Nocaut

“Las peleas de box no se ganan con los puños… se ganan con las piernas.”

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Martín Moreno 24/12/2013 00:09
Nocaut

“Las peleas de box no se ganan con los puños… se ganan con las piernas”, me dijo aquella noche mi padre cuando, al atravesar la calle Perú, me tomó de la mano y me acercó a la acera izquierda. En esa ocasión no me llevaba a la feria ni al cine. Íbamos al número 77. A la Arena Coliseo.

Él era hijo natural de Tepito. Allí creció. Allí se formó. Allí aprendió a meter las manos. Bueno para la trompada. En el barrio —lo aprendería yo después— o te defiendes o te defiendes. No hay opción. Prohibido abandonar el ring. Como en la vida. El Tepito de esos años enseñaba a pelear, sí, pero también ofrecía lealtad, esa divisa tan valiosa, tan escasa. Ser leal no es una opción. Es una formación.

Lo acompañé varias veces a la Arena Coliseo. Olía a cigarrillo. A sudor. Los cubeteros ofrecían cerveza y uno que otro refresco. “Llévela… llévela”. Mi padre me sentaba entre las filas de arriba, con un refresco al lado. “Abusado…”, me decía, daba media vuelta y se reunía con un grupito. Los veía a lo lejos. Hablaban, reían, gritaban. Uno llevaba varios billetes entre los dedos. “Ha de ser prestamista”, creía yo. En el barrio era frecuente verlos por las calles, por los mercados, por la usura. Me olvidaba de ellos y a distancia veía las peleas. Duras. Difíciles. Como la vida.

Pronto aprendí que si mi padre regresaba riendo y de buen talante, había ganado en las apuestas. Si volvía con aquél gesto duro, surcado con una línea severa en la frente, había perdido.

Algunos años después, de guardia nocturna en el diario La Prensa —estudiaba en la Carlos Septién García e iniciaba en el periodismo ya como reportero, todavía chaval— veía la gran pelea: el inolvidable Sal Sánchez le partía la cara al hablador Wilfredo Gómez y reivindicaba el orgullo nacional.

Pero la transmisión de esa pelea llegaba diferida, por unos minutos, a la televisión mexicana. Vía télex recibí la noticia en la redacción: Sánchez noqueaba a Gómez en el octavo. En la TV apenas iban en el quinto round. Marqué a Las Águilas, cantina histórica en la esquina de Costa Rica y Argentina.

-Salvador gana por nocaut en el octavo… ya me llegó la información…

-Ándale…

Esa noche mi padre se ganó algunos miles de pesos por “atinarle” al round en el que ganaría Salvador Sánchez.

La siguiente vez que nos vimos me invitó a cenar. Me lo había ganado.

*****

Llegué al bar. Tragos. Cuates. Mujeres. La medianoche comenzaba a asomarse.

Volteé y lo descubrí.

No tuve duda. Era Alfonso Zamora.

Le pedí al dueño que me lo presentara. Nos sentamos. Platicamos de box. ¿De qué más?

A mi mente llegó el andén del Mercado de Granaditas aquel abril de 1977, enorme, atiborrado, hirviente para ver en pantalla gigante, como improvisada y popular sede alterna del Foro de Inglewood, aquella pelea. No era una más. Era la pelea: Carlos Zárate vs. Alfonso Zamora. Los zetas. El Cañas de la Ramos Millán contra el Dado de Tlatelolco. Se despejaría la duda nacional: quién era el mejor.

Se fue la remembranza y regresé al bar con Zamora. Se veía un tanto abotagado. Vivos aún sus recuerdos, sus hazañas, su grandeza boxística.

El instinto del reportero conduce, alerta, pero también expone. “Si se lo pregunto se va a encabronar. Es capaz de meterme un izquierdazo y tenderme enfrente de todos”. Corrí el riesgo:

-En el primer round lastimaste a Zárate. Lo hiciste tambalear. ¿Por qué no lo remataste?...

Zamora me vio con ojos de fuego. Tragué saliva. Bajó la mirada, tomó su ron, le dio un trago largo, me volvió a ver y sólo soltó.

-No lo sé…

*****

Se apellidaba Malagón. Joyero en Granaditas. Rico, aunque buen hombre.

Esa noche de sábado me urgía llegar a casa para ver al demoledor Pipino Cuevas contra un tal Tommy Hearns. Apuraba a mi madre para cerrar más temprano las zapaterías. Creo que le valió.

Pasé enfrente de la joyería de Malagón. “¿Quieres ver la pelea?, me dijo. Por supuesto. Ahora la que se tendría que esperar era mi madre.

Apareció Pipino Cuevas. Seguro. Muy serio. Pero cuando vimos a aquel negro gigante, con los brazos kilométricos y músculos por todas partes, Malagón y yo nos vimos con cierta angustia.

Pipino no le duró ni cuatro minutos a Hearns. Nocaut brutal. Malagón apagó la tele y yo sólo musité un “gracias” desinflado, dolido por la impactante derrota.

El box premia y castiga. Como la vida.

*****

-¿Cuál es la pelea más difícil, Julio César? —le pregunté en mi programa de radio.

-Pues la que se da abajo del ring… esa es la dura —me respondió con su marcado acento sinaloense. Cierto: la vida, como el box, da muchas lecciones.

Pero prohibido abandonar el ring.

FELICIDADES. A los lectores de esta columna, un fuerte abrazo navideño.

                Tweeter: @_martinmoreno

 

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