Aprender de la historia
A estas alturas nadie duda que uno de los ejes centrales de la elección de 2018 será el de la corrupción. No se trata de que los ciudadanos piensen que es uno de los tres principales problemas del país o de que los empresarios digan que inhibe la inversión. Tampoco de que México haya caído 29 lugares en el Índice de Percepción de la Corrupción
en un año. Se trata de que la historia electoral reciente
señala que la corrupción puede ser el elemento corrosivo
y decisivo para definir al ganador de 2018.
Si de la historia se aprende, vale la pena revisarla. Entre 2015 y 2016 hubo 21 elecciones a gobernador y 13 terminaron en alternancia. En buena parte de ellas, la corrupción fue EL tema de campaña y en la decisión del votante estuvo presente como factor determinante el “echar del poder a los corruptos”.
Los gobernadores de la alternancia hicieron campaña ondeando la bandera contra la corrupción personificada en el mandatario en turno. Su llegada al poder, en todos los casos, estuvo acompañada de la promesa de perseguir judicialmente a quienes habían endeudado el estado y habían robado a manos llenas.
En 2015 destacan Sonora y Nuevo León, en donde Claudia Pavlovich y El Bronco hicieron cuanto pudieron para que sus antecesores fueran castigados. Padrés (PAN) está hoy en la cárcel acusado de enriquecimiento ilícito, defraudación fiscal, lavado de dinero, desvío de recursos, soborno y ejercicio indebido de funciones, entre otros delitos. Rodrigo Medina también pisó la cárcel, pero fue puesto en libertad porque se violó una suspensión concedida al exgobernador y porque los delitos que se le imputaban no eran considerados graves ni ameritaban prisión preventiva.
En 2016 sucedió lo mismo en Durango, Veracruz, Chihuahua y Quintana Roo, pero con todavía menor éxito. Jorge Herrera está amparado; Javier y César Duarte, fugados y el paradero de Borge es desconocido.
Los gobernadores salientes se habían engolosinado. Tenían evidencias claras de que la tolerancia a los actos de corrupción estaba tocando su límite y que en los medios locales y nacionales se denunciaban los increíbles abusos cometidos. Siguieron robando. Pensaron que no habría alternancia y sus sucesores los protegerían o apostaron a que la impunidad fuera de tal magnitud que nunca los alcanzaría la justicia. Salvo por el caso de Padrés, esta última apuesta ha resultado ganadora.
Pero si la apuesta fue ganadora en términos personales, lo que pasó a sus partidos fue demoledor. El PRI perdió nueve gubernaturas y las tres de este año están en el aire.
Esta historia electoral debiera servir a los partidos y a los gobiernos que encabezan para no cometer los mismos errores. En 2018 habrá 12 elecciones a gobernador. En todas, pero sobre todo en las presidenciales, la corrupción y la impunidad volverán a ser centrales.
Aunque todos los partidos ya adoptaron la bandera de la lucha contra la corrupción, el que mejor la ha empuñado y el que lleva más tiempo aferrada a ella es López Obrador. Las razones son muchas. El sempiterno candidato lleva años hablando de que los gobernantes le roban al pueblo de México. Ese mismo candidato dice que el único partido que no ha gobernado es el suyo, Morena, pero jamás habla de que él sí gobernó la Ciudad de México y lo hizo con más recursos que cualquiera y sin el menor viso de transparencia, contrapesos o vigilancia sobre el destino del gasto. Fue hace tanto tiempo que ya se olvidó. No hay todavía candidatos del resto de los partidos, pero difícilmente alguno o alguna se parecerá a él en términos de austeridad personal. Aquí no importa de dónde salen los recursos para su campaña que ya dura más de diez años, lo que importa es que ese dinero sirve a una buena causa.
Como su partido no gobierna ni ha gobernado, tiene crédito. Como todos los demás sí han gobernado y se les ha señalado por corrupción, sólo queda él como opción. Así están las cosas hoy, aunque todos sepamos que la corrupción no se va a acabar porque así lo decrete López Obrador.
Se dice constantemente que al hablar de corrupción y sacar a la luz tanto escándalo lo que se está haciendo es pavimentarle el triunfo a López Obrador. El argumento es absolutamente falaz. Lo que pavimenta el camino a AMLO —como el que antes pavimentó el triunfo de Pavlovich, de Yunes, de Carlos Joaquín, de El Bronco o de Corral— es el infame nivel de corrupción que se vive todos los días.
López Obrador nunca castigó los actos de corrupción cuando fue jefe de Gobierno del DF y eso lo hace igual o similar que a todos. Para mí, tan poco creíble es el discurso anticorrupción de AMLO como el de los otros partidos o precandidatos. La bandera del combate a la corrupción está ahí para cualquiera que quiera tomarla en serio y no sólo con base en discursos y promesas de los que ya está harta la sociedad, sino de hechos y realidades. El gobierno actual y su partido tienen más de un año para demostrar que van en serio contra la corrupción en el doble sentido de perseguir a los delincuentes de los que se tienen indicios y de fortalecer las instituciones que forman el Sistema Nacional Anticorrupción. Si los acusan de electoreros, bienvenida la acusación.
witter: @amparocasar
