La Cepal y el desarrollo
Dos proposiciones contrarias no pueden ser ciertas de manera simultánea; eso lo sabemos desde hace más de 2,400 años, cuando Parménides escribió su célebre y bello Poema ontológico y, también, con niveles de plena certeza epistemológica a partir de la lógica de Aristóteles. La cuestión viene a cuento porque hoy nos encontramos ante dos propuestas en torno a la realidad económica y social que son contradictorias y excluyentes entre sí. Por un lado, está la visión dominante desde hace 30 años, conocida ya de manera generalizada como “neoliberal”. Los resultados de su aplicación son desastrosos: crisis recurrentes, desempleo generalizado a escala global; crisis ambiental; diversas crisis humanitarias expresadas en clave de guerra y migración forzada; pobreza y desigualdad masivas; muertes y enfermedades evitables; y suma y sigue.
Por otro lado, se encuentra una propuesta alternativa que, sin renunciar a la economía de mercado, apuesta por la intervención del Estado en la regulación de la actividad de los privados, para establecer mecanismos de distribución justa de la riqueza, en contextos de democracia y equidad social. Quienes apostamos por un Estado de bienestar, partimos de una tesis simple, resumida magistralmente por el doctor Jorge Carpizo: “El Estado democrático
de derecho, o es un Estado social o no es Estado de derecho”.
La discusión no está ni debe estar cerrada. Por ello, es relevante el inicio en México del periodo ordinario de sesiones de la Cepal, en el cual se tendrá la presencia de más de 40 ministros y secretarios de Estado de América Latina, con el propósito de discutir y mostrar cuáles son los avances y retrocesos que se tienen en materia económica, política y social de la región.
Esta reunión —como puede verse, del más alto nivel— tiene como base el documento titulado Perspectivas 2030, en el cual se revisan cuáles son y deben ser las metas a conseguir en la región para el año 2030, poniendo siempre al centro de la propuesta de desarrollo a la equidad.
Para México las consecuencias de un evento de esta naturaleza son relevantes, porque convocan a abrir el debate en torno a lo que se nos ha dicho es la “única vía posible para el crecimiento y el desarrollo; y en ese marco, confrontar ideas, propuestas y alternativas a la trampa del bajo crecimiento y la desigualdad en que hoy estamos ubicados. Así las cosas, a diferencia de la visión neoliberal, la Cepal plantea la urgencia de construir nuevos pactos por la igualdad, pero también como característica distintiva, lo hace con base en un cúmulo enorme de evidencias en torno al monumental fracaso que implica el modelo neoliberal y la necesidad de recuperar una propuesta ética en torno al bienestar.
Dinamizar el mercado interno, reindustrializar la región latinoamericana con criterios de sustentabilidad ambiental, generar sistemas de recaudación fiscal progresivos, reconstruir sistemas de seguridad social y de educación universales y de calidad; retomar el rumbo del crecimiento económico sostenido para erradicar la pobreza en el año 2030; y para abatir la oprobiosa desigualdad, implica, sin lugar a dudas, un modelo de Estado con la capacidad de regular y equilibrar la economía.
Por estas razones, sería importante que, ante la postulación de la ministra Malcorra como candidata a ocupar la Secretaría General de la ONU, México reaccionara y postulara a Alicia Bárcena, quien ha desempeñado un destacadísimo papel como secretaria Ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, pero, más aún, porque con ello podría reposicionarse a nuestro país como el actor de peso global que nunca debió dejar de ser.
Lo que está en juego es fácil de sintetizar, quienes apuestan por el modelo neoliberal sostienen que hay que profundizar las reformas y, básicamente, seguir por la misma ruta; en el lado opuesto, estamos quienes pugnamos por más Estado y más democratización de las instituciones. Son rutas contrarias, y, como diría Parménides, por necesidad, una de las dos está en el error.
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