Con Hollande a la cabeza

La marcha provocada por el atentado contra el periódico Charlie Hebdo es, desde mi punto de vista, en sí misma un fenómeno político social que trasciende su causa. El domingo 11 de enero de 2015, como el 68 parisino, permanecerá grabado en la memoria colectiva, marca ...

La marcha provocada por el atentado contra el periódico Charlie Hebdo es, desde mi punto de vista, en sí misma un fenómeno político social que trasciende su causa. El domingo 11 de enero de 2015, como el 68 parisino, permanecerá grabado en la memoria colectiva, marca un punto de quiebre en la historia que muy pronto será reconocido. 

La multitud manifestante en París no cupo ni en las fotografías aéreas; el silencio de quienes demandaron libertad hizo eco en todo el mundo, la valentía del repudio al terrorismo se sobrepuso al temor, salieron los franceses a la calle a demostrar que, lejos de amedrentarse, le ponen cara al reto con la frente en alto.

Todas estas imágenes, que de por sí se antojan impactantes, son poca cosa frente a la estampa de Hollande con los brazos entrelazados con los jefes de Estado que se solidarizaron con la sociedad francesa. Hemos de reconocer que no es común que un jefe de Estado se ponga a la cabeza de una marcha en la que sus gobernados salen a la calle para hacer públicas sus demandas. En México todavía recordamos con admiración la marcha de estudiantes que, en 1968, fue encabezada por el entonces rector de la UNAM, Barros Sierra. Sirva de pretexto este recuerdo para poner en su justa dimensión la fuerza del mensaje de la marcha del domingo.

El presidente de Francia tomó la iniciativa, se puso a sí mismo en la primera línea, convocó a líderes que encarnan las posturas más disímbolas y distantes. En ese frente de batalla iban, en un mismo contingente, el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, y Mahmud Abbas, presidente palestino. En la dimensión doméstica, Nicolas Sarkozy, contrincante político de Hollande, también se sumó a la convocatoria.

Todos los que marcharon salieron a protestar contra el terrorismo y a defender la libertad de expresión y acabaron defendiendo los valores esenciales de la democracia: la pluralidad, el respeto a las diferentes culturas, el derecho a la libertad religiosa. Francia se levanta, otra vez, como faro para guiar el rumbo de las libertades, se asegura de que éstas no zozobren, no permite que encallen en el pánico. La sociedad francesa demuestra una envidiable unidad republicana que retoma y resignifica el lema de la Revolución Francesa: ¡Libertad, Igualdad, Fraternidad!

Los atentados terroristas han despertado en la sociedad occidental el dilema hamletiano del ser colectivo, Ser o no ser. Yo soy Charlie. Yo no soy Charlie. ¿Yo soy Charlie? Yo estoy con Charlie. Reflexiones que bordan sobre las causas, el significado del atentado y sus consecuencias. Diversas tomas de postura, evento que reclama pronunciamientos filosóficos, pero sobre todo políticos.

Vargas Llosa, en las páginas de El País, hace uso de la palabra, declara sin titubeos: “Yo soy Charlie Hebdo”, David Brooks, desde The New York Times, aparentemente lo contradice sólo para apuntalar una defensa todavía más radical de la libertad de expresión: “Yo no soy Charlie Hebdo”, así desvela la hipocresía del discurso políticamente correcto que tan popular es en Estados Unidos, nos hace ver que este formalismo, aparentemente incluyente y respetuoso, es una despreciable forma de (auto)censura. Distingue entre las sociedades sanas, que saben reírse de sí mismas, y aquellas incapaces de distinguir los niveles y las formas del discurso, aquellas que, por tomarse todo tan a pecho, acaban por no entender la lógica propia de las disertaciones serias frente a la perspectiva irreverente de los textos humorísticos.

Nos preguntamos por los límites de la libertad de expresión. ¿Existen fronteras que no deben cruzarse? ¿A quién corresponde dibujar esa línea? ¿Deben existir normas sobre el discurso? Dice Brooks: jurídicamente tenemos que ser tolerantes aun con las voces ofensivas, no importa que seamos selectivos desde el punto de vista social. Los límites de la libertad de expresión pueden expandirse en la medida en que la sociedad defiende y entiende su libertad de seleccionar tanto lo que dice y escribe como lo que lee, ve y consume.

La libertad de expresión, como todas y cada una de las libertades, es una conquista que se encuentra permanentemente amenazada, preservarla es una responsabilidad colectiva. Más de tres millones de franceses no dudaron en salir a la calle para recordarnos la sacralidad de sus derechos fundamentales. Sus derechos no se tocan por nadie, ni por gobernantes ni por terroristas.

Al ponerse Hollande, Rajoy, Merkel y Cameron al frente de la marcha se obligaron a responder al terrorismo de una forma radicalmente distinta a como lo hizo George Bush el 11 de septiembre de 2001. Ni en Francia ni en la Unión Europea cabe un Patriot Act. No ignoro la desproporción entre ambos atentados, pero la respuesta ya definió rumbos divergentes. Conscientemente o no, Hollande asumió el compromiso de idear una estrategia que pueda proteger del terrorismo a los ciudadanos franceses sin comprometer sus libertades, sin hacer de cada musulmán un sospechoso, sin subyugar la libertad a la seguridad nacional.

                *Investigadora del IIJ de la UNAM

                Twitter: @MarvanMaria

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