Fiestas patrias: historia y civismo
A propósito de las fiestas patrias quisiera proponer dos reflexiones que tienen que ver con la educación básica, y nuestros sentimientos patrióticos. Llama mi atención la resistencia que hemos tenido hasta ahora para reconocer héroes civilizadores. Si revisamos los ...
A propósito de las fiestas patrias quisiera proponer dos reflexiones que tienen que ver con la educación básica, y nuestros sentimientos patrióticos. Llama mi atención la resistencia que hemos tenido hasta ahora para reconocer héroes civilizadores. Si revisamos los textos de historia de primaria y secundaria, casi la totalidad de nuestros héroes son hacedores o producto de alguna guerra, muchas de ellas fratricidas. Tal pareciera que el único pasaporte para ingresar a un libro de texto fuese un fusil empuñado.
No pretendo que por decreto se desconozca a los héroes de la Independencia o de la Revolución. ¡Qué herejía! Simplemente propongo que abramos las páginas de la historia para acercar a los educandos la obra de quienes, a través de acciones no belicosas, han construido este país. Desde el México prehispánico hasta la transición democrática.
Si en realidad queremos que los infantes asuman como valores propios la tolerancia y el pluralismo, podríamos empezar por mitigar el maniqueísmo de la historia nacional. Eliminar la aureola de los héroes y los cuernos de los antagonistas de la patria; darles a ambos una dimensión más humana podría contribuir a que las nuevas generaciones fueran más abiertas al diálogo, entendieran otros puntos de vista.
Mucho podríamos aprender si nos proponemos rescatar no sólo a pensadores políticos, hay que reconocer a ingenieros, médicos, filósofos, científicos, empresarios, deportistas; todos ellos deberían estar agrupados en colecciones de biografías para niños, con ilustraciones atractivas, letra grande, papel bonito. Nuestros niños deberían poder acceder a retratos de mexicanos y mexicanas que no necesitaron ni revólver ni cananas para ser grandes.
Múltiples estudios dan cuenta de nuestra poca propensión al diálogo político, nuestra dificultad de buscar canales institucionales para expresar nuestras necesidades a las autoridades o hacerles conocer nuestra inconformidad. La épica guerrera se continua en las manifestaciones urbanas en las que creemos hacernos oír por nuestra capacidad de gritar. Por vía de la fuerza irrumpimos en la vida del otro, apostando a desquiciarlos, nos mostramos incapaces de articular razonamientos, de defender nuestros puntos de vista, de acordar soluciones. Eso no lo aprendimos en primaria.
Civismo, más que una materia, debería ser vivencia práctica. El diccionario de la Real Academia de la Lengua nos ofrece dos acepciones del vocablo: 1) Celo por las instituciones de la patria y 2) Comportamiento respetuoso del ciudadano con las normas de convivencia pública. La primera puede enseñarse a través textos; la segunda, sólo con la práctica y el ejemplo.
Hay conductas que desde el jardín de niños deberíamos saber que son inadmisibles; tirar basura en el patio de la escuela o en el salón de clases debería ser una impronta que se tradujera en calles y carreteras sin envases de Coca-Cola que taponen alcantarillas y provoquen inundaciones cada temporada de lluvia. Hacer fila y respetar el lugar de mis compañeros al entrar al salón debería enseñarnos a esperar respetuosamente nuestro turno, a ceder el paso. ¿Podríamos entonces eliminar los topes porque ya entendimos que la mecánica del “uno y uno” en los cruceros nos beneficia a todos?
Resulta esencial exigir respeto a la propiedad ajena y no hacer trampas. Nos desgarramos las vestiduras ante la corrupción de los políticos y clamamos justicia contra los malos políticos, pero en las escuelas públicas o privadas los pequeños hurtos son parte de la cotidianidad. Todos los días se “pierden” lápices, chamarras, tortas y hasta la mochila completa. La culpa siempre es de la víctima: ¡¿Por qué no cuidas tus cosas?! Increpa el maestro o el padre de familia.
La impunidad escolar cuando alguien copia en un examen o se roba una tarea es una conducta consentida y tolerada por la sociedad entera. Los propios maestros la han impulsado para que su escuela, su salón de clases, tenga mejores resultados en la prueba PISA o ENLACE.
El civismo debería regresar a los programas de primaria, pero, sobre todo, el civismo debería instalarse en el patio del recreo. El respeto por el otro, por sus cosas, por sus puntos de vista, por su religión, por su físico y por sus costumbres, o son vivencia o no son. El bullying no es otra cosa que la falta de civismo exacerbada. Las autoridades escolares han decidido mirar para otro lado. Es más fácil ignorar que educar. Frente al temor de los inspectores de la SEP y la prepotencia de los padres de familia, es más sencillo ser indulgente con el tramposo; ignorar los robos cuesta menos trabajo que enseñar a niños y niñas a asumir las consecuencias de sus actos.
La ausencia de héroes civilizadores en nuestro imaginario colectivo, la falta de civismo en nuestra convivencia en el aula están complicándonos tanto la consolidación democrática como la vida diaria.
*Académica
Twitter: @MarvanMaria
