Muertes paralelas

Del mismo modo que existen vidas paralelas o almas gemelas, ¿habrá muertes paralelas? Miles de seres humanos mueren diario y quizá nunca reparamos en las coincidencias que hermanan a aquellos que se van de este mundo juntos. Pero ahora el destino quiso que Galeano y ...

Del mismo modo que existen vidas paralelas o almas gemelas, ¿habrá muertes paralelas? Miles de seres humanos mueren diario y quizá nunca reparamos en las coincidencias que hermanan a aquellos que se van de este mundo juntos. Pero ahora el destino quiso que Galeano y Grass fallecieran el mismo día.

A querer o no, por una mera coincidencia, su viaje al más allá ha comenzado al mismo tiempo y no acabará nunca. Van al inframundo o al supramundo, a la vida eterna o al abismo de la nada y han quedado condenados a ser compañeros, en el mismo instante, de la misma travesía.

En sincronía perfecta salen de este mundo de tiempo y van cargados de sus libros, de su conciencia crítica, llevan a cuestas su obra, la misma que, aun sin testamento, nos dejan como herencia. Testigos reflexivos de la Historia (así, con mayúscula), de su historia, de la historia de Europa, Günter Grass, y de la historia de Latinoamérica, Eduardo Galeano. Con sus escritos nos acompañan a pensar el pasado, nos exigen entender el presente y, en el mejor de los casos, diría el uruguayo, nos invitan a no repetir los errores y los horrores que en otros tiempos la humanidad ya ha cometido.

Ambos yacen en la cama de un hospital, uno en Uruguay, otro en Alemania, ambos mueren porque sus pulmones fallan, ya no les permiten inhalar más, y con ello quedamos privados del oxígeno que sus escritos pudieran ser para nuestro entendimiento. Galeano muere mucho más joven, nos lo arrebata un cáncer, a Grass se lo lleva una triste pulmonía. Ambos mueren escribiendo, comunicando, pensando, los dos nos regalan un hijo póstumo, libros que habrán de ver la luz ya sin ellos.

Günter Grass dedica sus últimas reflexiones para escribir sobre la finitud, la certeza de que no somos eternos, los seres humanos estamos condenados por el tiempo, la humanidad también. Con sus 87 años a cuestas no deja de sorprenderle, y mucho menos de dolerle, la capacidad de destrucción del ser humano, de la humanidad. Me atrevería a escribir, la infinita capacidad de la humanidad de autodestruirse, pero sería un contrasentido. La capacidad de destrucción del ser humano es finita porque acabará con la humanidad misma, dijo Grass. Y al final se irá la palabra: lo último que quedará de la humanidad será la palabra como testimonio de que algún día fuimos seres racionales capaces de pensarnos a nosotros mismos.

Galeano nos deja como último regalo su libro Mujeres, reflexiones sobre historias de mujeres atemporales que valen la pena ser contadas, Juana de Arco, Teresa de Ávila, Marilyn Monroe, todas ellas en un solo volumen para que, a través de sus ojos, las recuperemos y proyectemos en el siglo XXI. Quizá historias, éstas sí, que valen la pena ser repetidas. Entiendo, no me queda claro, que además de Mujeres, recientemente publicado, hay otro libro literalmente póstumo.

Ambos autores, desde su trinchera, desde su vida, desde sus angustias, desde sus esperanzas, comparten la capacidad crítica con la historia en general y con su propia historia en particular. Si se requiere valentía e inteligencia para enjuiciar al pasado de su propio pueblo, es mucha mayor la grandeza humana que exige revisar la historia de uno mismo y este par de escritores fueron capaces de hacerlo. Galeano, siendo hombre de izquierda, no dejó de reconocer los errores cometidos por ésta. Grass pudo escribir sobre su participación, siendo adolescente, en la historia nazi de Alemania; pagó el costo con sus críticos, pero sobre todo pagó el precio personal de atreverse a confesar lo que él mismo repudiaba.

Galeano me hace pensar en otro gran escritor, intelectual de izquierda, Eric Hobsbawm, los dos tuvieron la libertad de dedicar parte de su prosa a temas que eran, más que nada, una pasión aparentemente intrascendente. Pasión que, al pensarse y escribirse por ellos, adquiere una profundidad que les hace encajar en un devenir más ancho. Sobre el jazz escribió Hobsbawm; Galeano sobre el futbol.

Quisiera recordar, si acaso brevemente, algunas líneas de su escrito El árbitro, pequeño ensayo que conocí cuando era consejera del IFE y que, por tomarme en serio mi papel de “árbitro electoral”, provocó en mí muchas reflexiones, además de una inmediata simpatía, quizá sentí de su parte un disimulado guiño de empatía.

El árbitro, dice Galeano, “es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder con gestos de ópera. Silbato en boca… otorga y anula goles. Tarjeta en mano alza los colores de la condenación: el amarillo, que castiga al pecador y lo obliga al arrepentimiento, y el rojo que lo arroja al exilio (…) Su trabajo consiste en hacerse odiar. Única unanimidad en el futbol: todos lo odian (…) Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él (…) Durante más de un siglo, el árbitro vistió de luto. ¿Por quién? Por él. Ahora disimula con colores”.

Otros escribirán estos días sobre Las venas abiertas de América Latina, El tambor de hojalata o quizá Pelando la cebolla. Yo los despido con admiración e irreverencia recordando a El árbitro. Hasta que el sin tiempo nos alcance.

                *Investigadora del IIJ de la UNAM

                Twitter: @MarvanMaria

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