Las normales rurales: el eslabón más débil
Por Carlos Ornelas* En mi entrega del miércoles pasado especulaba sobre el futuro incierto de las escuelas normales. Recibí dos mensajes en mi buzón. El primero, de una amiga y colega cuya profesión de origen es normalista, aunque ahora se desempeña en la educación ...
Por Carlos Ornelas*
En mi entrega del miércoles pasado especulaba sobre el futuro incierto de las escuelas normales. Recibí dos mensajes en mi buzón. El primero, de una amiga y colega cuya profesión de origen es normalista, aunque ahora se desempeña en la educación superior. Ella impugnó mi enfoque porque, dijo, es una generalización. “No todas las normales son iguales. No es lo mismo la Escuela Nacional de Maestros —de donde ella egresó— o la Rébsamen, de Jalapa, que una escuela rural en algún lugar recóndito donde predomina la grilla”.
En efecto, en un artículo periodístico es complicado llegar al detalle, aunque en mi defensa recuerdo que expresé que hay algunas mejor dotadas que otras. La percepción general entre investigadores de la educación, periodistas y funcionarios con quienes he platicado es que las escuelas normales rurales son la pieza más frágil de ese sector. Son las más endogámicas, las más débiles en términos académicos y siempre están al borde o inmersas en el conflicto.
De nuevo, es una generalización. Pues no es lo mismo hablar de la rural Vasco de Quiroga, de Tiripetío, Michoacán (cuyos estudiantes prefieren usar tácticas violentas para hacerse escuchar), que la Guadalupe Aguilera, de Durango. Aunque el autor de la segunda carta no menciona en específico a esta escuela (que hace años que no tiene huelga), estoy casi seguro de que se refiere a personas que egresaron de ella.
Mi amigo, Jorge Andrade Cansino, sabe de lo que habla, fue secretario de Educación en ese estado. Parecería que él y mi amiga estaban debatiendo frente a frente, pero los mensajes me llegaron independientes. Jorge justifica —y me hizo pensar, lo confieso— a las escuelas normales y aboga por su permanencia; claro, con apoyos complementarios y nuevas estrategias. Con ligeras correcciones, transcribo la parte medular de su argumento:
“Sí son muy grillos y muy combativos los maestros de las normales rurales. Un cadillo (verruga) en el pie. Pero no conozco uno que no sepa bailar muy bien danzas mexicanas, que no sea buen instructor de educación física, aunque no sea su área de especialidad. Todos están, por lo general, muy dispuestos a ir a lugares que un maestro de normal urbana nunca aceptaría ir. En las escuelas unitarias multigrado o multinivel, que a lo mejor Nuño no conoce, ahí está un maestro egresado de una normal rural… Hoy no pasa en esas escuelas como con las clínicas rurales, que no tienen médico al frente, si acaso uno de servicio social y sólo una o dos veces por semana”.
Tal vez el gobierno prepare una estrategia concreta para lidiar con las escuelas normales. Regreso al darvinismo social, que fue el concepto que utilicé en el artículo del miércoles y, de nuevo, a generalizar. Si es correcto lo que dicen mis colegas que estudian educación rural e interculturalidad, o quienes están interesados en la inclusión y la equidad, las normales rurales son las menos provistas para subsistir si se da una lucha descarnada por la supervivencia de las más aptas. No obstante, si la equidad no sólo es una palabra más en el discurso del secretario Aurelio Nuño —cavilo— las normales rurales deberían ocupar el primer lugar de sus preocupaciones.
No pienso en programas de compensación o en permitir que perdure el patrimonialismo que corroe la estructura de estas escuelas; no de todas, concedo. Quizá sea conveniente pensar en un proyecto radical, que relance el espíritu con que fueron creadas, pero adaptadas a las condiciones presentes y futuras de México. Me refiero a lo que académicos de habla inglesa llaman un overhaul, una reestructuración completa.
RETAZOS
Salvo que me haya pasado de noche, el secretario Nuño no presentó el proyecto de nuevo modelo educativo para la educación básica. Si no recuerdo mal, él se comprometió a exponerlo a la discusión pública en abril.
*Académico de la Universidad Autónoma Metropolitana
