¿Ciudadanizar?

El adjetivo ciudadano se ha puesto de moda. Unos lo hacen poniendo en sus siglas el adjetivo, como hasta antes de registrarse el Frente Ciudadano por México (ahora, Por México al Frente). Otros sacando de sus siglas la palabra partido y sustituyéndola por la de movimiento, como Morena. Otros más designando a un candidato sin afiliación política. Los partidos han encontrado un adjetivo al que le atribuyen dotes purificadoras

Resulta extraño. Los partidos existen, al menos en teoría, para representar a los ciudadanos y para articular sus intereses en políticas que los beneficien. Pero ya nadie quiere que lo llamen partido de masas, ni partido corporativo. Mucho menos partido de cuadros. Como si las masas, las corporaciones y los cuadros no estuvieran compuestos de ciudadanos.

El problema es que la idea de partido se ha convertido en un mal karma: cosechan lo que han sembrado. Si a las encuestas nos atenemos, han sembrado un gran desprestigio y están cosechando un gran desprecio. El número de votantes que no se identifica con ningún partido ha crecido desmesuradamente.

Ante la pregunta: ¿usted normalmente se considera panista, priista, perredista o morenista?, 61% de los encuestados contestaba en 2010 que por alguno de los tres primeros partidos y 37% se decía independiente. Para 2017 (incluyendo a Morena) las cifras casi se habían invertido: 40% se identificaban con un partido y 56% por ninguno (Buendía&Laredo, noviembre 2017).

La historia no acaba ahí. En 2009, al PRI lo rechazaba 23% de la población, al PAN, 27%, y al PRD, 35%. En 2017, el rechazo alcanzaba respectivamente 60%, 35%, y 36%. En el caso de Morena, el rechazo es de 33% (Consulta Mitofsky, julio 2017).

Los partidos han reaccionado de manera bastante infantil, cuando no demagógica. Ahora se ponen el apellido de ciudadanos, rechazan el carácter de militantes, dicen representar más que a los suyos, abren sus puertas para ceder algunas candidaturas a personajes ajenos a la política tradicional o se llenan la boca diciendo que su plataforma será ciudadana. Antes era un orgullo el sentido de pertenencia y afiliación mejor; presentar un programa en consonancia con la ideología del partido; mantener la cohesión de acuerdo con los estatutos; ser puro en lugar de saltimbanqui. Ahora, todo lo partidario parece ser un pecado, casi una perversidad.

Habría que decir que lo de ciudadano, corriendo con o sin etiqueta partidaria y con o sin el carácter de militante, está sobrevaluado. Como en todas las categorías, en ese agregado amorfo que aglutina a los ciudadanos, hay de todo: “malos” y “buenos”, corruptos y honestos, capacitados e incompetentes, expertos y novatos, aprovechados y con vocación de servicio.

Pero, además de estar sobrevaluado, eso del ciudadano transformado en político y, si corre con suerte, en funcionario público es también engañoso. ¿Sabe usted de algún ciudadano que haya podido gobernar sin el apoyo de los partidos? Seguramente, no. Y no porque sea usted ignorante, sino porque no se puede. Porque la vida política está organizada a través de los partidos como la de los empresarios o la de los trabajadores o la de los alumnos alrededor de sus asociaciones empresariales, sindicales o estudiantiles. Para poder participar e influir es necesario congregarse, concitar la voluntad de otras agrupaciones, ceder, negociar, acordar… Más aún si se trata de la política, en donde la división de poderes y la pluralidad son la norma. Las coaliciones partidistas están ya definidas y la mayor parte de las candidaturas se repartirán entre sus huestes. Así es la política y no hay nada de extraño en eso.

Si de “ciudadanizar” la política se trata, hay vías mejores, diría yo hasta genuinas, de hacerlo. La primera es no encerrarse en sus preconcepciones y abrir los ojos y los oídos al conjunto de diagnósticos y propuestas que aquellos que trabajan en la “para-política” han puesto a circular en el debate público.

Los políticos en activo y los candidatos no pueden adoptar el adjetivo de “ciudadanos” si no permiten la participación de los que no están en sus partidos. No se trata de que asuman todas las propuestas de la academia, de los analistas o de los integrantes de la sociedad civil, pero sí de que las incorporen al debate y razonen por qué están bien o mal, por qué no son viables o cómo pueden mejorarse.

Los políticos en activo y ahora los candidatos que quieran tener una mínima credibilidad en su autodenominada “ciudadanización”, tendrían que mostrar apertura y responder a varios retos. Por ejemplo, decir si abrazan la propuesta de reforma de #vamosporunafiscalíaquesirva y del IIJ-CIDE-INACIPE en materia de procuración de justicia; o las de reforma policial de Causa en Común; o la de legalizar/regular el consumo de ciertas drogas, planteada por integrantes de la comunidad intelectual y científica; o la de la Ley de Adquisiciones y de Obra Pública de México Evalúa; o la de segunda vuelta; o la adopción del mecanismo de parlamento abierto en las designaciones de ciertos nombramientos y el fin de las cuotas partidistas; o la participación de Fundar en la ley sobre publicidad gubernamental; o las diversas propuestas sobre seguridad social universal; o las de Coneval en materia de desigualdad; o la posición frente a las críticas y alternativas de solución a la Ley de Seguridad Interior hechas por distintas organizaciones…

Más que poner al frente de las candidaturas a los “ciudadanos”, podrían comenzar por escucharlos.

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