Guerra de exterminio

Las democracias pueden colapsar. Esa es la tesis que sostienen Levitsky y Ziblatt en How Democracies Die (Crown de Penguin Random House 2018). Las democracias mueren no sólo a través de una revolución o de un golpe de Estado, sino a través del lento y consistente debilitamiento de instituciones críticas y la gradual erosión de las normas políticas, escritas o no, a través de un deslizamiento paulatino al autoritarismo

Maria Amparo Casar

Maria Amparo Casar

A juicio de Amparo

El libro no trata específicamente sobre Estados Unidos, pero en una conversación con los autores responden con contundencia a la pregunta de si en algún momento sintieron la necesidad de pensar en ese país. Desde luego, dicen: “Al principio fueron solamente pequeños ecos, escuchamos a los candidatos acusar a sus rivales de ser desleales, clamar contra la prensa o alentar a la violencia azuzando a las multitudes. El punto de inflexión ocurrió cuando Trump ganó la nominación. Cuando se rehusó a prometer que acataría los resultados de la elección supimos que estábamos en un terreno peligroso”. Hoy sabemos que Trump está atacando normas fundamentales, aquellas centrales para las democracias: Respetar la prensa, los resultados electorales y no mentir descaradamente al público.

Para los autores de Cómo mueren las democracias hay normas democráticas fundamentales. La primera es la tolerancia mutua, la regla implícita de no tratar al rival político como a un “enemigo existencial”, sino como a un “conciudadano leal”. La segunda es la “indulgencia” o “autocontención”, rehusarse a usar todo el poder, incluso al que se tiene derecho, para destruir a los rivales. También advierten sobre el peligro de candidatos o líderes que en el discurso o en la práctica rechazan las reglas democráticas, niegan legitimidad a sus contrincantes y quieren restringir sus libertades y derechos. Y la última es la concepción de “la política como guerra”, la mentalidad que encierra la frase de “ganar a toda costa”. Bien haríamos en tomar en cuenta estas reflexiones para el caso de México. Si en Estados Unidos, donde suponemos que la fortaleza de las instituciones puede resistir el embate de un presidente como Trump, hay una sensación de alarma, en nuestro país debiéramos estar doblemente preocupados.

Los partidos y candidatos de la contienda presidencial muestran, todos, actitudes alejadas de los valores democráticos, de una contienda medianamente civilizada y de principios mínimos que deberían respetarse habida cuenta de que pasado el 1º de julio tendrán que convivir en el Congreso y en los distintos órdenes de gobierno.

No se espera de ellos que se comporten como si estuviesen en un concurso de belleza, pero tampoco como si estuvieran en una guerra de exterminio.

El gobierno, el PRI y Meade no han reparado en la “autocontención”. En utilizar a las instituciones del Estado con intenciones claramente político-electorales, es decir, en usar todo el poder en sus manos para destruir a sus rivales, en particular, el de la Secretaría de Hacienda y el de la PGR. El uso político y selectivo de la persecución criminal es simplemente un hecho inadmisible.

López Obrador, como Trump, se rehúsa a prometer que acatará los resultados y ya nos advirtió que no cree en las autoridades electorales. Lo mismo descalifica al Ejército que a la Suprema Corte o al Congreso cuando sus decisiones no lo favorecen. Lo suyo nunca ha sido el respeto a las instituciones, aunque en cada proceso electoral ha jugado bajo sus reglas y se ha servido de ellas. Lo mismo defiende a precandidatos a puestos de elección popular que por su trayectoria no deberían tener cabida en una democracia, como Napito, C. Blanco o F. Vallejo, que a personajes respetables como Germán Martínez, quien decidió cambiarse de partido. 

El Frente y Anaya se han embarcado en una lucha encarnizada contra el gobierno y el candidato del PRI. Tampoco pueden presumir de ser pulcros en la selección de sus candidatos y no practican lo que exigen al gobierno. No hemos visto al Frente pedir con enjundia que se investigue a quienes entre sus filas han cobrado moches, lavado dinero o desviado recursos públicos. Ninguno pone el acento en la oferta política necesaria. Qué harán con la violencia y la inseguridad, qué con la corrupción y la impunidad, qué con la desigualdad y la pobreza. Su propuesta es “yo sí puedo”. Cada uno se presenta como el salvador, exigiendo a los ciudadanos un acto de fe y hasta de estupidez porque ya sabemos cómo ha gobernado cada partido cuando ha estado en el poder. Todos incurren en lo que al otro critican: El clientelismo y la compra del voto, el uso de dinero ilegal en las campañas, la descalificación real o ficticia.

Peor aún, ninguno repara en las consecuencias políticas de sus actos. O quizá sí y tengo que corregir. Quizá sí se trata de una guerra de exterminio, pero no sólo del “otro”, sino también de la democracia misma. Cada uno con su estrategia está dificultando la posibilidad de una transición pacífica y la posterior convivencia que exige la pluralidad que ha costado muchos años construir. Apostando a la polarización, cada uno está propiciando el desorden político y social posterior a las elecciones.

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