Contra la naturaleza
Si en algo nos hemos caracterizado los seres humanos en las últimas décadas es en la provocación hacia la naturaleza, generando contaminación de múltiples formas; desde la contaminación del aire, pasando por la del suelo y el agua hasta la destrucción del hábitat en ...
Si en algo nos hemos caracterizado los seres humanos en las últimas décadas es en la provocación hacia la naturaleza, generando contaminación de múltiples formas; desde la contaminación del aire, pasando por la del suelo y el agua hasta la destrucción del hábitat en el que se han desarrollado infinidad de especies, muchas de las cuales ya desaparecieron o se encuentran en vías de extinción.
Lo acabamos de ver en las últimas semanas, antes de las vacaciones de la llamada Semana Santa en el Valle de México que vivió, tras una jornada de vientos huracanados, días de verdadera contingencia ambiental debido a la falta de aire que dispersara los contaminantes provocados por alrededor de cinco millones de vehículos que circulan diariamente por la región que integran la Ciudad de México y los municipios que la rodean y que, en su mayoría, pertenecen al Estado de México.
Sin embargo, no todo empieza o concluye ahí. Acabo de verlo en carne propia en las principales playas del país. A miles de personas no parece generarles ningún cargo de conciencia el arrojar basura al mar o a la arena y dejar todos aquellos espacios regalados por la naturaleza de manera generosa hechos un muladar, tras una jornada de descanso o vacaciones como las que acabamos de pasar.
Ejemplo de ello fue lo que sucedió en el puerto de Progreso, al norte de la Península de Yucatán, en donde miles de visitantes —principalmente de la región o de otras partes del país— piensan que la playa es un enorme basurero y la convierten en el depósito de cualquier cantidad de desperdicios sin que la autoridad evite tal ecocidio. Por las noches, esa basura —con el viento que sopla de las aguas del mar— va a parar al océano que, poco a poco, se contamina más con los desechos humanos.
¿De verdad será tan difícil crear una cultura de respeto a la naturaleza, con la colocación de infraestructura que ayude a la aplicación de leyes que prohíban tirar basura en las playas?
Las mismas imágenes se observan en Acapulco, Mazatlán, Puerto Vallarta o en destinos igual de concurridos por los turistas.
Tal actitud contrasta con las “políticas” de resguardo ecológico que se implementan para preservar zonas como arrecifes y manglares, por ejemplo. Lo cierto es que en el doble mensaje que las autoridades mandan a la sociedad por la ambigüedad de los programas de ecoturismo, por un lado, y la falta de acciones para obligar a respetar a la naturaleza, por el otro, radica el deterioro que hoy se observa en playas, mares y ríos, como lo sucedido también desde el año pasado en estados como Sonora, donde empresas muy influyentes han acabado con el hábitat de muchas especies y han erosionado el terreno donde vierten sus desperdicios fabriles.
Por un lado, se insiste en la necesidad de desarrollar un estilo de turismo que beneficie a la naturaleza y cree conciencia, entre los seres humanos, de la necesidad de preservar el medio ambiente y, por el otro, nada se hace por reglamentar el comportamiento de quienes acuden en épocas de vacaciones a las playas públicas del país, que terminan convertidas en verdaderos muladares, focos de contaminación del suelo y el mar.
Por eso urgen más acciones, principalmente de gobiernos municipales y estatales, que doten de infraestructura a esos lugares para contribuir a su preservación, pero también que sancionen a quienes impunemente agreden la naturaleza por una falta de cultura ambiental.
