Beltrones

En breve, Manlio Fabio Beltrones asumirá la presidencia del partido gobernante. Contrario a algunas interpretaciones, no pienso que su llegada al Partido Revolucionario Institucional muestre la debilidad del Presidente ni tampoco que constituya una vuelta al pasado.

Ni duda cabe de que el gobierno lleva un rato padeciendo debilidades. Una de ellas ha sido la de encerrarse en un grupo muy poco plural y, otra, la de obstinarse en mantener en su cargo a personas que no funcionan, que dañan la imagen del gobierno o que generan conflictos. Con la selección de Beltrones, salió del encierro y mostró apertura. Eso es fortaleza y no debilidad. Peña Nieto supo leer una coyuntura complicada en el entorno partidario: en las estructuras territoriales, sectoriales y estatales. Supo leer el descontento de amplios grupos del PRI, incluidos los gobernadores, los sectores tradicionales y las nuevas generaciones. Supo leer la capacidad de Manlio para ser factor de unidad al interior del partido y para aproximarse al adversario en tiempos que prometen ser difíciles. Apostó a que sería una buena carta para conducir las elecciones del año que viene y, quizá, las de 2018. Supo, además, reconocer la institucionalidad del personaje. Un Presidente que lee correctamente la coyuntura y responde a ella aun contra sus deseos o preferencias iniciales, es un Presidente fuerte, no uno débil.

Se dice que en política la forma es fondo. Espero que los hechos desmientan este juicio. A la interpretación de la vuelta al viejo PRI han abonado no sólo la edad y larga militancia de Manlio Fabio, sino el descuido de las formas. Para todos era claro que se trataba del nombramiento por parte del Presidente, pero Beltrones cometió el desacierto de placearse para recibir, a la antigua usanza, las adhesiones de la CTM, con el nonagenario Gamboa Pascoe a la cabeza; la CNC, la CNOP y las organizaciones de jóvenes y mujeres. Permitió la cargada como no se había visto hacía tiempo.

No obstante, hay bases para pensar que su llegada, más que ser una vuelta al pasado, significa plantarse en el presente y proyectarse al futuro. Si se trata de hablar de lo viejo, es más viejo el PRI que representa Peña Nieto que el que representa Beltrones. Peña Nieto nació, creció y se desarrolló conociendo una sola realidad: la del PRI del Edomex. Un estado que nunca ha tenido alternancia, un PRI estatal que nunca ha sido minoritario y una sucesión de gobernadores sin contrapesos, educados para el “sí, señor gobernador”, para controlar la prensa, las protestas sociales e incluso las ramas de poder y los órganos supuestamente autónomos.

En ostensible contraste, Manlio Fabio ayudó a construir y fue partícipe del sistema de partido único, después del dominante, luego del mayoritario y al final del minoritario. Durante su carrera política pasó de ser integrante del partido en el gobierno al partido de la segunda minoría en el Congreso y hasta la tercera fuerza —por debajo del PRD— en 2006. A quererlo o no, esto hizo de Beltrones un político habituado a la pluralidad y a lo que ella conlleva: la negociación, la apertura en la agenda pública, el debate y la interlocución permanente con el adversario. De la necesidad hizo virtud. Ninguna de estas características habla de la vuelta al viejo PRI. Tampoco lo hace el haber impulsado, cuando no ideado, la agenda de reformas.

Lo que sí sorprende es la declaración sobre el fin de la sana distancia en hombre de tan larga experiencia y extrema astucia (¿o será justo por eso?). Ni  su declaración de que su relación con EPN es “respetuosa, pero también amistosa”, ni la de que “seré un presidente del PRI muy cercano al Presidente de la República y consultaré con él, sin ninguna inhibición, cuantas veces sea necesario”, lo hacen un “hombre del presidente”. Ni quiere ni puede ni debe.

No habría que engañarse. A pesar de su probada institucionalidad, con Beltrones a la cabeza el PRI estará más cerca que nunca de tener una sana distancia. Distancia no en el sentido de alejamiento sino de cercanía entre iguales. En el PRI no habrá un subordinado del Presidente como en la época de oro del sistema de partido único. Habrá, eso sí, un hombre que pondrá al partido al servicio del gobierno y todo su empeño por mantenerlo en el poder. Pero hay muchas maneras de hacer eso. Una de ellas es entendiendo la sana distancia no como sometimiento, sino como independencia para hablarle con la verdad.

Sorprende también que Beltrones afirme que, quien sea el dirigente nacional en 2018, no deberá contender por una candidatura presidencial. Esto sí que es poco moderno. Los líderes de los partidos deberían poder contender por la candidatura presidencial o por un cargo de representación en cualquiera de las dos cámaras del Congreso. No hace mucho tiempo escuché al PRI de Manlio que el presidencialismo mexicano debía parlamentarizarse. Ahora es cuando. Todo líder de partido debería tener resguardado su derecho a ser representante. Todo candidato a la Presidencia debería poder aspirar, simultáneamente, a un asiento en la Cámara de Diputados o en el Senado.

Twitter: @amparocasar

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