Michoacán en positivo

El cambio deseable para esta entidad y el país entero es la transición de la protección privada a la seguridad pública. No será fácil ni rápido

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Opinión del experto nacional 23/01/2014 01:46
Michoacán en positivo

por Carlos resa Nestares*

Segunda y última parte

 

La protección privada, a diferencia de las drogas ilegales, es un mercado en el que no hay cuotas de mercado ni segundos puestos, que tiene naturalmente al monopolio por sus vastísimas economías de escala territoriales. Y la competencia no se ejerce con base en precios sino con el recurso único de la violencia. ¿Quién pagaría protección a alguien que no inspire miedo, que no desee que esté de tu lado cuando un tercero cuestiona tus derechos de propiedad? Por eso era necesaria la publicidad visual de la violencia, los videos en YouTube: captación de clientes y amedrentamiento de potenciales competidores.

Ante esta espiral de violencia competitiva, los sucesivos gobiernos se han empeñado en recetarle al fenómeno la medicina de la guerra al narco como si variar la dosis o su composición fuese a mejorar los resultados. Es un error estratégico de gran alcance. Incluso en el improbable escenario de que se acabase con las drogas, los mafiosos simplemente se desplazarían hacia otros clientes, lo cual ya ha ocurrido como consecuencia de las economías de escala, sea en un caserío de Apatzingán o en un casino de Monterrey.

El corolario normal para este modelo de competencia violenta es paradójicamente un bálsamo para la violencia: no hay tesoro ni ejército que sobreviva a mil años de guerra. Cuando hay vencedor o un reparto territorial o sectorial estable se alcanza la pax mafiosa, en la que la violencia es innecesaria porque su sustitutivo bruto, la amenaza creíble de usarla, alinea a los clientes a las puertas del mafioso sin necesidad de exhibir sus gafas de sol, sus botas de piel de víbora y sus metralletas.

Pero los dividendos de la paz social no se reparten equitativamente. Para el ciudadano, la voluntad popular democráticamente expresada se sustituye por la voluntad del mafioso unilateralmente expresada con mínimas posibilidades de disidencia. En la práctica supone la vuelta de lo peor del régimen priista sin el control interno de los contrapesos del mercado ni el control externo del Departamento de Estado y la prensa internacional.

Los sucesos de Michoacán demuestran a las claras que se está lejos de esa pax mafiosa. Que un grupo bastante desorganizado pero con información relevante sea capaz de retar a uno de estos mafiosos de nuevo cuño, uno de los que más intensivamente había invertido en publicidad, es muestra inequívoca de su propia debilidad. Nadie se hubiese levantado contra sus pizzos (extorsiones) michoacanos si les tuviesen el suficiente miedo, ni un mafioso alternativo ni mucho menos un ciudadano bienintencionado. Y es que la violencia en este caso no es la señal ni de la guerra civil ni del apocalipsis que predicen los profesionales mediáticos del milenarismo del siglo XXI. Es el estreno de un universo de oportunidades para un cambio deseable: la transición de la protección privada a la seguridad pública.

Nunca el Estado tuvo tan a la mano la sustitución de mafiosos en estado líquido altamente inflamable hacia una seguridad pública real. Los mafiosos sólo necesitan el golpe de gracia. Tan sólo falta que el Estado muestre una capacidad creíble para suministrar un bien sustitutivo a la protección mafiosa: la seguridad pública, seguridad para los bienes y los contratos de todos con independencia de las características del individuo o de a quién y cuánto hayan pagado para conseguirla. Cambiar el pizzo por los impuestos, cambiar al mafioso por políticos electos y policías en sintonía la legislación vigente y responsables ante la población.

Pero este cambio ni es natural ni es fácil ni es rápido. Que se abran oportunidades en el mercado no significa que los deseos y las esperanzas más cándidas triunfen automáticamente. Y la historia, la de Michoacán y la del resto del mundo, avala que el sucesor más probable de un mafioso no es un policía bueno. En la mayoría de los casos el sucesor es otro mafioso, con o sin uniforme, el que sea capaz de mostrarse como el más violento.

 

* Profesor asociado de Economía Aplicada en la Universidad Autónoma de Madrid.

Consultor de la ONU sobre Drogas y Delincuencia

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