La guerra por las reformas

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Martín Espinosa 10/12/2013 02:01
La guerra  por las reformas

Es imposible entender la postura del PRI y del PAN ante la Reforma Energética sin remontarnos a lo que recientemente aprobó el Congreso en materia político-electoral. Desde la prolongación del periodo de los legisladores y presidentes municipales hasta la creación del Frankenstein en que se convertirá el Instituto Nacional de Elecciones. Muchos han sido los sectores de la sociedad que han cuestionado la reciente reforma política al grado de calificarla como “el regalo prenavideño” de la clase política que vive de hacerse favores “unos con otros”.

Sin embargo, una cosa resulta clara: el sistema político mexicano deja atrás, poco a poco, el sistema “presidencialista” para avanzar hacia otro parlamentario en el que, más temprano que tarde, la fuerza política en el poder tendrá que hacer coaliciones con otros partidos para poder gobernar a una sociedad cada vez más “atomizada” y plural, producto de la falta de resultados económicos y sociales que ha significado para sus ciudadanos un retroceso de varios años. O, incluso, participar en coalición para las elecciones presidenciales futuras: al fin que así sucede en las democracias más avanzadas del mundo.

De alguna manera, el Pacto por México representó ese esfuerzo por co-gobernar entre las diferentes fuerzas políticas, obteniendo cada una de ellas algún beneficio a cambio de ceder también en sus posturas iniciales. Habría que preguntarnos si el ala más radical de la izquierda o la derecha están dispuestas a “entrarle” a esa nueva forma de mantener el equilibrio entre los partidos que hoy tienen representación en el poder legislativo.

Ya Acción Nacional había echado a andar el “experimento” de aliarse al PRI de Salinas para posteriormente acceder, como lo demuestra la historia, al poder. Algunos le llamaron “concertacesión”, debido a que en no pocas ocasiones se “transó” el acceso a algunas gubernaturas por parte de la oposición debido a las evidencias de trastupijes electorales cometidos por el partido oficial de entonces, situación que era el “pan nuestro de cada día” por aquellos años.

Sin embargo, los resultados al largo plazo han demostrado que el sistema político mexicano transita, lentamente, hacia la necesidad de lograr pactos que garanticen, por un lado, la estabilidad y, por el otro, la posibilidad de que —independientemente de quién tenga acceso al poder— el partido en el gobierno pueda gobernar y echar a andar sus propuestas, como no sucedió en 2000, cuando llegó a la Presidencia el PAN a través de Vicente Fox.

Con el cambio, simple y sencillamente la derecha poco o nada pudo hacer para llevar a cabo sus programas de gobierno debido a que el resto de las fuerzas políticas “bloqueó” cuanta iniciativa salió de la casa presidencial de Los Pinos. De ahí la frase acuñada por el guanajuatense cuando dijo: “El Presidente propone y el Congreso dispone”.

Por ello, la gran valía de lo que hace un año se llamó el Pacto por México que, no sin sobresaltos, ha servido para transitar este primer año de la actual administración.

Hoy que el PRD se ha levantado de la mesa con el argumento de haber sido marginado de la discusión de la Reforma Política, urge diseñar nuevos mecanismos de diálogo y relación entre los principales partidos, ya que la realidad política actual ya no “resiste” el bipartidismo que tanto se impulsó en la época salinista. Y mucho menos la imposición que pretenden hacer aun aquellos que en el pasado estaban acostumbrados a actuar de esa forma. No se puede entender al país sin la participación en la mesa de las negociaciones de una verdadera izquierda, moderna, institucional, pero sobre todo propositiva que sirva de contrapeso en la balanza de nuestra peculiar democracia.

Y más ahora que algunas de las reformas parecen dividir, más que sumar.

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