Pagar por ver

“Desean Independiente para 2018” titula Excélsior su reportaje sobre un grupo de intelectuales que se han reunido para conversar sobre la posibilidad de arropar a un candidato sin partido en la próxima elección presidencial. No sé si el titular refleja el sentir y el pensar de los convocantes o, al menos, de todos ellos. Fernández de Cevallos, por ejemplo, dice que él es “hombre de partido” y que no le pondrá una trampa al suyo ni a ningún otro porque cree en ellos.

Otros, como Federico Reyes Heroles, no avalan candidatura alguna —ni en concreto ni en abstracto— y afirman haber “participado en el ejercicio” porque es bueno que los partidos sientan la alternativa de los independientes como una espada de Damocles ante su cerrazón frente a la ciudadanía.

Lo que sí es claro es que varios de los que, sin participar en ese grupo, firmamos el desplegado en favor de estas candidaturas lo hicimos, no porque deseemos un “independiente para el 2018”, sino porque nos parece inadmisible, reprobable e ilegal que los políticos locales —por sí mismos o por encargo de sus líderes— atropellen el derecho a postularse a una elección al margen de los partidos. Lo atropellen haciendo, prácticamente imposible el ejercicio del derecho constitucional, a través de leyes reglamentarias con requisitos desmedidos y absurdos, como no haber tenido militancia en los tres años previos al registro de la candidatura, respaldo desmesurado de integrantes del padrón, reducción del tiempo para recabar firmas de apoyo, obligación de los ciudadanos que respaldan a un “independiente” a comparecer personalmente con su credencial ante los funcionarios electorales que se designen.

Lo que algunos buscamos es, ni más ni menos, frenar el abuso de los políticos. Que las candidaturas sin etiqueta partidaria puedan tener el efecto secundario de darle un calambrón a los partidos. Que esta sacudida, a su vez, pueda transformarse en una cercanía a la ciudadanía. Eso es una buena noticia. Bienvenido cualquier acicate para que partidos y candidatos respondan a las demandas de su electorado,   y ejerzan con mayor responsabilidad sus enormes cuotas de poder y los recursos que tienen a su disposición. Que rindan cuentas. Bienvenido también cualquier incentivo para que partidos y legisladores rescaten la pobre opinión que los mexicanos tenemos de ellos y de la democracia. Latinobarómetro 2015, sin ir más lejos, nos pone en el último lugar de “satisfacción con la democracia”.

Pero de ahí a desear —ya no se diga a promover, empujar o incentivar— el surgimiento de un candidato sin partido, o a un dizque independiente, porque es la única manera de evitar que llegue López Obrador a la presidencia (J. Castañeda dixit) hay una gran distancia. Y en caso de que aparezca en la competencia, ya habrá tiempo de juzgar si vale la pena arropar a algún candidato sin partido, o despreciado por su partido.

Comparto la opinión de que las democracias se organizan y funcionan a través de los partidos. Por eso hay que reformarlos, llamarlos a rendir cuentas, quitarles el voto cuando no responden e incluso el registro, cuando violan la norma.

Ahora bien, ahí donde existen las candidaturas independientes no han prosperado demasiado. Los legisladores sin partido en América Latina y EU, por ejemplo, fluctúan entre el 0% y el 3% o entre 0 y 5 candidatos. Pero aún más dramático es que, ahí donde los hay, no han hecho la diferencia y, tarde o temprano, acaban por unirse o trabajar con una u otra fracción parlamentaria, so pena de quedar anulados en su tarea legislativa.

Los presidentes considerados “independientes”, como Fujimori o Collor de Mello, que, sin ser hombres de partido, al final fueron arropados o crearon un partido o movimiento no son de grata memoria. Más perjudicaron a la democracia de sus países que otros tantos malos políticos de partido. El primero disolvió el Parlamento y acabó en la cárcel, el segundo dejó la presidencia en medio de un escándalo por corrupción.

Y es que la calaña de los candidatos o representantes no está en su “ser apartidario”. Los candidatos sin partido no son una categoría cuyos integrantes puedan ser calificados como decentes, éticos, honrados, honestos o íntegros, así como tampoco todos los políticos caen en el cajón de la corrupción. No es lo mismo El Bronco que Clouthier ni Alfaro que Kumamoto, o Alberto Méndez que Xóchitl Gálvez. No son lo mismo ni por su origen, ni por su trayectoria, ni por sus preferencias. Ni siquiera por su forma de llegar al poder. Respecto a cómo lo ejerzan cuando tomen sus cargos, pues ya veremos.

Con todo, hay que defender el derecho de cualquiera que así lo desee a competir y, también, el derecho de cualquier grupo de personas que deseen asociarse para arropar a un candidato que nunca haya pertenecido a un partido, a uno que no logró la candidatura de su partido y, por eso, lo abandonó, o a uno que quiera ponerle enfrente a López Obrador un candidato competitivo. Otros preferimos reservarnos el derecho a pagar por ver cómo nos resultan los representantes sin partido y quién se apunta para el 2018.

Twitter: @amparocasar

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