El discurso del método
Los partidos deben escoger a sus candidatos con aquel método que, dadas sus circunstancias y la coyuntura, maximice las posibilidades de triunfo del partido para quedarse con el cargo en disputa. Circunstancias y coyuntura incluyen muchas variables: si las elecciones son generales o locales; si se pelea por el cargo desde la oposición o desde el poder; si el partido está fraccionado en sus liderazgos o tiene un líder indiscutible; si hay riesgos de ruptura o disciplina absoluta; si los adversarios ya han escogido a su propio candidato; si en la plaza en la que se compite se es el partido mayoritario
El o los métodos democráticos son tan sólo una opción y los hay de muchos tipos: asambleas populares, convención de delegados, encuestas o primarias. Incluso, pienso que lo que en México se denomina dedazo es válido, aunque el magnífico artículo de Javier Aparicio en este mismo periódico me hace dudar (El dedazo iluminado 26/08/17). Insisto, como los partidos son antes que nada vehículos para acceder al poder, su principal bien a tutelar es ganar el cargo. Desde una perspectiva pragmática, el mejor método es el que rinda las mayores posibilidades de garantizar el triunfo.
Lo que es inadmisible es el engaño. Lo que irrita es que se insulte la inteligencia de los militantes y del público en general con un discurso del método sin viso de credibilidad. Querer hacer pasar un método que no tiene nada de democrático como si lo fuera. No había necesidad. López Obrador bien podía haberle pedido a la presidenta del Comité de Morena, en la capital, declarar que después de una deliberación sesuda en las instancias partidarias el nombramiento recaía en Sheinbaum.
Lo que no está para nada claro es que López Obrador haya cuidado en su personalísimo método de selección las consecuencias de su decisión. No es que vea que el liderazgo de López peligre. Lo que sí se ve en el horizonte es que Monreal le juegue “las chuecas” y no se discipline. Que movilice a sus huestes en la Cuauhtémoc y su presupuesto en contra de Morena y con ello fraccione su voto y le haga más fácil a la oposición ganar. Y no es poca cosa. En la delegación que él comanda, el padrón alcanza los 481 mil 939 electores y Monreal le arrebató a la coalición PRD-PT-PANAL la demarcación en 2015 con 7 puntos de diferencia. Desde entonces ha creado una importante red clientelar y maneja un nada despreciable presupuesto de más de tres mil millones de pesos.
Y Monreal no parece tan conforme y disciplinado como los otros precandidatos perdedores que, como soldados rasos, no pidieron explicación alguna. Acataron.
Sus declaraciones son reveladoras y se asemejan mucho a lo que su líder le ha enseñado y que pintan a la perfección su filosofía de vida: Transcribo dos de ellas. “Soy de esos, de los antiguos, de los que otorga su palabra y la cumple, salvo que no haya más remedio” y “vamos a hacer lo que la gente quiera y decida”. Para rematar, advierte que “este capítulo no se cierra; falta por escribir la historia de la Ciudad de México”.
Como le ha ocurrido en campañas anteriores, López Obrador comete errores que en su acumulación lo van desnudando como un líder autoritario. Va enredándose de tal manera que al final su credibilidad como un potencial mandatario democrático cae por los suelos. Hace imposible pensar en él como un gobernante que cree en la deliberación, en el debate, en la transparencia, en el principio de máxima publicidad, en las instituciones, en la crítica y en la negociación que por definición y por fortuna caracteriza a la democracia.
Si para la elección del candidato a jefe de Gobierno prohibió el debate, reprimió la deliberación, impidió la transparencia, se negó a la publicidad (incluso expost), utilizó una “institucionalidad” ad hoc, acalló la crítica y se negó a la negociación, ¿qué se puede esperar de la toma de decisiones si él llega a la Presidencia?
López Obrador sólo cree en sí mismo y en la infalibilidad de sus decisiones. Por añadidura pide a sus seguidores una fe ciega en su persona y una disciplina absoluta. Les pide que suspendan cualquier juicio crítico porque nadie mejor que él para saber qué hacer, con quién hacerlo, cómo hacerlo y por qué motivos. No merecemos ni razones, ni mucho menos explicaciones. El escepticismo filosófico definido como la actitud crítica y el valor del cuestionamiento no caben en su movimiento. López Obrador practica más bien el dogmatismo, o sea, el conocimiento y certidumbre absolutos. ¿Así va a manejar el país?
De llegar Morena al poder en la capital del país, pienso que Claudia Sheinbaum sería una mejor y más honesta jefa de Gobierno y que tiene los méritos para ocupar el puesto. Puedo afirmar, por experiencia propia, que se ha ocupado de escuchar a voces que van más allá del cerrado círculo lopezobradorista, que va recabando ideas sobre los principales problemas de esta ciudad y las alternativas de solución y que toma nota de las críticas que se hacen a su partido e incluso al líder de su partido. No es cosa menor. Pero el problema no es Sheinbaum, sino lo que el proceso de su “elección” dejó ver en todo su esplendor: la manera en que AMLO ejercería el poder desde la Presidencia.
