del Archivo General de la Nación.

Diversos estudios, incluidos los de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), confirman hoy la persistencia del problema con dos aristas: el hacinamiento y la irrupción del crimen organizado al interior de los penales. El año pasado, la institución revisó 130 prisiones estatales y 21 centros federales de máxima seguridad y encontró en todos ellos problemas similares.

En 2016 se redujo en 30 mil personas la población carcelaria, pero hoy el 58% de los actuales 216 mil 831 reos continúan hacinados. Es decir, más de la tercera parte de las 375 cárceles del país siguen sobrepobladas. Más un detalle agravante: alrededor de la mitad de los reos en prisiones federales y la tercera parte en penales estatales están detenidos de forma preventiva. Es decir, todavía esperan juicio y sentencia.

Urgen políticas públicas sobre la materia.

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