22+43, horror de la guerra
Los hechos recientemente ocurridos en Tlatlaya y Ayotzinapa no sólo hacen evidente la ineficacia del Estado, sobre todo desnudan la desintegración social y muestran en carne viva la degradación humana que sufren aquellos a quienes ha tocado la guerra y el ...
Los hechos recientemente ocurridos en Tlatlaya y Ayotzinapa no sólo hacen evidente la ineficacia del Estado, sobre todo desnudan la desintegración social y muestran en carne viva la degradación humana que sufren aquellos a quienes ha tocado la guerra y el narcotráfico.
No es necesario volver a describir el fusilamiento de 22 personas en la bodega de Tlatlaya o el secuestro de 43 normalistas de Ayotzinapa. Lo que parece urgente es esclarecer qué pasó en ambos sitios para cobrar la verdadera dimensión del horror que enfrentamos.
Después de tres meses y gracias a la investigación hecha por la prensa extranjera, sabemos que los eventos de Tlatlaya fueron, simple y llanamente, un fusilamiento, no una batalla campal. Alguien asumió que todos ellos eran el enemigo, ese alguien decidió que merecían la pena de muerte sin tener derecho a juicio, ese alguien ignoró el Estado de derecho.
Hay militares detenidos, más allá de que podamos pensar que se trata de los verdaderos responsables o simples chivos expiatorios, es indispensable saber si actuaron por su cuenta o siguieron órdenes de su inmediato superior, si éste actuó por su cuenta o siguió las órdenes de su inmediato superior y así sucesivamente hasta llegar tan alto como sea necesario. No sólo es una condición para hacer justicia, es, sobre todo, una pieza fundamental para hacer un diagnóstico certero de qué tipo de problemas tenemos entre manos.
Sociológicamente estamos frente a dos asuntos de naturaleza distinta si los soldados que dispararon sus armas tomaron la decisión por sí mismos o si recibieron la orden de hacerlo. Si ellos tomaron la iniciativa nos enfrenta a uno de los fenómenos más devastadores de cualquier guerra; la metamorfosis del alma, el naufragio de la ética, la muerte de la empatía, el ser humano que, en un principio, es obligado a matar, llega a un punto de no retorno, acaba tomándole gusto a la crueldad y pierde todo aprecio por la vida humana, incluida la propia. Se transforma en un asesino en serie.
Si lo hicieron siguiendo órdenes, ya bien fueran explícitas o lo que ellos interpretaron como los deseos inconfesables de sus superiores, tenemos que ciertos elementos del Ejército, subrayo, ciertos elementos, han decidido que la única manera de acabar con esta guerra es al grito de ¡mátalos en caliente! Cualquiera de las dos hipótesis, o su combinación, son graves, pero requieren tratamientos distintos.
Los normalistas de Ayotzinapa secuestrados en Iguala aparentemente fueron levantados por una perversa e indistinguible mezcla de policías municipales venidos a delincuentes o de delincuentes transformados en policías municipales. Es necesario saber con precisión si el presidente municipal fue cooptado por el narcotráfico o impuesto por ellos. Otra vez, la diferencia no es sólo de sintaxis, acusa dos procesos diferentes de degradación de nuestras instituciones. Distinguirlos no es una curiosidad científica, es un requisito para iniciar el proceso de recomposición del tejido social.
La crueldad infligida en los cuerpos hallados en las fosas comunes recién descubiertas no se explica por sí mismo, ni aun bajo el supuesto de que todos ellos tuviesen quién sabe qué deuda con sus perpetradores. No asumo que esos cuerpos sean de los normalistas, tendremos que esperar la identificación del forense, sin embargo, en esencia, el problema es el mismo: seres humanos torturados por otros seres humanos hasta generar una repulsión que sale de las entrañas. ¿Dónde se nos pudrió la sociedad que nos ha permitido llegar hasta este punto de anomia?
Hace décadas que el narcotráfico en nuestro país se había convertido en un problema gravísimo, pero como consecuencia del 11 de septiembre de 2001 la situación, que ya era complicada, se tornó dramática. Estados Unidos cerró eficientemente sus fronteras y fueron muchas las implicaciones para nosotros. Simultáneamente se estacionaron en México tanto la droga como los miles de mexicanos que ya no pudieron escapar de su pobreza y huir allende el Río Bravo en busca de las oportunidades de empleo que sistemáticamente aquí les fueron negadas.
La respuesta que propuso Calderón, más naïf que acertada, fue declarar la guerra contra el narcotráfico. Atacó el problema sin ver siquiera las causas. Es una guerra imposible de ganar que ha acelerado la descomposición social y la degradación humana hasta llegar a este infierno que produce cotidianamente escenas dantescas.
Está documentado que en Estados Unidos han muerto más veteranos de Vietnam suicidados que los que murieron en el campo de batalla. Ese es el problema fundamental de la guerra, transforma a todo ser humano que toca. Si la reconstrucción del Estado y el fortalecimiento del tejido social se antoja difícil, la reparación de la psique del que ha sido entrenado y obligado a matar, sea soldado o narcotraficante, parece imposible. Y esa dimensión ni siquiera nos la hemos planteado.
*Académica
Twitter: @MarvanMaria
